Por fin llegó al Palacio de Bellas Artes la ópera Muerte en Venecia de Benjamin Britten, luego que se presentara con éxito en el Teatro Julio Castillo, el verano del 2009. Magnífico trabajo de Christopher Franklin (director concertador), de Jorge Ballina (responsable de la puesta en escena), del tenor Ted Schmitz quien hizo el papel principal y, en general, de todos los que participan en este empeño.

Lo que vimos el jueves 2 de febrero en Palacio es una prueba de que en México se puede tener buena ópera si se trabaja con un excelente libreto, con el personal apropiado y con ganas de hacer bien las cosas. Los aplausos del público de Bellas Artes, que casi llenó la Sala Principal en la primera función, así lo corroboran. Sin embargo, esto no puede seguir siendo un rayo en cielo despejado…

EL AMOR QUE CLAMA EN SILENCIO

Muerte en Venecia es el último trabajo operístico de Benjamin Britten (1913-1976), el compositor inglés más destacado del siglo XX. Death in Venice, ópera en dos actos con duración de 2 horas 40 minutos, es una tragedia que implica una muerte simbólica y otra física del protagonista.

El libreto es de Myfanwy Piper basado en la novela homónima de Thomas Mann. El estreno de la ópera tuvo lugar en 1973, en el Festival de Aldeburgh. Está dedicada al cantante Peter Pears, quien desempeñó el papel de Gustav von Aschenbach, el personaje principal.

La pieza plantea de una manera muy inteligente el descubrimiento tardío de una preferencia sexual que había permanecido latente, reprimida (si se perdona el término freudiano) y que es liberada por el ambiente veneciano y la proximidad que tiene Gustav con cuerpos de jóvenes de su mismo sexo.

En nuestros días tal vez el tema no provoque cólicos a las señoras bien, ni tampoco sea una novedad; lo que sí sorprende es el tratamiento, la manera como Britten lo resuelve, con clase, con estilo, muy alejado de la vulgaridad y el escándalo.

Claro que hay que considerar el tiempo histórico en que está planteada la obra: no es lo mismo la época en que Thomas Mann sitúa la novela o en que es concebida como ópera (fines de los 60, principios de los 70 del siglo pasado), que presentarla ahora: un tiempo en que hasta en el Ejército de EU se abren paso los contingente gay. Tan extendida resulta hoy la presencia del amor que clama en silencio -como lo llamara Salvador Novo-, que los heterosexuales parecen ya una minoría.

Al ver esta obra por tercera vez confirmamos los enormes aciertos de Britten: su domino del arte de la composición dramática, el apego casi religioso al canon aristotélico y el estudio freudiano de caracteres. Es de admirar esa armonía tan característica del arte griego en el que el todo debe expresar las partes y cada parte el todo. De ahí que llevada esta idea a la ópera (arte de las artes), la música, el canto, movimientos escénicos, actuación, vestuario, diálogos, escenografía, iluminación, constituyan una unidad armónica realmente sorprendente en el trabajo de Britten. Labor en la que no se queda atrás el equipo que hizo posible esta puesta en escena en el Palacio.

Sin embargo, el trabajo de Jorge Ballina merece una mención especial: mediante biombos, pendones, maquetas y proyecciones, convirtió el escenario de Bellas Artes en una Venecia (con agua y góndola en movimiento), el mar, un hotel, la playa…

Es una escenografía bella además de funcional, a la que solamente le faltó la arena en vez del tapete de ese color.

DE LA ESTERILIDAD AL CÓLERA

El escritor Aschenbach se siente viejo y además ha caído en un estado que se conoce como esterilidad literaria . Por lo que decide emprender un viaje como remedio a sus males. Va a Venecia. Por casualidad llega a un hotel en donde tiene el encuentro con un bello joven polaco de nombre Tasio. No estaba a gusto en ese sitio pero, al conocer al muchacho, decide quedarse.

Luego de un acercamiento estético sobreviene la revelación que le da un vuelco total a la historia: Gustav se confiesa su amor por el joven. Después las cosas se complican porque Venecia es presa de una epidemia de cólera.

El escritor decide quedarse. Finalmente, ya enfermo, ve a Tasio, que pelea con sus amigos en la playa.

Llama al muchacho, quien se vuelve a mirarlo. En ese momento, muere en su silla.

PIFIA Y CONSEJO

No nos explicamos por qué fueron programadas tan pocas funciones de una ópera que quedó tan bien hecha ni en razón de qué se le asignaron fechas en Palacio que coinciden con un puente vacacional. Alguien que sepa de economía debería explicarles a las autoridades culturales que se trata de una ópera que puede resultar rentable. No hay que tenerle miedo al criterio empresarial en la cultura.