"El asedio", la más reciente publicación de Arturo Pérez–Reverte (Alfaguara, $289) es sin duda una novela de largo aliento (727 páginas) que transcurre en el marco de un suceso histórico. El sitio que sostuvo el Ejército napoleónico a la ciudad de Cádiz, en 1811; mientras las colonias españolas en América peleaban por su independencia. Una premisa seductora.

La geografía de Cádiz, ubicada en una península casi inexpugnable, convertía su asedio en una situación de lo más extraña: la ciudad recibía por mar todo tipo de pertrechos, mientras el Ejército invasor apenas los contemplaba, intentando sin fortuna, ser amenazante, lanzando proyectiles, que rara vez llegaban a su destino, desde el otro lado de la bahía.

La novela parte con una situación de corte policíaco: el asesinato cruel de mujeres jóvenes, investigado por el comisario Tizón, policía o inquisidor de la ciudad amurallada.

Tizón juega ajedrez con un profesor en uno de los cafés de la ciudad, tema que sirve de pretexto a Pérez Reverte para hacer referencias al ajedrez como parte del misterio, tal y como afortunadamente hiciera en La tabla de Flandes, una de sus novelas más exitosas.

Sin embargo, hay que distinguir lo que en el otro libro es el centro de la trama, con lo que en éste es meramente decorativo, sirva como advertencia al lector que pudiera irse con la finta, frente a la publicidad que acompaña el libro.

La novela sigue también a otros personajes (de hecho los sigue más y con mayor interés), a Lolita Palma, joven pero solterona heredera de la casa del mismo nombre, quien administra con visión y mano firme una de las empresas familiares más poderosas de la ciudad.

A Gregorio Fumagal, siniestro taxidermista (¿no son todos taxidermistas un poco siniestros?) que espía para los franceses, mientras compra químicos y cadáveres de animales en el mercado negro.

A Pepe Lobo, un capitán de barco contratado como corsario de patente por Lolita y otro socio para asaltar naves en los alrededores de la ciudad (negocio que era legal y sancionado en esos tiempos).

Y a otros más: Desfosseux, capitán francés obsesionado con ser capaz de diseñar la parábola perfecta para bombardear la ciudad. Y Mojarra, un pescador que hace de guía a un dibujante que apura bocetos de las posiciones francesas.

Cada uno de estos personajes va alternando intervenciones en la trama mediante una serie de viñetas relatadas con prosa impecable de rigor lingüístico e histórico.

Pérez-Reverte consigue esto, valiéndose de localismos, anacronismos y del lenguaje técnico marítimo en pleno (recordemos La carta esférica); uno de sus temas favoritos.

Pero Tanto detalle agota

El realismo de estas escenas provoca emociones encontradas. Vamos desentrañando sus descripciones como si se tratara de un fresco de época: maravillados por su precisión. La ciudad, sus aromas y colorido se despegan de la página. Y al mismo tiempo, desconcertados por su estatismo: pasan las páginas y da la sensación de que nada importante sucede, como si siguiéramos la novela en una suerte de museo literario.

El pretexto policiaco se abandona por cientos de páginas, mientras Lolita Palma asiste a una reunión social, Pepe Lobo y su tripulación abordan un bote, Fumagal compra un mono, y Desfosseux alega las ventajas de uno u otro calibre de obús.

¿Qué nos impulsa a seguir leyendo? ¿La posibilidad de un romance entre Palma y su capitán? ¿La solución del crimen? ¿El resultado del propio asedio a la ciudad?

En realidad, ninguna de las anteriores , y sólo el lector más disciplinado y el devoto de la novela histórica saldrán airosos.

Para los demás, como un servidor (abandoné cerca de la página 300), soplará el viento de levante hasta otras latitudes.