Filmado en 10 ciudades de tres continentes, a lo largo de 19 meses, el largometraje documental Botero, dirigido por el realizador canadiense Don Millar y narrado en propia voz del reconocido artista plástico y de sus tres hijos, Lina, Fernando y Juan Carlos Botero, se estrena la próxima semana en Colombia, mientras que su debut en México está previsto para el próximo 3 de mayo.

Por primera vez un documento fílmico narra la vida de Botero desde la intimidad de su familia, algo inédito para cualquier trabajo cinematográfico que aborde los periplos del artista colombiano.

En este marco, Lina Botero, hija del artista y productora de la cinta, platica con El Economista sobre la figura pública y privada de su padre, ambas documentadas en el trabajo fílmico.

“El espectador va a descubrir la historia inspiradora de una persona que empezó absolutamente de la nada y que lo único que tenía claro era su vocación artística desde muy pequeño, su pasión, su capacidad de trabajo, su entrega y, sobre todo, la lealtad a sus convicciones artísticas, que le permitieron navegar muchas veces en contra de las corrientes predominantes del arte de su época y sobrepasar muchos obstáculos a nivel personal y profesional a lo largo de su vida”, acota la productora.

Este relato polifónico biográfico de Botero muestra, además, momentos de gran relevancia en su reciente trayectoria, como la significativa apertura de la muestra Botero dialoga con Picasso, en la ciudad de Aix-en-Provence, al sur de Francia, en noviembre del 2017, o la inauguración de la exposición que hizo itinerancia en Pekín, Shanghai y Hong Kong, entre el 2015 y el 2016, y convocó a un millón y medio de espectadores.

El inédito

“Mi padre, además de artista, ha sido un gran filántropo. Ese aspecto es tal vez el menos conocido por el público”, explica Lina Botero, pero de inmediato corrige: “o tal vez lo menos conocido son sus orígenes, porque mucha gente conoce al artista exitoso de hoy en día, pero no conoce dónde nació, cómo empezó y las dificultades que le tocó atravesar para estar hoy donde está”.

Incluso para los tres hijos del artista la realización de este documental significó varios descubrimientos. Lina recuerda que durante la filmación en Nueva York se internaron en un depósito que tenía 40 años sin abrirse y que Botero usaba durante su etapa de búsqueda de identidad pictórica.

“Descubrimos verdaderas joyas: correspondencia, muchísimos bocetos, trabajos llenos de comentarios al pie en los cuales él se escribía a sí mismo, indicando cuál era la dirección que debía tomar, en dónde se estaba equivocando. Lo que está reflejado ahí es un joven artista con las frustraciones y las angustias que caracterizan la primera etapa de la producción de muchos artistas que están en búsqueda permanente. Es como una cápsula de tiempo”, explica.

El filme no desdeña nada: aborda, incluso, las etapas más tempranas de Fernando Botero, aquellas en las que aprendía replicando las obras de los grandes maestros y esa otra en la que enfrentó las penurias.

“Mi papá es un autodidacta. En la época en la que vivió en Madrid estuvo inscrito en la Academia de San Fernando, pero creo que asistió a una sola clase y se pasó el resto de sus días en los pasillos del Museo del Prado”, evoca Lina.

Relata que, a principios de los años 60, Botero llegó a Nueva York con 20 dólares en la bolsa para proponer su arte figurativo en una época dominada por el arte abstracto y el impresionismo abstracto, lo cual le valió una severa cantidad de críticas negativas.

“Fueron años muy difíciles, hasta que tuvo la suerte de que una curadora del MoMA (Dorothy C. Miller) descubrió su obra, de inmediato se enamoró de ella y compró dos de sus cuadros para el museo. A pesar de esto, haber sido fiel a sus convicciones artísticas le supuso un esfuerzo enorme a lo largo de la vida, pero nunca estuvo tentado a hacer algo que no fuera consecuente con sus convicciones artísticas”, expresa.

hoy en día, a cinco décadas de esos primeros esfuerzos, el artista, dice Lina Botero, “es fascinante, tiene una disciplina absoluta, una entrega total a su trabajo. Todos los días, aún a la fecha, se va a su estudio a las 10 de la mañana y trabaja hasta las 8 de la noche, incluso sábados y domingos. Nada le produce más felicidad en la vida”.

México y Colombia necesitan fortalecer intercambio cultural

Fernando Botero ha sido una de las figuras fundamentales del idilio internacional con la cultura colombiana. El artista sostiene uno de los sus vínculos más estrechos con México. Comparte su lugar de residencia entre Italia, Francia, Estados Unidos y este país. Su primogénito, Fernando Botero Zea, nació en la Ciudad de México, en 1956, durante la estancia de su padre aquí.

Con ese pretexto, consultada sobre su percepción de las relaciones culturales entre México, la hija del artista, quien también tiene residencia en el país, afirma que la afinidad de ambos países hace posible un franco intercambio cultural que significaría una ganancia mutua que todavía falta por reforzar.

“Los dos países más hermanados en América Latina son México y Colombia. Hay mucho que pueden compartir a todos los niveles de las artes, no solamente en temas de artes plásticas sino en el cine, en la música, en la literatura y en la ópera. Hay mucho que Colombia puede contribuir a México y viceversa. Sin embargo, creo que, tristemente, lo que más frena la divulgación y el intercambio cultural entre ambos países se remite con mucha frecuencia a problemas de dinero. Es una cuestión de compromiso por parte de ambos gobiernos para poder financiar estos programas”, dice.

[email protected]