Odioso le hubiera parecido celebrar sus 100 años en esta ciudad acalorada. Odiosa una y mil veces más por ser tan larga, por gastarse tanto tiempo en las llegadas y salidas, por haberse desentendido de la poesía. Por haberse olvidado de ella. De su barroco cerebro. De su pluma, y su estridente, pero puntual, manera de recitar. Odioso también que se volviera a hablar de ella a 18 de su muerte y recordando su cumpleaños, ya no para la fiesta sino para el homenaje. Porque a Guadalupe Amor, Pita, le gustaba estar viva. Y gritarlo en sonetos mientras se desnudaba.

La llamada alguna vez la undécima musa —porque se dijo mucho que nadie recitaba a Sor Juana como ella— Pita Amor fue la menor de siete hermanos. Sus padres fueron Emmanuel Amor Subervielle y Carolina Schmidtlein García Teruel, miembros de una aristocracia cuasiporfiriana que ya no existía y que ya nada tenía que ver con haciendas, caballos, fiestas del té o dinero a manos llenas.

Todo se había esfumado y en la enorme casa de la calle Abraham González número 66 sólo quedaban la cocinera, la nana, el mozo y una horda de chamacos que daban mucha lata.

Se dice que Pita era la niña que lloraba porque temía a la oscuridad y que paralizaba a la cuadra entera con sus terribles berrinches. “Necesidad de llamar la atención”, hubieran dicho Freud y las educadoras, recomendando ayuno y disciplina. O ganas de expresar lo que todavía no sabía cómo, lo que se vería más tarde, cuando sus maneras cambiaron la forma y el fondo del escándalo y fascinarían a la sociedad mexicana en los 50.

Encantadora y guapísima, la joven Pita Amor se fue pronto de casa. Quiso ser actriz, pero no hizo falta porque se convirtió en modelo y en la anfitriona de las mejores fiestas. Legendarias porque a ellas acudían todos los que eran “algo o alguien” en la Ciudad de México: fotógrafos y pintores destacados como Diego Rivera —que la pintó desnuda—, Juan Soriano y Raúl Anguiano; mujeres impactantes, como Frida Kahlo, María Félix, Gabriela Mistral y artistas como Salvador Novo, Pablo Picasso, Juan Rulfo, Alfonso Reyes y Elena Garro, sólo por poner un ejemplo.

Y entre tanta reunión, conversación intelectual y saraos en los que se distinguía por su provocativa manera de hablar y de vestir —mantones y capas que anunciaban que no tenían nada por debajo, flores y plumas en el pelo— Guadalupe Amor se convirtió en poeta.

Roberto Fernández, en su nota introductoria de Material de Lectura de la UNAM dedicado a ella, escribe:

“La poeta Guadalupe (Pita) Amor empezó algo tarde. A la nada tierna edad de 27 años, tomó su lápiz de cejas y, en una servilleta de papel, artículo impensable en su casa materna, empezó a escribir lo que de ella sentía. Y comenzó a escribir poemas que redundarían en Yo soy mi casa. A este libro siguieron Puerta obstinada, Círculo de angustia y Polvo, que fueron justamente recibidos como sucesos literarios y sociales. Pita lo pone claro en pocas palabras:

‘Se unía, por aquellos tiempos, mi belleza a mi genio’. De allí, por la vía corta, tomó el mundo por asalto. Centro y Sudamérica, España y el resto de Europa celebraron su obra y su presencia. Las principales editoriales de lengua española la publicaron. “Y a ella, como bien lo dijo, la enajenaba saberse difundida por el mundo”.

Con un estilo que sería calificado más metafísico que intimista, con versos sencillos, pero de gran profundidad, comenzó a llamar la atención ya no por sus mitológicas caminatas nocturnas por Paseo de la Reforma cubierta solamente por un abrigo de mink, sino por su obra poética, que había capturado tanto a los grandes literatos mexicanos como a los lectores comunes.

