En los llanos de Otumba, por el camino a Tlaxcala, se dio la última oportunidad de derrotar a los teules. Esa mañana de principios de julio de 1520, el cerro de Aztaquemecan blanqueaba por las vestimentas de los miles de guerreros mexicas que venían bajando por sus laderas. En el extremo del valle, las debilitadas tropas españolas y sus aliados tlaxcaltecas solamente esperaban un milagro. Se puede calcular que el enfrentamiento involucró a unos 50,000 combatientes en la mayor batalla vista hasta entonces en estas tierras.

Dice Juan Miralles en su libro Hernán Cortés inventor de México (Tusquets, 2006) que Otumba vino a significar una batalla de unas repercusiones políticas inmensas. Allí se revirtió la marea. Los españoles, que hasta el momento [después de la Noche Triste] eran una partida de fugitivos, pasaron a ser los vencedores . Batalla que se resolvió en favor de los conquistadores por un acto de audacia extrema de Hernán Cortés que hay que saber reconocer.

Porque como menciona José Luis Martínez en su libro Hernán Cortés (FCE, 1992), este personaje despierta en los mexicanos reacciones extremas: la exaltación o el rechazo absoluto .

Por eso, sin quitarle gloria a Cortés, habría que destacar tres factores en su victoria: 1) El uso militar del caballo. 2) La concepción de la guerra. 3) El desnivel tecnológico. En primera, sin el caballo no hubiese sido posible la audacia de Cortés. Luego, los mexicas eran un pueblo profundamente religioso y peleaban para matar, pero también para tomar prisioneros para el sacrificio que alimentara con sangre a sus dioses.

Frente al soldado español, esto les quitaba contundencia. Respecto de los distintos estadios tecnológicos: se enfrentaron espadas de madera incrustadas de obsidiana, lanzas con punta de piedra y armaduras de algodón comprimido, contra lanzas, espadas y armaduras de metal. Es decir, el Neolítico contra la Edad del Hierro.

En Otumba las súplicas de los españoles a dios eran desesperadas dada su situación: muchos heridos a cuestas, Cortés descalabrado por una pedrada que le causó desvanecimientos y fiebre (además tenía una mano herida), con la pólvora mojada a causa del paso despavorido por los canales de Tenochtitlán la Noche Triste, decenas de caballos muertos y sus aliados tlaxcaltecas diezmados en 50%.

Los investigadores no se ponen de acuerdo con la fecha de la Batalla de Otumba, aunque coinciden en situarla en los primeros días de julio de 1520. Al respecto, Bernal Díaz del Castillo en su Historia verdadera de la conquista… asegura que ocurrió el 14 de julio. Pero Miralles, en su citado libro, refuta este dato trayendo en su apoyo la Segunda carta de relación de Cortés, en que se asienta que la entrada en Tlaxcala fue después de la victoria en Otumba el 8 de julio ; es decir, que ésta debió ocurrir unos días antes.

En cuanto al número de guerreros involucrados también hay discrepancias. Unos investigadores hablan de 40,000 soldados mexicas y aliados, contra 400 europeos (incluidas varias mujeres guerreras) y 4,500 tlaxcaltecas. Al respecto, Miralles afirma: Frente a esa masa inmensamente abrumadora, para detenerlos estaban alrededor de 300 españoles con 22 caballos y una cifra cercana a los 2,000 indios aliados .

Aunque el conquistador Bernardino Vázquez de Tapia, quien llevaba un registro de hechos, asegura que de la Noche Triste sobrevivieron 425 hombres y 23 caballos, todos heridos .

La batalla comenzó. Cortes determinó que él y el resto de los capitanes combatirían a caballo. Esta caballería a rienda suelta en campo abierto fue letal para sus enemigos.

Después de cuatro horas de combate, no se vislumbraba vencedor. En eso estaban cuando Juan de Alvarado y Cortés identificaron que en la cima de un mogote (cerrillo) se hallaba Cihuacóatl, personaje importantísimo entre los mexicas, quien sostenía el tlahuizmatlaxopilli, la insignia de guerra.

Cortés recordó que, entre los indígenas, la posesión de la insignia podía decidir la victoria o la derrota. Es decir, había una sola posibilidad de salvarse: llamó a sus jinetes y fueron abriéndose paso entre las decenas de guerreros hasta llegar a Cihuacóatl.

Cortés lo derribó de una lanzada y Juan de Salamanca lo remató. Enseguida Cortés alzó la insignia para enseñarla a los mexicas, quienes, al ver a su líder muerto y el estandarte en manos de los teules, se desbandaron.