Por aquellos tiempos, cuando el presidente de la República, el general Porfirio Díaz, se enteró de que la señorita Matilde Montoya (1857-1938) había iniciado estudios de medicina en Puebla, de inmediato la invitó a finalizarlos en la capital de la República, pues opinaba que nada más justo ni mejor que la primera doctora mexicana se titulara en esta ciudad , según narra la doctora María de Lourdes Alvarado.

Pero si el general Díaz estaba tan interesado en que la señorita Montoya viniera a estudiar a la capital, era evidente que iba a estar pendiente de su carrera a lo largo de los años. Por eso no es de extrañar que en el examen profesional de esta mujer –un acontecimiento del que informaron los periódicos más importantes del país– asistieran el presidente de la República, el secretario de Gobernación y muchas damas y caballeros de los más escogidos de la sociedad , según refería en sus páginas el diario La Patria, del 27 de agosto de 1887.

El 24 y 25 de agosto de 1887 se efectuó en la Escuela Nacional de Medicina y en el Hospital de San Andrés el referido primer examen profesional de una joven mexicana en el área de medicina, quien lograba de esta forma concluir exitosamente sus estudios, mujer que había logrado responder con entereza, sangre fría y aplomo a las preguntas de los sinodales.

En su ensayo Las alumnas de las escuelas nacionales en tiempos del centenario –trabajo de Lourdes Alvarado en el que nos apoyamos para realizar este texto–, la investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM expone que en nuestro país ya avanzado el siglo XX fue cuando las mujeres irrumpieron de manera significativa en las aulas universitarias. Sin embargo, los antecedentes de esta conquista de las profesiones tradicionalmente masculinas, a la que se oponía un sector social mayoritario, se remonta a las postrimerías del siglo XIX .

En este gran comienzo ocurrió que un reducido grupo de mujeres, contra viento y marea , logró abrirse paso en la Escuela Nacional Preparatoria y en los planteles de educación superior de aquellos tiempos. El ensayo de la doctora Alvarado aparece en el libro titulado 1910: la Universidad Nacional y el barrio universitario, coordinado por el doctor Carlos Martínez Assad y la doctora Alicia Ziccardi, con prólogo del rector José Narro Robles, publicado en el 2010 por el Programa Universitario de Estudios sobre la Ciudad (PUEC), de la UNAM.

La doctora Alvarado agrega: Con ello, las protagonistas de estos hechos no sólo dieron la primera batalla contra quienes temían que su presencia en el mundo cultural y laboral masculino rompiera el ‘equilibrio’ existente, sino que su ejemplo contribuyó a abrir la brecha por la que, tiempo después, habrían de transitar las nuevas generaciones .

BUENA PRENSA

Pero la presencia femenina en las aulas era noticia que mantenía al pueblo de México muy interesado. Por eso la prensa nacional no dejaba de comunicar estos hechos. Es decir, el fenómeno femenino en las escuelas desde el comienzo tuvo buena prensa. Ya mencionamos acerca del examen profesional de Matilde Montoya, pero no sólo eso: los diarios estaban pendientes de todo, de lo grande y de lo nimio, de las clases, de los exámenes parciales (en los que los periodistas tomaban partido y opinaban acerca de las preguntas de los maestros y las respuestas de Matilde), de la disección de cuerpos en el anfiteatro y hasta de los chismes y rumores.

En ese contexto, años antes el arribo de Montoya a México fue todo un acontecimiento. Al respecto, la publicación El Lunes, correspondiente a noviembre de 1881, informaba de la llegada de Matilde Montoya Rivera a la Ciudad de México procedente de Puebla y especulaba que su presencia en la capital fortalecería las ideas del ministro del ramo, Ezequiel Montes, ‘sobre las ventajas de formar bachilleras’ .

