Lectura 4:00 min
Ni favor al cielo ni piedad al mundo
Alguna enseñanza del suicidio de Sofía Ahumada en el siglo XIX llega hasta nuestros días: se ha publicado la novela "El de los claveles dobles otra vez". Las letras y la muerte hacen buena pareja.

El día que Sofía Ahumada se aventó de la torre poniente de la Catedral era miércoles. El último día de mayo del último año del siglo XIX.
El suceso ocurrió a las once y media de la mañana, una hora tan adecuada como impertinente para matarse delante del todo el mundo. Antes de la hora de la cena, la noticia ya había sido impresa en una hoja suelta con ilustración de José Guadalupe Posada.
El titular, en letras grandes y mayúsculas decía así: Sensacional y terrible noticia. Una señorita que se arroja desde la torre de la Catedral.
La narración que seguía era de narrativa ligeramente amarilla abundante en detalles y renglones. Comenzaba así: Una bella señorita huérfana que contaba veinte años de edad conocida con el nombre de Sofía Ahumada, vestida con gran elegancia, subió a las torres de la Catedral ( ) y hallándose en el segundo piso dela torre se arrojó al suelo con extraordinario y veloz impulso.
Después, el redactor, decidido a seducir a los amantes de la nota roja escribe: El aspecto que presentaba la joven desdichada era pavoroso y horrible: los ojos completamente saltados de sus órbitas o lugares, la mandíbula o quijada inferior quedó fuera de la cavidad de la boca y el cráneo enteramente deshecho y en fragmentos horripilantes.
Ya avanzado el jueves todos los periódicos- El popular, El chisme El Diario del hogar, El hijo del Ahuizote, El Mundo ilustrado y la Patria Ilustrada -según su orientación y línea editorial, tuvieron algo que decir.
El País, un diario atento a no convertir en malas las buenas costumbres publicó: Una mujer que se arroja desde lo alto no sabe cómo caerá y qué espectáculo dará a la multitud. Pasa a la indecencia, al impudor, a la bajeza que consiste en abdicar de la inviolable dignidad del sexo y convocar a la multitud en pleno día y en la vía pública a una exhibición vergonzosa
En El Imparcial, en la columna Semana Alegre , el asunto se dijo en otro tono: Ella decidió matarse porque sí. Hizo los preparativos vulgares del caso; traje nuevo, medias vistosas, carta en el seno, ropa interior y se arrojó desde la torre hasta la eternidad. El asunto no paró ahí. Llegó a las páginas de El Renacimiento la revista literaria de Ignacio Maestro Altamirano y fue inspiración de la novelilla de Ángel de Campo El de los claveles dobles.
Pero todo fuera como eso, Alicia habría de decir las palabras más fuertes, en su furiosa carta suicida: Yo he nacido para fastidiarme, mi vida es una continua contrariedad ¿Para qué tales vivo yo? Quiero largarme de una vez a la eternidad, si al fin lo que no sirve que no estorbe. No por esto se culpe a nadie, ni se crea que me suicido por alguno, ni mucho menos por M.
Es muy poco hombre para que me ocupara de él. Hago esto porque se me da la gana. Si mis deseos no son cumplidos, mi cadáver no tiene quién lo reclame, me pueden arrojar a la fosa común, eso si me hacen favor, pues no le pido ni favor al cielo ni piedad al mundo .
Alguna enseñanza de aquel hecho llega hasta nuestros días: se ha publicado la novela El de los claveles dobles otra vez, con glorioso estudio preliminar, las letras y la muerte hacen buena pareja y la prensa sigue siendo la misma.