Antes de tener patria y nombre vimos de todo: curas tomando las armas, batallas lamentables y gloriosas, estandartes de guerra con la Virgen de Guadalupe, cabezas cortadas y colgadas en edificios como adorno y escarmiento, tres colores patrios en desfile y por fin la libertad y la independencia. Hubieron de pasar más de diez años pero en 1821 ya teníamos casi todo. Fechas a celebrar y calendario patriótico incluidos. Solamente nos faltaba un himno.

Sin embargo no teníamos prisa. Esperamos hasta la llegada de agosto de 1849 para ocuparnos del asunto. Fue la Academia de San Juan de Letrán, dado su prestigio académico- la encargada de convocar a un primer concurso literario para escribir un himno nacional. Y no sabemos si todo tiempo pasado fue mejor, lector querido, pero sí que era más lento: la convocatoria se publicó y los primeros  resultados se dieron a conocer hasta septiembre de 1850. Se supo que habían entrado a concurso 30 composiciones y elegido dos: una de Andrew Davis Bradburn, de origen estadounidense, que iniciando nuestro sano desprecio por todo lo gringo, fue desechada casi de inmediato y la segunda, del poeta mexicano Félix María Escalante que sirvió de base al pianista austríaco Henry Herz, para musicalizarla. La obra, aún sin ser declarada la ganadora oficialmente, fue de todos modos estrenada en el mes de noviembre de ese año en la ciudad de Guadalajara y no tuvo ningún eco.

Después vino una avalancha obsesiva por hacer himnos nacionales que duró un par de años. Destacaron las composiciones del compositor italiano Antonio Barilli, la del húngaro Max Maretzek, y finalmente otra más del también italiano Ignacio Pellegrini, entonada el 22 de abril de 1853. Muchas letras, mucha música, discusiones interminables sobre los valores a exaltar, y nada. Ahora sí una urgencia irremediable por unir, aunque fuera en las voces, a todos los mexicanos que todavía no hallaban un común y perfecto canto.

Fue entonces cuando el presidente Antonio López de Santa Anna lanzó, por conducto del ministro de Fomento, Colonización, Industria y Comercio, -Miguel Lerdo de Tejada-, otra convocatoria oficial para la creación de “un canto verdaderamente patriótico”. Los jurados leyeron en un tiempo récord las 26 composiciones presentadas y el 12 de agosto de 1854 los ganadores se enteraron de su triunfo.

Todo fue felicidad. Dicen que Francisco González Bocanegra se dio cuenta por fin que su novia Lupita González del Pino y Villalpando lo había encerrado por visionaria y no por posesiva y que Jaime Nunó (en ese entonces, director de todas las bandas de música militares del país) había acertado volviendo de Cuba para crear la música perfecta. El himno nacional tardó todavía algunos meses en estrenarse en ceremonia oficial. Sin embargo resultó evidente que ya no había ninguna necesidad de hacer otro.  Hasta hoy –aunque nadie se lo sabe completo y a muchos se les olvidan las dos estrofas más conocidas cuando lo cantan frente a más de cinco- nos convoca como mexicanos y todavía provoca escalofríos de emoción al escucharlo.

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Vicente Riva Palacio, político, escritor, periodista y coautor de “México a través de los siglos”, ni nació ni se murió en agosto. Pero seguro tenía cierta predilección por este mes porque fue en un mes como este pero de 1887, cuando se decidió el emplazamiento oficial de la flamante estatua de Cuauhtémoc que se erigiría en el Paseo de la Reforma y él pudo contemplarla por primera vez.  Aunque la idea había sido de su gran amigo Francisco Sosa (periodista, liberal, entusiasta de las efemérides quien había sugerido adornar con 77 estatuas de personajes históricos la gran avenida) la ocasión fue significativa. Aquel día 13 Riva Palacio admiró la obra en bronce de Miguel Noreña que incluía los nombres de los tlatoanis indígenas que defendieron al imperio azteca y volvió a conmoverse ante los bajorrelieves alusivos a la prisión y al tormento de Cuauhtémoc. Tuvo una sensación agridulce: gran felicidad personal por la dimensión de la estatua, cinco metros de alto proyectados hacia los cielos - un inmenso placer para él que amaba las alturas y cuyos dos propósitos locos de juventud eran bien conocidos: componer una décima en la cúpula del arruinado templo de Loreto sostenido de una viga, y subir hasta lo más alto de la Catedral para almorzar- pero también una sensación de desasosiego y dolor. Riva Palacio, en una especie de epifanía, reconoció que los héroes mexicanos, desde el primero y hasta el último, habían pagado con su vida la defensa de la patria. Y mire usted, lector querido, que todavía no se guardaba en la memoria, no se conmemoraba en el calendario que había sido el 13 de agosto de 1521 cuando la gran ciudad de Tenochtitlán había caído vencida y desaparecido para siempre. A celebrar tal efeméride, jamás asistiría Riva Palacio.