Desde niño escuchó el mito o la realidad no importa de que los seres humanos sólo utilizan una parte mínima del cerebro; de lo contrario, de activarse las zonas oscuras de la mente, el hombre o la mujer tampoco importa adquirirían habilidades psíquicas o paranormales como la clarividencia, la levitación, la telepatía, la telequinesis, etcétera, y lo que a él le pareció lo más importante: descubrir los secretos del universo.

Luego, en un programa de televisión de la década de los 70, vio cómo Uri Geller doblaba cucharas apenas tocándolas, y componía o descomponía relojes con la mente. También, en ese mismo programa, se apasionó con los poderes sobrenaturales del Profesor Zobek y le pareció chistoso hoy le parece patético que mentalistas o hipnotistas de diferente laya logren que la gente de un auditorio se comporte como gallinas.

Si bien en los 80 probó algunos fármacos que le permitían estar alerta o concentrado en época de exámenes, siempre prefirió el café y el cigarro para las largas jornadas de estudio. De la misma manera entendió que las drogas, naturales o químicas, no volvían al usuario en una persona más inteligente y sí, en algunos casos, en más estúpido.

A mitad de la carrera de Filosofía encontró la única verdad de la que puede jactarse: que no hay verdad alguna. Por lo que se buscó una convicción que, por lo menos, a él le sirviera: el bien común trabaja a favor del bien individual. Pero desengañado por las acciones de sus congéneres, decidió aplicar tal idea sólo para sí, lo que hasta la fecha le ha dado el mejor de los bienes: estar tranquilo consigo mismo, con sus acciones.

A la par de dicha posición ética se refugió en una creencia estética: en la literatura o la ficción, o en las llamadas obras artísticas, al ser creadas como mundos cerrados, estructuralmente definidos, es posible descubrir certezas y, eso, si bien no lo volvía más inteligente, sí lograba mantener al cerebro en forma, lúcido y con pensamientos ágiles al establecer relaciones no ficticias. Y pensó que tal certidumbre también aplicaba para quienes se dedican a la ciencia y a ciertos oficios.

Para finales del milenio creyó que cualquier individuo, por más fatuo que fuera, poseía al menos un don que, desarrollado, lo convertía en un ser excepcional, ya para componer o interpretar una sinfonía, ya para construir una pared derecha, ya para patear un balón, etcétera, o ya para ser sencillamente público. La inteligencia, pensaba, no consiste en que los otros lo comprendieran, sino en él comprender a los otros para, gracias a su propio talento, adaptarse a situaciones propicias o adversas.

Con el nuevo siglo se dio el gusto de intentar hablarle de tú a tú a los clásicos, muertos o vivos, pues ya lo dijo Borges: no hay mayor placer que el del pensamiento. Sin embargo, con el desarrollo tecnológico de los medios de comunicación, se dio cuenta que, en mayor o menor medida, las maneras de pensar estaban cambiando más rápido que sus reflexiones.

Así, hace un par de años, vio la película Limitless (Sin límites), basada en la novela The Dark Fields (Los campos oscuros), del irlandés Alan Glynn, en la que un escritor mediocre como él logra, gracias a la droga NZT-48 que potencializa los procesos cognitivos de quien la toma, escribir una novela genial para, a la postre, convertirse en el supuesto hombre más inteligente de Estados Unidos.

El filme, que le pareció bueno a secas, tuvo su segunda parte no en la ficción, sino en la realidad reciente: desde hace días se anuncia en Facebook la venta de la píldora de la inteligencia, cuya publicidad hace creer que es la misma droga que la de la película, por lo que él, todo un sibarita del intelecto propio o ajeno, la adquirió con un resultado asombroso: al tomarla, casi de inmediato se sintió el hombre más imbécil del planeta.