Un buen periódico, dijo alguna vez Arthur Miller, es una nación hablándose a sí misma. Sin embargo, hablaba desde la modernidad y desde un siglo y una nación con una historia muy diferente a la nuestra. Atestigua el cronoscopio variadas opiniones sobre la prensa. Los literatos, por supuesto, dijeron las más precisas y prestigiosas. Stendhal, francés, autor de la famosa novela Rojo y negro, se adelantó a la habitual crítica contra el periodismo escribiendo: “Llamamos bello a aquello que es elogiado por el periódico y que produce mucho dinero”; Honorato de Balzac, que no podía dejar de escribir, como si del cierre de una edición diaria se tratara, en una pausa, dijo enfurecido: “el periódico es una tienda en que se venden al público las palabras del mismo color que las quiere”. Thomas Carlyle —quizá porque era ensayista, crítico social, estudioso de la historia e inglés, por añadidura— opinaba diferente: el periodismo es grande, solía decir. Cada periodista ¿no es un regulador del mundo, si lo convence?

Pero ya lo sabemos. Cada quien escribe de cuándo, dónde y cómo le fue en su propia feria. La nuestra, muy peculiar. Las bases del periodismo en esta tierra tardaron en ser nacionales ni fueron necesariamente diarias o por escrito. Las noticias comenzaron a transmitirse en el siglo XVI, cuando por las calles de la capital de la Nueva España los famosos pregoneros las gritaban a todo pulmón, acomodados en plazas públicas o en sitios de gran concurrencia como los mercados. Nada de fajos de papeles que llegaran a domicilio ni puestos de la esquina. (Obviamente con censura, eso sí, porque la escandalosa labor informativa era realizada bajo la supervisión de las autoridades virreinales, que comprobaban que el permiso del cabildo hubiera sido otorgado a los ruidosos e incipientes reporteros).

Fue hasta 1539 que México supo de la magia y las bondades la imprenta, cuando a instancias del arzobispo Fray Juan de Zumárraga llegó a radicar en nuestras antiguas y coloniales calles el impresor italiano Juan Pablos. De manera paulatina, se fueron instalando talleres de impresión y poco a poco las noticias en voz alta fueron sustituidas por tinta y papel. Fue así como inició la circulación de hojas volantes, el primer papel informativo antecedente directo de los periódicos, aunque les faltara periodicidad.

Cuentan los historiadores que una de las hojas volantes más antiguas que se conocieron fue de carácter internacional, la noticia de un terremoto de Guatemala, devastador evento que ocurrió en noviembre de 1541, que aunque circuló en México hasta mayo 1542, alertó, horrorizó y conmovió a la población como cualquier desgracia de última hora.

Sin embargo, mucha fama tuvieron las primeras impresas en nuestro país, una de ellas la que se llamó El Mercurio Volante y estuvo editada por el muy ilustrado y amigo favorito de sor Juana Inés de la Cruz, Carlos de Sigüenza y Góngora, con noticias de carácter histórico y científico. El nuevo y muy asombroso medio de difusión tuvo muy pronto una utilización práctica. Descubrimientos, fiestas, remedios y anuncios varios iban circulando. En ellas, y después en las gacetas, era posible encontrar una columna de acontecimientos, la historia de la época, un ensayo de origen local o importado sobre cualquier tema, desde astronomía hasta el cultivo de las zanahorias, cuestiones particulares de la Nueva España y, si no siempre era así, cuando menos información sobre hechos de armas, muertes o pompas fúnebres de monarcas españoles y algunos otros acontecimientos que directa o indirectamente debían comunicarse a la colonia, como parte integrante de los dominios de los reyes católicos. (Temas tan (poco) interesantes como la “Relación historiada de las exequias funerales de la Majestad del Rey Felipe II Nuestro Señor, hechas por el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición de la Nueva España”, por ejemplo).

Aunque la elaboración de gacetas, folletos y hojas volantes no fue considerada como una actividad que significara abundantes ingresos económicos, la práctica del periodismo comenzó a ser considerada necesaria. La pluma, finalmente, se reveló como un arma más efectiva que las balas y la imprenta en una herramienta imprescindible para dar batalla. Contra los realistas, la corona española, todo aquel que se opusiera al derecho a la libertad y la independencia.

Volaron las hojas, se guardaron las gacetas y el recuerdo de los pregones hizo el silencio. En 1810 —con oportunidad periodística— apareció El Despertador Americano, fundado por el cura Miguel Hidalgo. Ni manifiesto, ni loa, edicto o justificación, solamente el inicio del periodismo político en México, inspiración de periódicos posteriores donde pronto fue muy evidente que con las piedras que la prensa lanzaba podían erigirse monumentos o destruir mausoleos.

Los enfrentamientos por el poder político serían los temas más ventilados por los periódicos durante todo el siglo XIX y XX. Las contiendas ideológicas se verificarían en dos escenarios paralelos, totalmente diferentes, pero igual de importantes: los campos de batalla y las páginas de los periódicos. En la contienda electoral de 1867, por ejemplo, donde por vez primera se disputaron la presidencia las tres figuras más importantes de la vida política mexicana de la época, Benito Juárez, Lerdo de Tejada y Díaz, los periódicos tuvieron un papel importantísimo.

La radicalización de las posturas entre Lerdo y Díaz y sus respectivos seguidores dividió a la prensa en dos grupos totalmente polarizados. Publicaciones como El Tecolote, La Ley del Embudo o La Carabina de Ambrosio defendieron la causa de Lerdo, en tanto otras como El Ahuizote, El Cascabel o El Padre Cobos procuraban el cuidado de la campaña de Díaz. Juárez ganó por última vez y don Porfirio no tardaría en ascender a la presidencia de la República y a relacionarse con la prensa a la más clásica manera de un dictador: enviando a la cárcel a periodistas enemigos, cerrando periódicos e inventando los suyos y tirando línea para que la prensa hablara de la paz porfiriana y el progreso. Pero todo terminaría.

La semana que corrió del 23 al 30 de mayo de 1911 fue una de las más duras en la capital de la República. Sentados en sus curules, despachando en sus oficinas, disfrutando de sus fiestas, viviendo en sus anchas casas, la parte pudiente de la población, la más cercana al gobierno, la que había confiado en que el levantamiento armado desaparecería en un santiamén comenzó a leer en los periódicos otra cosa. Madero había convencido a la población con sus promesas de otro floreciente destino y la prensa reportaba, al amanecer de aquella soleada mañana del 24 de mayo, que varios amotinados afuera de Palacio Nacional pedían a gritos cada vez más fuertes la renuncia del presidente. Cuando amaneció el día 25 de mayo, se supo que Porfirio Díaz había firmado su renuncia. Al día siguiente, partiría hacia Veracruz para tomar un barco que lo llevaría lejos y la nota sobre la silla vacía en la que don Porfirio se había sentado los últimos 30 años fue la nota más leída de la semana.

Todo es hoy distinto, podría pensar usted, lector querido, pero en realidad nada ha cambiado. Las letras y las voces, las pantallas, toda plataforma digital o página de tinta siguen gritando igual. Esperando dar la nota de otra silla que es la misma.