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Arte e Ideas

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Revolución retrasada, sismo a tiempo

Nunca nos han dicho cómo ni en dónde celebrar la Revolución Mexicana, aunque el día es oficial.

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Dicen calendarios y almanaques, diarios, revistas y la prensa toda que siempre, un día como hoy habremos de celebrar el inicio de la Revolución Mexicana. Nunca nos han dicho cómo ni en dónde, ni hasta qué hora, si hay que beber tequila o agua de jamaica, comer algún antojito o escuchar corridos hasta bien entrada la madrugada. Aunque este día es oficial —que se festeja sin duda descansando y con un inexplicable desfile deportivo y celebrando el buen fin de nuestros recursos comprando pantallas y lavadoras—, lo del inicio de la Revolución se pierde en la bruma de la historia. Antes de 1910 ya se veía venir que los tiempos cambiarían, pues ya habían sucedido varias cosas: En 1906, por ejemplo, estalló el primer conflicto obrero en Cananea, Sonora, con la consiguiente represión, un año después, en 1907, ocurrieron los sangrientos sucesos de Río Blanco, Veracruz. Y es que para 1910, 85% de la tierra mexicana pertenecía a menos del 1% de la población, los campesinos no tenían tierras, ni trabajo y sufrían a diario los efectos del hambre y la pobreza. Porfirio Díaz llevaba 30 años eternizado en el poder. De ahí la conveniencia de varias frases que acuñaron los revolucionarios “Tierra y libertad” y “Sufragio efectivo, no reelección”, sólo por poner algún ejemplo.

El 20 de noviembre de 1910, amaneció domingo. En la Ciudad de México algunos fueron a misa temprano y otros a pasear, muchos a conocer el Reloj Chino que nos acababa de llegar como regalo y estaba en la avenida Bucareli. Porfirio Díaz y su familia desayunaron en el Hotel Géneve, famoso por haber servido el primer sándwich en la Ciudad de México y por ofrecer los mejores huevos a la benedictina de todos los restaurantes del Centro Histórico... Los periódicos del día no reportaban ya nada sobre las últimas elecciones federales. Las que por séptima vez había ganado el general Díaz. Como era fin de semana, nomás leían secciones de carteleras y sociedad, economía doméstica para las damas y poesía para las señoritas. Pero se anunciaba que, poco después del medio día, el joven artista Diego Rivera inauguraría su primera exposición en la Academia de San Carlos. Y que la muestra estaría engalanada por la asistencia de la Primera Dama de la Nación, doña Carmelita Romero Rubio.

Ese día, la ciudad parecía haber dado por desaparecido a Madero y vencido para siempre a su Partido Antirreeleccionista. Y todos navegaban por las tranquilas aguas del tiempo libre. Como si no hubiera pendientes. Y es que muy pocos habían tenido entre las manos aquella convocatoria que hacía una invitación que debía cumplirse ese mismo día. Un escrito, fechado el 5 de octubre en San Luis Potosí, que se había reproducido y divulgado apenas dos días antes. Un papel impreso que se titulaba sencillamente “Manifiesto a la nación” y en la parte más emocionante decía así:

“El Gobierno actual, que tiene por origen la violencia y el fraude, desde el momento que ha sido tolerado por el Pueblo, puede tener para las naciones extranjeras ciertos títulos de legalidad hasta el 30 del mes entrante en que expiran sus poderes; pero como es necesario que el nuevo gobierno, dimanado del último fraude, no pueda recibirse ya del poder, o por lo menos se encuentre con la mayor parte de la Nación protestando con las armas en la mano contra esa usurpación, he designado el Domingo 20 del entrante mes de Noviembre, para que a las seis de la tarde en adelante, todas las poblaciones de la República se levanten en armas de acuerdo al siguiente plan”.

Debajo, en 11 puntos con numeritos, se desplegaba el que después supimos era el Plan de San Luis. Y era muy fuerte. En el punto número uno se declaraban nulas las elecciones para vicepresidente, presidente, magistrados a la Suprema Corte, diputados y senadores que se habían realizado en junio. En el segundo se desconocía el gobierno de Díaz. Y al final, antes de la firma de Francisco I Madero, se podía leer un párrafo entusiasta que, como si fuera un consejo, decía:

“Conciudadanos: No vaciléis pues un momento: tomad las armas, arrojad del poder a los usurpadores, recobrad vuestros derechos de hombres libres y recordad que nuestros antepasados nos legaron una herencia de gloria que no podemos mancillar. Sed como ellos fueron: invencibles en la guerra, magnánimos en la victoria. Sufragio efectivo. No reelección”.

A las 6 de la tarde, la Ciudad de México parecía estar a la mitad de la siesta. No hubo un sólo disparo. Madero no apareció por ningún lado porque lo habían detenido en la frontera. Parecía que el manifiesto no había servido de nada. Pero yo supe de 13 hechos de armas en provincia. Siete en Chihuahua, seis en Durango y otros en San Luis Potosí y Veracruz. Además de los tres levantamientos en Sonora, Saltillo y Zacatecas. Yo me enteré después que el cónsul norteamericano en Coahuila declaró que si los revolucionarios no habían cruzado el Río Bravo era porque las autoridades federales de Estados Unidos, sobre todo los soldados pelones, tenían instrucciones de que no se violaran las leyes de neutralidad y estaban en máxima alerta. Madero no había podido llegar. Se hallaba detenido en Estados Unidos, estrechamente vigilado para que no entrara a nuestro país.

Dos años antes, Francisco I. Madero había publicado un libro, dictado, según él, por consejo de su espíritu guardián que le había dicho: “Sobre ti pesa una responsabilidad enorme. Has visto, gracias a la iluminación espiritual que de nosotros recibes, el precipicio hacia donde se precipita tu patria; cobarde de ti si no la previenes. Has visto igualmente el camino que debe de seguir para salvarse: Desventurado de ti si por tu debilidad, tu flaqueza, tu falta de energía no la guías valerosamente por ese camino”. Y fue entonces, cuando se puso a trabajar. Escribió, se reunió con militares e intelectuales y fundó el Partido Antirreleccionista. La publicación de La sucesión presidencial le permitió ganar algún dinero para su proyecto e inició una serie de recorridos por toda la República. Así fue como empezó todo.

Francisco Madero Hernández, el padre de Francisco I. Madero, justo ese 20 de noviembre de 1910, hizo declaraciones al periódico San Antonio Light, contando que su hijo se había despedido de él la noche anterior y le había contado parte de su itinerario. En el artículo decían que al final de la entrevista, el buen hombre había dicho con voz grave: “Si mi hijo cruza la frontera, México estará en víspera de una verdadera Revolución”. Tuvo razón en todo menos en las fechas.

Madero no pudo llegar a la Ciudad de México hasta muchos meses después. El 4 de junio de 1911, Francisco I. Madero llegaría a Torreón, Coahuila, acompañado de Venustiano Carranza, su madre y dos de sus hermanos. El 5 de junio llegaría a la ciudad de Zacatecas y sería recibido por Guadalupe González. El 7 de junio, mientras un fuerte sismo sacudía a la Ciudad de México. Francisco I. Madero entraría triunfalmente a la capital haciendo un recorrido hasta Palacio Nacional. La tierra que se movía y los gritos de júbilo y terror recibirían, pues, a una nueva era de caudillos, batallas, un gobierno sin Porfirio Díaz y un temblor que parecía, por fin, dar principio a todo.

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