El 1 de diciembre de 1916, la ciudad de Querétaro amaneció de fiesta. Desde temprano hubo movimiento inusitado, especialmente en los alrededores del Teatro Iturbide, lugar indicado para la realización de un nuevo Congreso Constituyente Mexicano y que después se llamaría Teatro de la República. Damas, caballeros, jóvenes y viejos iban de un lado al otro averiguando a qué hora, quiénes, cómo, y si podrían entrar a ver la transformación del escenario. Porque aquella vez no habría representación, ni vendría ninguna soprano. Se iniciaban los trabajos de los representantes elegidos para reformar la Constitución de 1857, que finalmente redundarían en una nueva Carta Magna. La que acaba de cumplir 100 años y nos rige hasta el día de hoy.

Un selecto grupo de representantes, de todos los estados de la República, había respondido a la convocatoria de Venustiano Carranza, primer jefe del ejército constitucionalista que ya había vencido al zapatismo y al villismo y declarado a Querétaro, por cuarta vez en nuestra Historia, como capital de la República. Destacaban hombres como Félix F. Palavicini, Alfonso Cravioto, Heriberto Jara, Francisco Múgica y el profesor Jesús Romero Flores. Este último escribió que el recinto, lujosamente engalanado, recibió a prensa, cuerpo diplomático, secretarios de estado y militares y anotó que los palcos estaban atestados de una numerosísima concurrencia de todos los sectores sociales, siendo el pueblo, en mayor número, campesinos y obreros de las fábricas inmediatas a Querétaro, quienes ocupaban los palcos y galería .

A las 3:50 pm el prosecretario, Jesús López Lira, comenzó a pasar lista. Y con una asistencia de apenas 151 diputados se declaró abierta la sesión. Pero tuvo que suspenderse prontamente, mientras llegaba a tribuna el ciudadano Venustiano Carranza. Una vez que tomó asiento, el presidente del Congreso, Luis Manuel Rojas, declaró: Siendo el 1 de diciembre de 1916, el Congreso Constituyente de los Estados Unidos Mexicanos inicia su único período de sesiones . Después, Carranza habló de ideas grandes con palabras claras: adquirir hábitos de cooperación para el bien común, de las responsabilidades de los empresarios con sus trabajadores en caso de accidentes y vejez, de fijar un salario mínimo suficiente para toda necesidad, de leyes que pronto se expedirían para vivir en una sociedad más justa. Pero mayor furor causó la última parte de su discurso inaugural:

En general siempre ha habido la creencia de que no se puede conservar el orden sin pasar sobre la ley (...)enséñese al pueblo que no es posible que pueda gozar de sus libertades si no se sabe hacer uso de ellas (...)que la libertad tiene por condición el orden, y que sin éste aquella es imposible (...) si, por una parte, el gobierno debe ser respetuoso de la ley y de las instituciones, por la otra debe ser inexorable con los trastornadores del orden y con los enemigos de la nación .

La noche estaba bien cerrada cuando los constituyentes salieron del recinto. Los asistentes comentaron lo bien que lucía el teatro cubierto de tan digna investidura y el excelente orador que era Carranza. Algunos, porque era viernes, se fueron de festejo. Otros se retiraron serios pero contentos. Al día siguiente, sábado 2 de diciembre, comenzarían los debates.

El trabajo legislativo de los constituyentes en el Teatro de la República fue intenso y cansado aunque se realizó en un tiempo admirablemente corto: del 1 de diciembre de 1916 hasta el 5 de febrero de 1917. En ese lapso se efectuaron 67 sesiones, se llevaron a cabo 179 votaciones; 117 resueltas por unanimidad y 62 por mayoría. En general, todas las sesiones fueron celebradas con un cuórum legal de 122 diputados; (en la realidad de los hechos, entre 124 y 192 por sesión). Pero el promedio fue notable: aproximadamente las dos terceras partes de los diputados asistieron a las sesiones con regularidad.

Los hombres que le dieron forma y presencia a nuestra Constitución tuvieron oficios diferentes. Entre los 220 delegados incluyendo los suplentes había 62 abogados, 22 oficiales de alto rango, 19 agricultores, 18 profesores, 16 ingenieros, 16 médicos, 14 periodistas, siete contadores, cinco líderes sindicales, cuatro mineros, tres ferrocarrileros, dos farmacéuticos, un actor y 31 representantes de otras profesiones, entre ellas artesanos, comerciantes y empleados. La gran mayoría provenía de zonas rurales, y casi todos pertenecían a una generación de ente 30 y 40 años.

El Congreso Constituyente entró en sesión permanente unos días antes de la firma, la tarde del 29 de enero de 1917. A las 03:30 am del día 30, votaron la aprobación del artículo 27 junto con una fracción del 115 y otras siete disposiciones de menor importancia. Se hizo un receso hasta las 15:30 horas, pero cuando se reabrió la sesión no había cuórum. Dos congresistas fueron comisionados para buscar a los ausentes y llevarlos de regreso lo más pronto posible. Veinte minutos después ya había cuórum y en esa sesión, que duró hasta las 7:05 pm se despacharon todos los asuntos pendientes. Sin embargo, la última fase de la sesión permanente comenzó 45 minutos tarde, porque los diputados estaban ocupados posando para los fotógrafos.

Hubo solemnidad en los debates, pero también anécdotas divertidas y particularidades curiosas, como por ejemplo, el hecho de que casi todos los debates se realizaron en el Teatro, a excepción de la discusión de artículos tan importantes como el 27 y el 23, que fueron debatidos y aprobados en la capilla del antiguo Mesón del Águila Roja. O bien que la única ocasión en que los debates acalorados llevaron a sacar las pistolas fue durante una discusión relativa al territorio de los estados miembros de la Federación, cuando el queretano José María Truchuelo pidió que se le devolviesen a Querétaro los municipios guanajuatenses de San José Iturbide y San Luis de la Paz, perdidos desde el virreinato. Todos se llevaron un susto pero no pasó a mayores.

No todo fue debatir y legislar. Se tomó en cuenta que los diputados también requerían de sano esparcimiento y para aligerar la carga se prepararon varios espectáculos para ellos: funciones de ópera, conciertos, y hasta exhibiciones con lo mejor del cine mudo mexicano.

Carranza no firmó la Constitución en el acto de clausura del Congreso, en el Teatro de la República, por aquel entonces todavía llamado Iturbide. Simplemente la recibió firmada por los constituyentes y la protestó. Después, el 5 de febrero de 1917, la promulgaría y la firmaría. En la memoria de los que ahí estuvieron, y en los registros documentales, quedaron las palabras de su último discurso, describiendo los propósitos y la verdadera esencia de nuestra Constitución:

Sean cuales fueren los defectos que por deficiencia o exceso pueda tener la obra a que dais cima en estos momentos, hay en ella una prenda que asegurará para lo futuro su estabilidad, ya que siendo la expresión genuina de necesidades seculares y correspondiendo a los deseos ingentes de la nación, no se verán en lo sucesivo como un sueño de difícil e imposible realización, sino algo que es fácil de entrar en los usos y costumbres nacionales, para formar el espíritu público y el concepto grandioso de la patria, por la práctica de las instituciones democráticas, que, nivelando a todos los hijos de este país, los estreche en vínculo indisoluble con el sentimiento de solidaridad en los medios de acción y en el esfuerzo de buscar la felicidad común .

Y así testimonio queda de cómo, bajo las cúpulas del barroco queretano, quiso formarse una nueva cultura democrática e igualitaria donde, por mandato de ley, encontraran su voz los silenciosos y adquirieran un nombre los anónimos.