Desde que Xavier Villaurrutia nació, un 27 de marzo, ya era un nocturno solo. Ni quería, ni se imaginaba, que la historia de su vida aparecería resumida en las enciclopedias y diciendo nomás así: “Poeta, ensayista, narrador y dramaturgo. Cofundador del grupo teatral Ulises; profesor de la UNAM; jefe de Sección de Teatro del Departamento de Bellas Artes y miembro del grupo de los Contemporáneos. Falleció el 25 de diciembre de 1950”. Un poco triste, convirtiendo en breve nota la largueza de su talento.

Villaurrutia inició sus estudios en el Colegio Francés de la Ciudad de México y después pasó a la Escuela Nacional Preparatoria. Justo cuando los miembros del Ateneo de la Juventud habían esculpido su legado en piedra, y ya eran los investigadores, narradores, músicos, pintores y poetas del mañana que vendría. Allí, rodeado de las historias de Alfonso Reyes, Julio Torri, José Vasconcelos y Antonio Caso, el joven Xavier se contagió de poesía  y se convirtió en uno de los primeros y más fieles amigos de Salvador Novo, con el que compartiría importantes proyectos y muchos días de vida. Ambos escritores, con ganas de romper esquemas y organizar novedades, eran diferentes en algo esencial: Villaurrutia no compartía con Novo el humor incisivo, esa pasión por torcer conciencias ajenas ni su manera de escribir: un escándalo de verdades, sueños rotos y furias que después estallaban en sonoras carcajadas.

Con Salvador Novo, Villaurrutia hizo la revista Ulises y fundó la de Contemporáneos, nombre que compartiría toda una generación. Ninguno más contento que él al decir que pertenecía al “grupo sin grupo, pues era más bien taciturno y le gustaban el teatro —por ser una disciplina que requiere de mucha gente— y la poesía, uno de los oficios más solitarios del mundo. Su singularidad y la de los demás pertenecientes a los Contemporáneos los describió otro poeta, José Gorostiza, en una carta a Carlos Pellicer que dice así:

“¿Sabes, Carlos, que lo malo de ti es que eres no un poeta, sino dos?”, le escribió un día José Gorostiza a Pellicer. “El que me gusta a mí es el poeta de los sentidos. Ojalá que fueras siempre ese poeta. En el edificio de nuestra poesía, eres la ventana; la ventana grande que mira al campo, hambrienta, cada noche, de desayunarse un nuevo panorama cada día. Nosotros, tú lo sabes, somos las piezas de adentro. Xavier (Villaurrtia) el corredor. Los demás, las alcobas. Hasta la última, la del fondo, que es Jaime Torres Bodet, está amagada de penumbras, con una ventanita alta a la huerta, y dentro, en un rincón, la lámpara en que se quema el aceite de todas las confidencias. ¿Salvador Novo? La azotea. Los trapos al sol. ¡Y ese inquieto de González Rojo, que no se acuesta nunca en su cama!”.

Las noches del poeta

Al principio, Villaurrutia era un poeta fascinado con la encantadora sencillez de las palabras, pero poco a poco se fue llenando de ángeles, alucinaciones, saludos a la muerte y referencias al insomnio y a las noches. Noches interminables, poesías que se llamaron nocturno amor, nocturno eterno, nocturno rosa, nocturno mar, nocturno muerto. Sin nada de calor o solecito. ¿Ha leído usted algo más desesperanzadamente gélido, lector querido que veste verso: “Sábana, nieve, de hospital invierno/tendido entre los dos como la duda”?

Frío, quizá, pero hablaba de amor. Pues del amor, Villaurrutia se preguntaba todo el tiempo. Y las respuestas eran siempre diferentes. Vayan, como ejemplo, este par de versos: “Amar es una sed, la de la llaga/que arde sin consumirse ni cerrarse,/y el hambre de una boca atormentada/que pide más y más y no se sacia./Amar es una insólita lujuria/y una gula voraz, siempre desierta”.

