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La piedra de la paciencia: riesgo y talento
Teatro El Milagro y Daniel Giménez Cacho presentan uno de esos pocos montajes que combinan autenticidad, riesgo y talento: La piedra de la paciencia.

Una fórmula implacable. Teatro El Milagro y Daniel Giménez Cacho nos regalan al público mexicano, desde la semana pasada, uno de esos pocos montajes que combinan autenticidad, riesgo y talento: La piedra de la paciencia, adaptación de la novela homónima original del escritor afgano Atiq Rahimi, que obtuvo en 2008 el prestigioso Premio Goncourt.
La piedra de la paciencia es la historia de una mujer musulmana, madre de dos hijas, esposa de un guerrillero en estado de coma. Ella, después de 16 días de encierro y rezo, en la soledad de sus cuatro paredes, decide entablar un diálogo con el cuerpo de su marido, diálogo aparente pues en realidad se funde consigo misma en un monólogo.
Es así como a partir de las palabras, esas que su cultura y religión le han prohibido pronunciar durante toda su vida, emerge otra dimensión, tanto mágica como revelada, de si misma.
Con los días esta mujer, sumisa y entregada a sus tradiciones, a partir de la pregunta, accede a un nivel distinto de realidad desde el cual puede mirar su pasado y entender su presente: un presente en el cual se manifiesta la vida en forma de dudas y continuos quebrantos. Ser arrojada de improviso y sin instrucción previa a sus abismos internos le produce un dolor que linda los límites de la locura, la alucinación y el delirio.
UNA CÁLIDA BIENVENIDA
Giménez Cacho, director de esta puesta en escena, optó por transformar el foro del teatro en el interior de la casa de una familia afgana: cinco pilotes sostienen un imaginado techo frágil, las paredes son blancas, y en los costados (que en realidad son el frente y el fondo), desde donde salen y entran los actores, dos puertas azules de madera, una da hacia el interior de la casa, al cuarto impoluto de las niñas, y la otra lleva hacia fuera, donde reina el caos, el temor y el incendio. Por la ventana miramos el reverso del horror: el vuelo indeleble de unos pajaritos. Y en el centro, un hombre con pinta de talibán, acostado en un perenne estado de inmovilidad, como un bulto.
La primera sensación que el espectador tendrá a la hora de acceder al foro es la de un profundo aunque borroso respeto: el aura de religiosidad que emana de los muebles y acesorios que acondicionan el escenario envuelve de inmediato: una pesada y enorme alfombra árabe sobre la cual descansan tinajas, vasijas y lavapies, más un sutil aroma a incienso, las cuentas de un rosario y El Corán.
Ya iniciada la acción dramática, paciencia será la primera palabra que vendrá a nuestra cabeza, ya sea como una metáfora o como un guiño. El ritmo es semilento, la actriz Daniela Schmidt nos introduce poco a poco en la situación de tedio, opresión y angustia, en la que su personaje ha vivido los últimos días. No es fácil este tránsito, y quizá es lo más problemático del montaje.
Pero si las primeras acciones son a paso lento. Después, cuando vienen las primeras preguntas, se refuncionaliza el drama. Y a partir de entonces, la avasallante presencia de una ametralladora de ideas, frases y emociones hallarán un fuerte eco en el interior del espectador. Las palabras y la imaginación aquí serán a prueba de balas: como la clásica relatora de oriente, Sherezada, Ella, la mujer en torno de la cual gira la obra, hace del relato una posibilidad de vida, pues, justamente, ante la anulación moral del hombre opresor, esta mujer se revela más viva, más fuerte y más compleja.
Es en el diálogo con el otro (o con la posibilidad de otro) donde brota la más profunda veta interpretativa de esta obra. La piedra de la paciencia alude a una piedra sagrada en la tradición islámica de nombre sangue sabur: en el drama esa imagen (la piedra purificadora, ubicada en la Meca y alrededor de la cual los fieles dan vueltas relatándole su dolor con la esperanza de que esta lo absorba hasta que explote) iguala a los hombres en su condición de seres impuros e imperfectos, en la manera en la cual utilizan al otro en función de sus propios fines. Pero también está la redención posible: en el reconocimiento.
Este giro interpretativo, según el cual Ella se nos devuelve como un ente frágil pese a todo lo que obtiene en su duelo, evita que apuntemos hacia un juicio moral por parte del autor: él no indica ninguna verdad, ni hace ninguna crítica social, política o religiosa más que la destrucción inherente a toda cultura humana. Por eso esta no es una pieza de corte feminista, sino una sublime ficción que ubica en el anhelo de libertad de los hombres, en esa necesidad de pasar por encima de todo con tal de satisfacer al ego, la contradictoria perpetuidad de los sinsabores del alma humana. Sin embargo, la obra mantiene la posibilidad del reencuentro con lo sagrado.
En cuanto a la dirección, el trazo escénico de Giménez Cacho es libre aunque duro y exigente. Abre la posibilidad a que ocurra el milagro pero exige de menos que la actriz se desgarre el alma frente a la mirada oblicua de un espectador aturdido ante la feroz demanda de energía que de él exigen las vueltas y los giros temperamentales y de ánimo de la protagonista.
En ese sentido, la obra requería la presencia de una actriz sumamente fuerte y Daniela Schmidt en su trabajo es impecable: la confirma como un gran talento joven a seguir. La escenografìa y el vestuario son inmejorables. El audio y la iluminación aún son una de las dolencias de este foro.
En suma y para finalizar, si hay un teatro necesario en México por sus apuestas de vanguardia este es El Milagro. Si bien, la obra peca en algunos matices los cuales podrían afinarse en el camino, deja en el ánimo ese vacío que es la manera en la cual se comprueba que el golpe, la puñalada o la caricia del teatro nos ha rasgado por dentro. Y esa es su grandeza. Porque es un acto sagrado de reconciliación.
aflores@eleconomista.com.mx