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Arte e Ideas

Lectura 4:00 min

Podría haberte quedado mejor, Fincher

La película es un intenso y agrio retrato de la vida matrimonial; pero, ay, ¿dónde están las emociones que sí estaban en la novela?

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Éste es el asunto con leer el libro antes de ver la película: si el libro es bueno, uno se llena de expectativas. También sucede que el lector se hace su propia peliculita en la cabeza, con reparto y todo. Cuando leí Gone Girl (Perdida, en español; así se llaman la novela y la cinta) me imaginaba a James Marsden como Nick Dunne y la Jennifer Aniston de la época de Friends como su esposa Amy.

Absurdo como suena, pues ése sería un casting imposible, así son las esperanzas del lector sobre la adaptación fílmica de una novela que le gustó. Como escribí en otra reseña, quien quiera recrear la experiencia exacta de leer un libro debe (re) leer el libro, no ver la película. De hecho, como crítica, aprecio cuando un director tira la fuente original al bote de la basura y hace su propia interpretación. Pero de todas maneras...

De todas maneras hay algo que le falta a Perdida de David Fincher. Algo que sí tiene la novela. Es un ritmo, una cadencia. Y es que la novela de Gillian Flynn (en la película opera de guionista, así que en gran parte la culpa es de ella) tiene al lector a salto de mata.

Primero uno está con Nick (en la cinta, Ben Affleck en un trabajo de rutina), luego uno juega en el equipo de Amy (Rosamund Pike; David Fincher usa en su favor la inexpresión de la actriz).

Al final el lector se da cuenta de que no es cosa de echar porras, que este thriller criminal es menos sobre quién cometió el crimen y más sobre estudiar a estos personajes de cerca. Y de hacer una metáfora sobre el matrimonio.

De veras, ¿cuánto quieres saber de tu pareja? ¿Le gusta el pastel de tres leches y no el pay de queso? Seguro. ¿Que tiene daddy issues? Sí, es útil y necesario. ¿Que es un asesino en potencia y que podría matarte a ti en cualquier momento? Uy, mejor no saberlo... pero duerme con un ojo abierto.

Piensa en su cabeza

Cuando Nick Dunne piensa en su esposa Amy piensa en su cabeza. En qué llevará dentro de esa cabeza de cabellos dorados. Nick y Amy son, hasta cierto punto, felices. ¿Se puede ser feliz hasta cierto punto ? Bueno, ésa es una de las verdades del matrimonio, que la rutina y la conformidad se pueden tomar por felicidad.

Hace poco más de dos años se mudaron al pueblo de origen de Nick, un lugar decadente en Missouri, habitado por una clase media diezmada por la crisis económica global. Se conocieron en Nueva York, cuando los dos tenían empleo como escritores de revistas que, dada la otra crisis, la de los medios impresos frente a Internet, cerraron, dejándolos sin modo de ganarse la vida. Parecía que eso no sería problema, porque Amy tenía el fideicomiso que le dejaron sus padres hasta que, bueno, los padres le quitaron el dinero.

¡Y esos padres de Amy! Un par de psicólogos pop que usaron a su hija como protagonista de una serie de libros infantiles. Quizá uno de los peores errores de la cinta de Fincher es no mostrar a ese par como lo monstruosos que son. Alguien ya lo ha dicho, pero lo repito: los hijos de psicoterapeutas son los peores y Amy es una muestra de ello. Incapaz de adaptarse a su nueva vida de pueblo, Amy no hace amigos ni se busca un empleo ni tiene pasatiempos. No hace nada, o eso es lo que le parece a Nick.

Las cosas entre los esposos guarda un endeble equilibro la mañana en que Amy desaparece. Parece que alguien la ha secuestrado. Y con violencia. Cuando pasan los días, algo parece que se va haciendo claro: que Nick algo tuvo que ver. ¿Mataste a tu esposa, Nick? Por eso sonríes ante las cámaras, ¿eh, so cerdo?

Algo en lo que sí acierta la dupla Fincher/Flynn es en capturar el papel de los medios de comunicación en un escándalo. Seguimos hambrientos de sangre y la televisión (o cualquier medio masivo, pero la tele sigue siendo la picota estelar) nos entrega víctimas fáciles para nuestro consumo.

Si bien Perdida no será la película del año, sí es una visita interesante al mundo del matrimonio. El poder de la novela llega, aunque disminuido, a la pantalla. Podría haber sido mejor, pero no está mal.

concepcion.moreno@eleconomista.mx

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