El arqueólogo e investigador mexicano Otto Schöndube murió este miércoles a los 84 años de edad, informó y lamentó Giovana Jaspersen García, secretaria de Cultura de Jalisco.

“Fue un maestro de todos, institución y referente académico; así como ejemplo de conciliación, entusiasmo y fuerza hasta el último momento”, destacó Jaspersen en un breve comunicado.

Lo recordamos en los pasillos del instituto (INAH), tanto como dando cátedra, disfrutando de un concierto o andando nuestra ciudad. Su mayor maestría fue disfrutar su paso por la vida; fue así, como cada uno de sus actos también fueron lección”, abundó al referirse al ganador del Premio Jalisco en Ciencias 1995.

Otto Schöndube Baumbach (Guadalajara, 1936) fue investigador titular del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) desde 1962 y emérito desde 2015; adicto a la buena comida y a la lectura de novelas históricas y de detectives, además del futbol, y se definía como “un arqueólogo campirano” como se consigna en una entrevista que concedió a este diario.

En más 50 años como arqueólogo, Schöndube tuvo el privilegio de ser protagonista de algunos momentos extraordinarios de la arqueología en México, como trasladar las piezas del Museo Nacional, de la calle Moneda a su nueva sede en el Museo Nacional de Antropología, inaugurada en 1964 en el Bosque de Chapultepec; descubrir una estela en la cima del Nevado de Toluca; rescatar un tzompantli en Tlatelolco; hacer “salvamentos” (rescate de objetos o estructuras prehispánicas) en Queréndaro; excavar y consolidar una pirámide en San Felipe los Alzati, en Michoacán.

Al lado del célebre arqueólogo Román Piña Chan hizo arqueología en Teotihuacan, y juntos exploraron el Cenote Sagrado en Chichén Itzá, en Yucatán, de donde rescataron preciosos objetos y múltiples ofrendas, aunque Otto admite que allí, en el pozo de los itzaes, él fue una especie de “sapo a la orilla del cenote”, porque sufría de claustrofobia y nunca aprendió a bucear; sin embargo, los recorridos de superficie alrededor del pozo sagrado de los mayas y la catalogación de los objetos encontrados constituyeron una experiencia que nunca olvidó y una de sus primeras aportaciones a la conservación del patrimonio cultural prehispánico.

Un arqueólogo integral

En 2011, en la vigesimoquinta edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, recibió el homenaje ArpaFIL por su contribución a la conservación de la arquitectura prehispánica, un reconocimiento reservado a figuras como Teodoro González de León, Guillermo Vázquez Consuegra, Eusebio Leal, Oriol Bohigas o Giorgio Grassi.

Fortuita casualidad o justicia divina, fue que la edición de plata del encuentro editorial más importante de habla hispana tuviera como país invitado a Alemania, y que justo allí en el auditorio principal de la FIL, dedicado a la memoria de Juan Rulfo, un tapatío de ascendencia germana, vecino del llano rulfiano, porque se crió en Tamazula, Jalisco, fuera merecedor de uno de los homenajes internacionales más consolidados en el mundo de la arquitectura, el arte y el patrimonio.

En aquella ceremonia, Eduardo Matos Moctezuma, su colega más destacado en México, lo describió como “un arqueólogo integral, de campo, que va, busca, excava, limpia, interpreta y difunde.”  Él, en cambio, se considera simplemente un “arqueólogo campirano”, orgulloso de su “nacionalismo lugareño”.

Condiscípulo de figuras prominentes de la arqueología mexicana como Eduardo Matos Moctezuma y Jaime Litvak, y heredero de Alfonso Caso, Román Piña Chan y José Luis Lorenzo, Otto Schöndube solía decir que “la buena arqueología se hace con los pies, en el lugar de los hechos, viendo el espacio, intuyendo la vegetación y el clima, e imaginando la época que se estudia”; una consigna que aprendió del antropólogo español Pedro Armillas, que desde sus años de juventud ha puesto en práctica, junto con todo el caudal de conocimientos que le regalaron sus maestros de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), pioneros de la arqueología moderna en México.

Alguna vez me contó que se fugó a la ENAH, luego de abandonar la carrera de Ingeniería que cursaba en la Universidad Iberoamericana, en donde también tomó clases de teatro “para perderle el miedo a la gente”.

Me confesó risueño que en su formación consiguió muchas de las “mañas y los logros de la educación jesuita”, y rememora su paso por el Colegio Unión y el Instituto de Ciencias, en Guadalajara y, más tarde, por el desaparecido Instituto Patria de la ciudad de México.

En broma, algunos de sus colegas dicen que estudió arqueología porque de niño sus padres no lo dejaban jugar con tierra; sin embargo, él revela que el “gusanito” le nació a través de las historias que le contaba su abuelo materno Rodolfo Baumbach, un alemán que llegó a Tabasco a principios del siglo XX, y que trabajando en el campo de Jalisco gustaba de coleccionar lo que encontraba; una vez estando en Colima —“allá por los años 40”—, conoció a Isabelle Kelly, aquella dama norteamericana que estudió el Occidente de México con pala y pico, en una época en que la arqueología no era para las mujeres, relata.

El abuelo Baumbach le narraba esa historia, sin darse cuenta de que sembraba una semilla; curiosamente el tiempo maduró un arqueólogo, hoy imprescindible para el estudio de las culturas del Occidente de México.

En Otto se cumplió la premisa de Picasso: “lleva mucho tiempo llegar a ser joven”, porque a sus 84 años disfrutaba de la vida con la energía y el gusto de los veinte.

Schöndube fue un enamorado de su tierra, que reconocía que de todos sus maestros aprendió, y pese haber trabajado en sitios grandiosos como Chichén Itzá o en la monumental Teotihuacan, no olvidó el valor del patrimonio de la región de Occidente, donde echó sus raíces.

“Me gusta defender el patrimonio cultural que hay en el Occidente de México, porque aunque no se trate de monumentos grandiosos como los mayas o teotihuacanos, el que no sean enormes no quiere decir que no tengan valor patrimonial”, decía.

Hasta siempre, maestro. Descansa en paz.

kg