No cabe duda de que Haruki Murakami ha evolucionado como narrador. Desde los largos y poco claros párrafos que lanzaba en libros como Crónica del pájaro que da cuerda al mundo y Tokio Blues, el escritor japonés que recién cumplió los 70 años de edad ha depurado su estilo hasta lograr construir una atmósfera compleja con apenas unas cuantas palabras en cada oración. Por eso pesa tanto que la segunda y última parte de su más reciente novela La muerte del comendador parezca haber quedado inconclusa.

La popular colección Andanzas de Tusquets Editores acaba de publicar el segundo libro de La muerte del comendador, lo que completa la historia de un retratista al que su esposa ha dejado y que decide recluirse en una casa en la montaña alejada de la civilización. Ambos volúmenes suman casi 1,000 páginas de una historia que mezcla la fantasía y el suspenso con el monólogo interior.

Si la primera parte de su relato, Murakami enreda una madeja mediante la presentación de una serie de personajes a primera vista sencillos pero de una profundidad insondable, cualquier lector esperaría que en esta segunda parte el autor desenredara poco a poco el hilo narrativo para, al final, mostrarnos a su protagonista transformado. Esto no sucede así.

Murakami abre mas rutas narrativas de las que cierra y eso deja un sabor de que la novela está inacabada. ¿Quién es en verdad Menshiki, ese millonario excéntrico y afable que por momentos recuerda al Gran Gatsby de Scott Fitzgerald? ¿Y quién es el Comendador, esa idea que sale al mismo tiempo de las montañas de Odawara y del cuadro pintado por Tomohiko Amada? ¿Y qué papel juega “Cara larga”, ese extraño personaje que sale por una trampilla en la esquina inferior del mismo cuadro?

El acto básico de la narración se resume en que el estado de las cosas se transforma. Las ciudades cambian, los hombres y las mujeres cambian, los niños y las niñas crecen. No parece suceder esto en el segundo volumen de Murakami. El protagonista de La muerte del comendador no cambia un ápice pese a que se lo repita a sí mismo una y otra vez para convencerse de ello.

Lo mismo sucede con el subtexto del libro: la pintura. Mientras que en el primer tomo, los lienzos, los pinceles y los pigmentos cobran una relevancia que por momentos supera a la de las palabras de las que está compuesto el libro, en este segundo volumen la pintura se vuelve superflua, una mera metáfora de la imaginación de los personajes y no una historia en sí misma.

Insisto, pese a su fama, Murakami es un escritor singular. En todo el mundo —ha sido traducido a más de 40 lenguas desde el japonés— es depreciado y alabado por igual. Sus libros causan enojo y fascinación y su nominación al Nobel de Literatura provoca cada año expectativa y burla al mismo tiempo.

Igual que el retratista que conduce la historia del más reciente libro de Murakami deja inconcluso el retrato de la pequeña Marie Akikawa, el escritor japonés da la impresión de temer terminar su relato. Parece imposible que sepamos el final de la historia.