En franca metáfora de sí misma, Yo soy mi casa resultó merecedora de las mejores críticas. Resultó ser una suerte de confesión con versos que muchos se aprendieron de memoria: Casa redonda tenía/ de redonda soledad: /el aire que la invadía/ era redonda armonía/ de irrespirable ansiedad.// Las mañanas eran noches, las noches desvanecidas, las penas muy bien logradas/, las dichas muy mal vividas.

El barco había zarpado hacia la Gloria y lo mejor estaba por llegar. Pita, que en su apellido llevaba la bendición y la maldición, comenzaría a hacerse preguntas en el papel (Si el amor no lo he cantado,/ ¿será porque lo he vivido?/ Si el dolor lo he pregonado/ ¿será porque va conmigo?) y a acuñar frases como “En mi mente no cabe el caos... pero los estremecimientos de mi sangre son opuestos a la lucidez de mi entendimiento”.

También a vivir sin pausa ni concierto una escandalosa relación con un rico ganadero que duraría mucho y muy doloroso tiempo, pero eso sí, sin parar de escribir. “Más autónoma que la Universidad”, como se le empezó a llamar, al mismo tiempo que escribía sonetos y publicaba libros tan importantes como Décimas a Dios, comenzó a describirse a sí misma. También a recitarse en público y privado, de una manera ruidosa y constante. Estuvo en todo tipo de foros —radio y televisión incluidos— y cosechó todo tipo de opiniones. Escribe Elvira García en su libro de 1977, Redonda soledad, la vida de Pita Amor:

“Y nada de comparaciones odiosas... aquí se trata de un caso mitológico”. Este juicio contundente sobre Guadalupe Amor lo emitió en 1956 Alfonso Reyes, el intelectual mexicano más influyente de la época. Inmediatamente, la frase fue utilizada para llamar la atención de los lectores hispanoamericanos que ese mismo año descubrirían la obra de la poeta mexicana en una edición amplísima dentro de la prestigiosa Colección Austral.

Pero dicho juicio no sólo tuvo este uso publicitario, sino que, por obra y gracia de la autoridad de don Alfonso, oficializó el mito de Pita Amor. Desafortunadamente hay casos, y el de esta mujer es uno de ellos, en que el mito distorsionaba demasiado la realidad humana que le dio origen y con el paso del tiempo termina por olvidarse. De hecho, no es sino hasta ahora que Pita Amor vuelve a ser centro de atención.

El texto anterior —que muy bien podría ser vigente el día de hoy porque gracias al centenario de su nacimiento Pita Amor parece haber vuelto del olvido— se refiere al momento en que la poetisa se ocultó del mundo después de haber tenido un hijo, darlo en resguardo a su hermana y atestiguar su muerte prematura. Al momento en que el escándalo se convirtió en realidad y la pena fue tan honda que la pluma y la voz de la poetisa quedaron enterradas durante mucho tiempo.

Pasado el duelo, Guadalupe Amor reapareció nuevamente en los 80, como una mujer insolente y arrebatada pero ya muy distinta. Después de 10 años, decidió presentarse en el Ateneo Español y recitó poesía mexicana, desde Sor Juana hasta ella misma, pasando por Salvador Díaz Mirón, Manuel José Othón, Alfonso Reyes, Enrique González Martínez, Renato Leduc, Xavier Villaurrutia, Ramón López Velarde, Roberto Cabral del Hoyo. El recital tuvo un éxito enorme, y también volvió a dar entrevista para la televisión. “Aunque si antes acaparaba la atención de México en do mayor, ahora la acaparo en do menor”, dijo antes de que se apagaran las luces.

Finalmente, Pita Amor, cuya corona de laureles le sirvió lo mismo que un triste gorro de pape, se quedó y murió sola. Al final de otro largo silencio que la mantuvo en cama por más de dos años presa del olvido, la soledad y el abandono. Consuela pensar que la muerte quizá la encontró recitando: “De mi barroco cerebro, el alma destila intacta; en cambio mi cuerpo pacta, venganzas contra los dos”.