Recuerdo que hace alrededor de tres décadas, La Trueta dicen que anarquista y pone-bombas en la guerra civil española , maestra del Colegio Madrid, nos contaba de cierto profesor que, a principios de la década de los 50, cuando en los salones de clase se acostumbraba colgar en la pared el retrato del presidente de México, solemne instruía a sus alumnos:

Tres males ha sufrido la patria: la pata de Santa Anna, la mano de Obregón y la sonrisa de este cabrón señalando entonces la risueña imagen de Miguel Alemán Valdés.

La anécdota viene a cuento porque, hace unos días, por decisión presidencial, las osamentas de Aldama, Allende, Bravo, Guerrero, Hidalgo, Jiménez, Matamoros, Mina, Morelos, Quintana Roo, Vicario y Victoria fueron trasladadas con honores fúnebres y pompa de exhibición, del Ángel de la Independencia al Castillo de Chapultepec.

En la actualidad, sin embargo, está irremediablemente perdida la pierna de Santa Anna. Su historia es singular como singular es la historia del también llamado Su Alteza Serenísima, Visible Instrumento de Dios, César Mexicano o Napoleón del Oeste, entre otros, ejemplo inconfesable de políticos que, sin más bandera que la del poder, igual pasan por gente de izquierda que de centro-derecha, de derecha que de centro-izquierda, pues, como se sabe, el Héroe de Cuarenta Derrotas lo mismo fue realista que insurgente, monárquico que liberal o conservador, y que perdió su célebre pierna en 1838 durante la Guerra de los Pasteles cuando, defendiendo el puerto de Veracruz de la invasión francesa, un obús se la hizo trizas y se la tuvieron que amputar por temor a la gangrena, y que el propio Quince Uñas le dio funerales de estado.

En 1848, no obstante, cuando Santa Anna regaló por 15 millones de dólares los estados de Arizona, California, Colorado, Nevada y Nuevo México a Estados Unidos, la gente, encolerizada, profanó la tumba y la susodicha pierna fue arrastrada por las calles y, en 1853, aunque El Pata de Palo ofreció una jugosa recompensa por su miembro amputado, la reliquia no pudo ser localizada.

La historia de la mano de Obregón no es menos alucinante. En 1915, en la Batalla de Santa Ana del Conde, Álvaro Obregón perdió el brazo izquierdo al enfrentar al Ejército de Victoriano Huerta y, por esas cosas raras que sólo suceden en México, los obregonistas deciden conservar la reliquia en un frasco con formol. Luego Obregón sería Presidente de la República de 1920 a 1924 y, cuatro años más tarde, tras ser asesinado en el restaurante La Bombilla, en San Ángel, el general Francisco R. Serrano exigió para sí dicha mano, misma que extravía en una borrachera y reaparece, tiempo después, en exhibición en un burdel de Avenida de los Insurgentes.

En 1935, durante el mandato de Lázaro Cárdenas del Río, se inauguró en el mismo sitio que ocupaba el restaurante La Bombilla, un monumento en honor a Obregón que, desde entonces hasta 1989, recuperó para la patria y exhibió la mano más famosa del país, monstruosidad que fue cremada por el gobierno de Carlos Salinas.

De la sonrisa de Miguel Alemán Valdés es preferible no hablar, ya que el gesto del primer Cachorro de la Revolución se puede interpretar como el inicio del México moderno, ése, en el que cada día los ricos son más ladrones, y los pobres, por esa educación televisiva que permea al país, quieren ser como los ricos.