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Moronas de la fama
En una escena del documental Bellas de noche, Wanda Seux putea frente a la cámara, llora y pide trabajo a los productores de televisión. Claramente está haciendo casting.
En una escena del documental Bellas de noche, Wanda Seux putea frente a la cámara, llora y pide trabajo a los productores de televisión. Claramente está haciendo casting. Es una escena penosa, pero también reveladora. ¿Qué revela? El carácter del personaje.
De momentos como ése, tan claros, tan penosos, tan llenos de personaje, está repleto Bellas de noche, de María José Cuevas (hija de José Luis Cuevas), documental que conquistó el último Festival Internacional de Cine de Morelia. Ahora se estrena en salas y usted no debe perdérselo.
Pero volvamos a la pantalla. Hubo una época, hace no muchos años, quizá 20, quizá 30, en que Wanda Seux no habría salido en cámara sin maquillaje a rogar trabajo. Ser sexy es una profesión, y más si se es rubia natural como la vedette. A sus 62 años (los que confiesa), Seux sufre de cáncer y vive para cuidar a sus perritos. Lava el patio de su casa y dice que mientras tenga para su tratamiento y las croquetas de sus perros ella estará bien. Pero de todos modos, la escena es triste: rogar por trabajo en cámara.
Bellas de noche sigue los avatares de cuatro vedettes que dominaron la escena nocturna mexicana del viejo PRI: Lyn May, Rossy Mendoza, Princesa Yamal y Wanda Seux. Cada una tiene una nueva vida después de the lavish life of stars.
Olga Breeskin, encarnada como reverenda cristiana en Las Vegas, dice como quien descubre un secreto: La droga llegó a mi puerta, igual que el alcohol . Breeskin, que empezó su carrera como violinista clásica, es la que tiene más rollo: escupe confesiones con el ritmo y el estilo de Alcohólicos Anónimos.
Rossy Mendoza da cuenta de los centenarios y pulseras de rubí que le llegaban al camerino. ¿Qué fue de ellos? Sepa el dios de la diamantina. A Rossy le ha dado por la vida de espíritu, que no espirituosa, y como filósofo del siglo XVIII se hace preguntas sobre lo extracorpóreo y la metafísica. Es poético que una mujer que vivió de su cuerpo se entregue a lo que no lo tiene.
La Princesa Yamal es a la que más le ha pegado la vida: estuvo presa dos años por el gran robo al Museo de Antropología a finales de los 80 (ella asegura que es inocente; el cerebro de la operación fue su amante en turno) y ahora es reflexiva. Cigarro en mano cavila en torno a su carrera, la cual fue truncada por el bote. Ahora es amiga de Wanda Seux y su principal apoyo en la enfermedad.
Lyn May, la más desparpajada de todas y la que, a base de chismes se mantiene vigente (recién contó que se acostó con un Juan Gabriel jovencísimo), proclama a gritos que lo que más le gusta es el sexo y el deporte y confiesa un acto de necrofilia.
El documental no da mayor opinión, lo que es un acierto: son ellas las que cuentan su historia. Sin embargo, el espectador bien puede dar con sus propias conclusiones. ¿Qué nos dicen sus vidas del feminismo mexicano? ¿Qué del poder del sexo, del tráfico de drogas, del poder del poder? ¿Son mujeres empoderadas o son juguetes de la mirada deseante del macho alfa y de todos los demás machos? Alfonso Zayas manosea tetas y la Sonora Santanera canta que fue en un cabaret. Todo fuera tan sencillo.