Cuando Lorenzo de Médici tenía 20 años de edad, ya era el Señor de Florencia. La muerte súbita de Piero, su padre, le obliga a asumir las obligaciones del poder en defensa de la República.

Dividido entre la veneración al legado de Cosimo, su abuelo, y el amor profundo por Lucrecia Donati, al joven Médici no le queda más que acatar las razones de la política.

Los Médici, un hombre al poder, la segunda entrega de la trilogía de Matteo Strukul (Ediciones B, 2018) es verdaderamente un viaje al corazón del Renacimiento italiano.

Durante 10 años en la vida de Florencia, cuna de la primera moneda de Occidente y, por ende, del capitalismo, de 1469 a 1479, Strukul va trazando las vicisitudes del señorío asediado por el papa Sixto IV y por las familias poderosas de la época, que ven en Lorenzo el titubeo de la inexperiencia y urden la conjura.

Como su abuelo y su padre, Lorenzo era un hombre amante de las artes. Heredero de una tradición que no puede soslayar. Su familia ha ejercido por décadas el mecenazgo que prohijó las obras y los artistas más relumbrantes del Renacimiento, desde Boccaccio y Botticelli, sin contar con que su padre financió a Brunelleschi para que construyera la cúpula de Il Duomo, obra cimera del gótico.

Lorenzo, a la postre el Magnífico, es un joven esteta y humanista, inexperto pero con la inteligencia y valentía suficientes para no ser una marioneta del destino que se le impone de manera inexorable.

Amante de las artes y el conocimiento, pasa las tardes en el estudio del joven Leonardo Da Vinci, para quien pone a disposición la fortuna de la familia y se convierte en su gran amigo y mecenas. Pero ese mismo azar que los unió un día querrá que ese encuentro se convierta en un choque de trenes, cuando los deberes les imponga una forma diferente e incompatible de apreciar la vida.

Las ballestas que Da Vinci había inventado para la defensa de Florencia herirán de muerte al joven señor de la República florentina y trazarán una ruta en la nunca encontrarán acaso el camino de regreso.

Algo cambió aquella mañana en el espíritu poético y generoso de Lorenzo, ante la cabeza decapitada de Bernardo Nardi, quien días antes asaltara el palacio municipal de Preto sin la anuencia de la Signoria, por lo que la multitud florentina exigía el máximo de los escarmientos. Allí se convirtió aquel joven en verdadero señor de horca y cuchillo ante la ovación de sus súbditos, el recelo de su hermano Giuliano y la mirada esquiva y reprobatoria de Da Vinci.

Lo que siguió fueron solamente las obligaciones del poder, de “un hombre al poder”, como lo asienta la tapa del libro. Por delante vendrán el apaciguamiento de Volterra, ciudad vasalla de Florencia; la intriga y la traición de los nobles, a quienes los Médici habían colmado de lujo y riqueza; la conjura de los Pazzi y la insólita acusación de sodomía que cae con cálculo político sobre Da Vinci, entrañable amigo de Lorenzo, por quien éste se ve obligado a interceder ante los Oficiales de la Noche a pesar del distanciamiento, y por cuya amistad tratarán de tender una celada al joven estadista para destronarlo y desterrarlo de la ciudad.

Célebres consejos maquiavelianos a Lorenzo aparecen anacrónicos en el relato, en boca del propio Leonardo, que lo sentencia al odio de sus amigos, y de Federico da Montefeltro, el duque de Urbino, que le insta a golpear primero antes de ser atacado, y golpear sin piedad, hasta matar. Paráfrasis de El Príncipe, obra ulterior dedicada a otro Médici, el nieto Lorenzo II; frases que quedarán selladas en la memoria del Magnífico; una licencia literaria que sólo puede permitirse un maestro del derecho y de la historia como Matteo Strukul.

La trama fascinante de esta novela de historia y ficción, envolvente y trepidante, puede verse tras el prisma de un triángulo amoroso: el de Lorenzo por Lucrecia Donati, su esposa Clarice Orsini y su amigo Leonardo Da Vinci; amor inteligente, pasional y lleno de obstáculos; por otro lado, puede leerse como el escenario del nacimiento y evolución de un genio puro y excelso: el de Leonardo, obsesionado por las formas y la anatomía del cuerpo humano y hambriento de conocimiento, un genio in crescendo, para finalmente alcanzar su derrotero final: volar, volar como ese milano negro que vuela como ninguna ave es capaz.

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