Para sus contemporáneos era una figura querida, entintada con algo de drama (“parece caminar entre pasillos”, dijeron alguna vez de su persona), pero también con un feroz manejo del lenguaje.

Sus libros, aunque no fueron muy conocidos a nivel popular en su momento, se ganaron la atención de grandes poetas y dedicados lectores. De excelente factura, pero poco leída —quizá porque sus obsesiones eran sueño, la soledad, el insomnio, la esterilidad, la muerte y el erotismo como una pasión secreta—, su poesía, por lo menos, logró capturar la pluma de Octavio Paz que, generoso y soberbio como siempre —pero sin dejar de anotar que su poesía es solitaria y para solitarios— escribió: “Villaurrutia es el autor de unos 15 o 20 poemas. ¿Poco? A mí me parece mucho. Por esos poemas recordamos las obras teatrales y volvemos a leer los ensayos de crítica poética: queremos encontrar en ellos, ya que no el secreto de su poesía, sí el de la fascinación que ejerce sobre nosotros. Esos 15 poemas cuentan entre los mejores de la poesía de nuestra lengua y de su tiempo, es decir, entre 1920 y 1950”.

Villaurrutia, después de iniciar la carrera de Derecho, y sin dejar de escribir nunca, abandonó la abogacía para dedicarse absolutamente al teatro. Ganó una beca de la Sociedad Rockefeller para estudiar arte dramático en la Universidad de Yale, tradujo a Andre Gidé, William Blake, Anton Chéjov, Jules Romains y Lenormand, y fue coguionista de películas como Vámonos con Pancho Villa, Cinco fueron escogidos, La mujer de todos y autor de La mujer sin cabeza, Distinto amanecer y La mujer legítima. Incluso estuvo nominado un par de veces para el Ariel por su labor como escritor para el cine.

El crítico de cine

Un año antes de su prematura muerte —desaparición trágica, el mismo día de Navidad, de la que nadie, ni su médico, quisieron decir nada— salió publicada una nota suya en la revista Así que decía:

“Durante cinco años ejercí la crítica cinematográfica en la revista hoy y en la revista Así. Por lo que toca a la producción nacional, nunca pasé por alto los defectos más evidentes de nuestros filmes. Me proponía con ello enfatizarlos a los ojos de directores y actores. La crítica es una forma de ayudar a ver al espectador, pero también implica un deseo de corregir las fallas de los diversos elementos que entran en juego en la realización de una película. Recuerdo que no perdí ocasión de pedir buenos argumentos para los filmes mexicanos, y mejor presentación de ellos. En estos dos capítulos, al menos, creo que se ha logrado bastante, aunque todavía no todo lo deseable, en nuestra industria. La crítica debe ser, resumiendo, clara y objetiva. El crítico no debe cohibirse a la hora de expresar su verdadero sentir ante aquello que juzga. No importa que a veces —como sucede en el caso de la valoración de filmes mexicanos— se llegue a acusar al crítico de traidor a la patria”.

Villaurrutia colaboró en El hijo pródigo, Examen y Letras de México. Fue premio del Concurso de las Fiestas de Primavera, 1948, por Canto a la primavera y otros poemas  y su nombre está en el premio nacional que se otorga al mejor libro de cada año. A su muerte dejó un nocturno inconcluso y dos o tres poemas que todavía se esconden. Pero hoy, pasado mañana, conmemoramos su nacimiento y más allá de reconocer influencias, o de adjetivar su poesía —de intelectual, emocional, modernista o de vanguardia—, que baste mencionar su lenguaje preciso, el inequívoco valor sonoro de sus versos y la belleza de sus letras.

Ya después podremos llorar, reír, asombrarnos o lo que corresponda, y decidir si somos un mar sin olas, desolado —como dice uno de sus versos—, o todavía podemos leer sobre la muerte, la soledad, el amor y la nostalgia tal y como las dijo Villaurrutia.