Salvador Novo —“un secreto a voces”, como lo calificó Carlos Monsiváis—, nació en la Ciudad de México en 1904 y murió hace 46 años, el 13 de enero de 1974. Cultivó prácticamente todos los géneros de la literatura. Fue poeta, pero también dramaturgo, cronista y periodista y desde muy joven, miembro del grupo llamado Los Contemporáneos. Tenía proyecto, ideología y un pensamiento muy claro sobre el arte, la historia, la cultura y los alcances de la difusión. Dice el prólogo de sus Obras Completas: “Parece que Novo  simplemente levanta el libro de la mesa o la escena de la calle para conocerlos mezclándose con ellos”. Sería por ello que sus artículos publicados en El universal ilustrado de 1924 fueron de rango muy amplio y contenido variopinto: la reseña de un encuentro de box, la historia de los baños públicos, un ensayo conmemorativo sobre Joseph Conrad, el reporte de una ojeada a las revistas norteamericanas de gran moda y un análisis serio y exhaustivo de Fernández de Lizardi.

Amante e investigador de la ciudad de los palacios (y de los cabarets, los restaurantes y las plazas públicas y privadas, Novo también hizo poesía estremecedora y fuerte, fue director de teatro y dramaturgo, participó en la fundación del Teatro Orientación y el Ulises y escribió la memoria política y cultural de nuestro país sexenio por sexenio ( en sus volúmenes de La vida en México en el periodo presidencial de... que corren desde los tiempos de Ávila Camacho hasta los de Luis Echeverría ) y además es autor de libros memorables como Nueva grandeza mexicana, Historia gastronómica de la Ciudad de México, Nuevo Amor, y muchos otros de poesía, crónicas, ensayos y viajes. Famoso por haber sido el narrador más tenaz de los vicios y virtudes de la ciudad de México, el simple periodismo de sociales salido de su pluma, se convirtió en historia de impecable prosa y su filoso sentido del humor que puso en jaque a artistas y políticos. Quizá por ello el presidente Díaz Ordaz lo nombró cronista de la Ciudad de México en 1965. Y poco después comenzaron sus apariciones en televisión. (A Novo le gustaba la atención mediática, la moda y la cocina y no vacilaba en mostrar sus tendencias amorosas en aquel momento consideradas equívocas. Pero todo era mejor cuando se expresaba por escrito. Vayan dos ejemplos a continuación, que de paso nos demuestran que sus textos no tienen fecha de caducidad.

En la entrada correspondiente a enero de 1969 de su libro La vida en México en el periodo presidencial de Gustavo Díaz Ordaz, Salvador Novo escribe:

“Antes de nuevamente ausentarse este Carlos Chávez, que se ha vuelto tan trashumante o tan trotamundos, produjo unas enfadadas declaraciones que reprochaban la proliferación de agencias artísticas aquí donde por ley cuidadosamente estudiada en vísperas de asumir el poder el licenciado Miguel Alemán, se creó un Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) encargado y responsable de todas ellas. Son muchos, en efecto, los organismos ajenos al INBA que hacen ‘arte’ o que la difunden. Desde luego, la universidad nacional autónoma. Su Dirección de Difusión Cultural dispone de una estación de radio, publica una revista, da conciertos y cineclub; suele usar el magnífico teatro en la Escuela de Arquitectura y el Auditorio de Medicina y fuera de su recinto sagrado ofrece exposiciones en la Casa del Lago de Chapultepec, en la galería Aristos de Insurgentes y dispone de dos teatros: el ex-Caracol en la avenida Chapultepec y el Centro Universitario de Teatro en la calle Sullivan, donde antes fue el alegre cabaret Eco y hoy hay un foro isabelino. (...) Todo ello, a juicio de Carlos Chávez, debería centralizarlo y ejercerlo el Instituto Nacional de Bellas Artes. Y con sus palabras parece indicar que el complejo de apoderarse de las bellas artes se adquiere de manera incurable en el instituto”.

Paradójicamente, muchos años antes, en la entrada correspondiente al 16 de enero, pero de 1954, del libro La vida en México en el periodo presidencial de Adolfo Ruiz Cortines, un Salvador Novo muy lánguido de ánimo escribía un texto diametralmente opuesto al anterior:

“Puede ser, claro está, que la enfermedad le provoque a uno este estado de ánimo melancólico, aunque bien podría también ocurrir que este estado de ánimo melancólico respondiera por la enfermedad. El caso es que, de todas maneras, que le cercan imágenes, pensamientos, recuerdos lúgubres, cuándo comienza un año tan avanzado en la edad del siglo y en la propia que comienza. Porque como decía hace no mucho un psicoanalista, en la vida no se puede uno detener: o avanza, progresa, o retrocede y declina. Y uno se pregunta si ya empezó su decadencia”.

Por haber sido tan público, a lo largo de su vida, Salvador Novo irritó y fascinó por su provocación, deslumbró por el talento, alarmó por su conducta y tranquilizó con su ingenio. Fue perturbador por su don para el escándalo y divertido al añadir escándalo al espectáculo de su personalidad única. Pero siempre llamó a las cosas por su nombre. No importaba si eran inconvenientes o prohibidas, si se trataba de una conversación, una crónica, una obra de teatro, un poema amoroso... o el más obsceno de los sonetos.