Casi siempre que se habla de cabezas colosales, entre las primeras cuestiones que se plantean es si éstas tienen o no un origen africano, esta hipótesis está en todos lados, incluso algunos la siguen pensando. Desde que se encontró la primera cabeza colosal olmeca en 1862 en Hueyapan Veracruz, José María Melgar y Serrano, un buscador de piezas de aquella época, escribió: “Quedé sorprendido: como obra de arte es, sin exageración, una magnifica escultura…lo que más me impresionó fue el tipo etiópico que representa, reflexioné que indudablemente había habido negros en este país, y esto había sido en los primeros tiempos del mundo”.

Con estas palabras se desató una polémica, “pero recordemos que en aquella época se trataba de un descubrimiento aislado, no se sabía nada de estas cabezas colosales, ni de la cultura Olmeca y no había nada similar en Mesoamérica. En su momento él (Melgar y Serano), tenía que buscar asociaciones”, pero hoy sabemos mucho más, ya no tenemos que dudar de su origen americano, explica Ann Cyphers Tomic, doctora en historia y descubridora de la última cabeza monumental que conocemos (1994), llamada Tiburcio.

Frente a un auditorio lleno, se llevó a cabo la primera conferencia del ciclo Arqueología Hoy del 2020, en el Colegio Nacional. Con el tema Las Cabezas Colosales Olmecas, el programa del primer semestre contará con seis diálogos que permitirán conocer más sobre sacrificios humanos, Teotihuacán, Tingambato, los mayas, entre otros temas.

La doctora Cyphers Tomic, presentó evidencia que permite entender la temporalidad, el entorno arqueológico, el control estratigráfico y la relación simbólica con los tronos monolíticos de estas cabezas esculturales, dando así puntos concretos para identificar su origen.

Pruebas

Constituidas en el sello de la primera civilización Mesoamericana, el desarrollo de la cultura Olmeca tuvo lugar entre el 1800 y el 400 a.C. Hoy se conocen 17 cabezas colosales en total, de las cuales, 13 fueron encontradas en Veracruz (en San Lorenzo y en Tres Zapotes y alrededores) y cuatro en La Venta, Tabasco. Esto demuestra la primacía temporal en Veracruz como capital olmeca en el desarrollo de complejos sistemas políticos encabezados por gobernantes hereditarios.

De acuerdo con la historiadora, que desde 1990 dirige el Proyecto Arqueológico San Lorenzo Tenochtitlán, el estudio de las cabezas colosales y su distribución espacial en las distintas capitales olmecas, ha permitido proponer que estas representaciones pictóricas de gobernantes ancestrales fungían como una especie de testimonio genealógico de los linajes reales para validar la sucesión del cargo.

Una de las posibilidades, es que al morir el gobernante su trono era utilizado para hacer su retrato, otra es que se dejó de lado la realización de grandes tronos y se optó por el retrato colosal para representar a los antiguos gobernantes.

Las cabezas colosales consistían en un bloque rectangular de basalto, si bien las cabezas colosales comparten características como el ceño fruncido, la nariz chata y ancha y el mentón abultado, su semblante cambia según la diferencia en ojos, boca y orejas.

Cada cabeza, que en su parte posterior es plana y pulida, porta un tocado en forma de casco con un símbolo e insignias zoomorfas o de cuerdas, referencia de su nombre y linaje. Las orejeras muestran formas redondas, rectangulares, de garra o de concha.

También se ha mencionado que las cabezas surgían a partir del reciclaje de monumentos, “en San Lorenzo las cabezas estaban agrupadas en dos partes, en la zona norte del sitio se encontró un trono en proceso de reúso, dos cabezas con remanentes de lo que había sido un trono y una cabeza si terminar, lo cual indica se trataba de un taller. Mientras en la parte sur del sitio los retratos colosales estaban alineados a lo largo de la plaza principal con el propósito de crear una macro escena de gobernantes ancestrales, la cual quedó inconclusa”. 

Ann Cyphers, es doctora en Historia por la UNAM donde fue discípula de Beatriz de la Fuente, es investigadora de tiempo completo en el Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM y pertenece al Sistema Nacional de Investigadores (nivel III), así como a la Academia Mexicana de Ciencias. Su principal línea de investigación es el desarrollo de las más antiguas civilizaciones de Mesoamérica, en particular la olmeca.

Hasta 1994 gracias a la información de un habitante de la región Ann Cyphers Tomic, halló en el fondo de la barranca del Ojochi, en San Lorenzo, un ejemplar al que se le dio el nombre de Tiburcio.

El tallado de las cabezas colosales se realizó a través de la técnica conocida como percusión indirecta, ésta consistía en golpear con una roca un cincel y este a su vez los basaltos provenientes de las montañas de los Tuxtlas, Veracruz.

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