“Salí a la terraza. El viento frío me levantó el pelo y se me erizó la piel. Quise derrumbarme y soltarme a llorar. No buscarla más. Que se tirara al precipicio y no volviera. Quedarme sola con mi papá, ahogada con él en el mar de su silencio. Pero seguí dando la vuelta y, cuando estuve segura de que mi mamá no estaba en la terraza, entré a la casa”.

Es el relato de Claudia, una niña de apenas nueve años de edad en la novela Los abismos, con la que la autora colombiana Pilar Quintana fue anunciada como ganadora del Premio Alfaguara de Novela 2021 y cuyo ejemplar en físico y digital se lanzó a la venta en nuestro país un par de semanas atrás.

Cuando el lector llegue al punto final en el libro de Quintana, Claudia no será la misma que se delineó en las primeras páginas. Esta hija única de pelo crespo habrá de toparse de sopetón con los anticipos poco prometedores de una vida adulta más bien enmarañada y confusa, a veces angustiante e infame; la vida misma.

Claudia vive con sus padres en un departamento rebosante de plantas diversas que parecen la continuidad de una selvática ciudad de Cali en los años 80 y viaja en la parte trasera de un Renault color mostaza de la época.

Desde esa perspectiva, los trasfondos, por más sutiles que parezcan, terminan integrando una maraña de tensión. En este episodio de su vida, Claudia lidia a la distancia con la infidelidad, la depresión, el alcoholismo, el machismo, en ese proceso de vida tan sutil y paulatino que es casi imperceptible, en el que el temor a la muerte también se aprende. Es una novela, dice la autora, para conjurar los miedos de la infancia.

“Los abismos es justamente ese momento cuando de niños perdemos la inocencia, cuando de chiquitos nos creemos el cuento de la familia magnífica, que se ama y es feliz, pero de repente empezamos a ver las grietas. En particular aborda la relación de una niña con su madre. De pequeños somos bastante egoístas y pensamos que nuestros padres existen por y para nosotros. Claudia empieza a perder la inocencia porque descubre que su madre no es solo su madre, sino una mujer que tiene frustraciones, deseos, con una vida que no tiene que ver con la maternidad”, explica la autora en entrevista desde Colombia.

Además, anota, se trata de desmitificar padecimientos mentales como la depresión, que en aquella época eran un tabú. Es más, ni siquiera se nombraban. Mientras tanto, la pequeña protagonista observa cómo su madre literalmente camina al borde del abismo, mientras que en su familia los problemas se barren debajo de la alfombra. Por eso pareciera que nada sucede, pero pasa lo suficiente como para tener la certeza de que al final, Claudia ha dejado de ser una niña.

La gran tragedia de Claudia, afirma Quintana, es que se trata de una pequeña a quien le toca hacerse cargo de un mundo de adultos que no saben lidiar con sus problemas. “Creo que la mía fue una generación de niños que cargamos con los pesos emocionales de nuestras familias, que teníamos padres que no se hacían cargo de sus asuntos porque no creían en el psicólogo; uno les decía esa palabra y sentían que era un insulto porque ellos ‘no estaban locos’”.

La autora halló la manera de injertar en el lector la perspectiva del mundo de una persona tan que lleva el mismo nombre de su madre y a causa de quien ha de padecer una que otra incertidumbre que, se antoja al cerrar el libro, resultará determinante en su vida. Es pues una novela cuyos efectos se amplifican e incluso germinan más allá de lo escrito, un relato capaz de devolver al lector a la estatura de la infancia.

“Como todos los escritores literarios, desprecio la literatura de autoayuda, pero me parece que toda buena literatura tiene esa función, es decir que coadyuva al entendimiento de cierta parte de uno mismo”, concluye.

Un extracto de la novela

“Anoche se emborrachó. Salió en medias a dar un paseo por el pasto y fue hasta la valla del precipicio. Si yo no hubiera llegado, de pronto se tira. Me dijo que este lugar era perfecto para desaparecer…”.

El jurado dijo en el acta:

“Con el telón de fondo de un mundo femenino de mujeres atadas a la rueda de una noria de la que no pueden o no saben escapar, la autora ha creado una historia poderosa, narrada desde una aparente ingenuidad que contrasta con la atmósfera desdichada que rodea a la protagonista, con una prosa sutil y luminosa en la que la naturaleza nos conecta con las posibilidades simbólicas de la literatura y los abismos son tanto los reales como los de la intimidad”.

ricardo.quiroga@eleconomista.mx