Por este medio la sociedad también se enteró de los escollos que la señorita Montoya tuvo que remontar, aunque también de los apoyos extraordinarios que recibió, sobre todo de los funcionarios del gobierno de don Porfirio, para cumplir con los fines que se había trazado. En cuanto a las dificultades, Montoya tuvo que acreditar simultáneamente los estudios preparatorios y los correspondientes a la carrera de medicina. Cuestión que implicaba un doble estudio.

PUDOR Y MORBO

Montoya tuvo que sobreponerse también al pudor propio y al morbo de sus compañeros: por ejemplo se corrió la especie de que la señorita asistía al anfiteatro junto con todos sus condiscípulos y que trabajaba sobre cadáveres desnudos. Lo cual es absolutamente falso , exclamó la escritora Laureana Wright en su libro Mujeres notables mexicanas, publicado en 1910, citado por la doctora Alvarado.

El director del Hospital Militar –agrega Laureana Wright–, ante la necesidad de más cuerpos tuvo la deferencia de poner a su disposición todos los días un cadáver y los instrumentos del anfiteatro, y allí practicó por mucho tiempo operaciones y estudios anatómicos .

La doctora Alvarado explica que Matilde Montoya, como las otras jóvenes que siguieron su ejemplo, enfrentaron todo tipo de dificultades, entre las que destacaban los viejos y férreos prejuicios que se oponían a la instrucción superior de las mujeres. Se enfrentaba, pienso yo, no sólo a enemigos concretos con rostro y voz –algunos de ellos femeninos–, sino a esos adversarios sin rostro pero con demasiado poder que eran la opinión pública y la moral de época .

Y Alvarado da el ejemplo de la actitud de la madre de Matilde, para quien el principal reto que su hija debía vencer consistía en demostrar que la ciencia no estaba reñida con la virtud , por lo que además de advertirle todos los peligros que corría en las escuelas preparatoria y de medicina, la acompañaba a sus clases o la esperaba afuera de las aulas hasta que la joven finalizaba sus actividades .

APOYOS INSTITUCIONALES

La señorita Matilde Montoya, dado su buen desempeño, contó con el apoyo inconmensurable del general Porfirio Díaz. Recibía una mensualidad de 40 pesos. También algunos mandatarios estatales, como los de Puebla, Morelos, Hidalgo y Oaxaca, le asignaron pequeñas pero utilísimas pensiones .

La cifra de 40 pesos no era algo menor, sobre todo si se considera que por aquella época el salario de una maestra de primaria podía ser de sólo 40 pesos o de 50 al mes, dependiendo de la antigüedad.

Lourdes Alvarado al intentar documentar este incremento de la población femenina en las escuelas establece que entre 1891 y 1900 el número de preparatorianas aumentó considerablemente: hasta el momento hemos localizado un total de 58 jóvenes inscritas, originarias de la Ciudad de México y de distintas regiones de la República, más dos extranjeras…], refiere en el libro del PUEC /UNAM.

Luego, la investigadora pasa revista a algunas graduadas. A las primeras preparatorianas y egresadas de las escuelas nacionales, como las médicas Matilde Montoya Rivera, Guadalupe Sánchez y Soledad Régules. La abogada María Asunción Sandoval de Zarco y la metalurgista Dolores Rubio Ávila, entre otras.

Finalmente, en junio de 1892 un periodista atraído por este auge de las mujeres en la educación, quien escribía bajo el seudónimo de Juvenal (Enrique Chávarri), comentaba en El Monitor Republicano acerca de la novedosa presencia de algunas alumnas en la Escuela de Jurisprudencia, a las que veía como futuras abogadas que fungirán como jueces, magistradas o representantes del Ministerio Público y que por su capacidad intelectual y ‘sexto sentido’ atemorizaban a sus colegas del sexo opuesto .

Juvenal cerraba su comentario diciendo que en nuestra patria la mujer ya ocupa la tribuna, ya diserta, ya perora . Pasa enseguida a lanzar una premonición acerca del papel de la mujer: ¡quién quita que andando el tiempo la veamos en los escaños del Congreso predicando en contra de la reelección! … Y le atinó.

Mujeres investigadoras

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