Para Herlinda Dabbah, ?Héctor Pérez-Rincón y mi madre

Por esta manía, que consume buena parte de nuestras vidas, de procurar entender quiénes somos y de dónde venimos, los humanos no paramos de contar y escribir historias.

Y no es nada raro que del otro lado de una historia singular, tal vez sencilla y aparentemente común, en algún lugar del planeta y en cierto tiempo improbable aparezca alguien –un perfecto desconocido, una lectora providencial- a quien esa historia, justamente ésa y no cualquier otra, venga a cambiarle la vida o, más bien, a cambiar la historia que hasta ese momento tenía de su propia vida. Nadie sabe quién es o pretende ser hasta que no construye al menos una narrativa convincente del porqué y el para qué de su existencia.

Hace diez años se publicó Un paseo por el molo, de Héctor Manuel Enríquez Andrade. Un tiraje de 1,000 ejemplares en la ciudad de México revela, seamos honestos, una suerte de insignificancia editorial, bordeando casi en la inexistencia. ¿Quién, además de uno que otro familiar o alguna amistad cercana, podría interesarse por un libro tan lleno de los recuerdos íntimos de unas cuantas personas y parido en el más estricto minimalismo?

Lo extraordinario, sin embargo, de cualquier libro publicado es la posibilidad que tiene de llegar a caer en manos del lector idóneo, es decir, de aquella persona para quien lo que menos importa de esa lectura es su valor comercial, los premios recibidos o el posicionamiento logrado ante la crítica literaria.

Quien escribe la historia del caprichoso destino de la comunidad judeo-española de Salónica que durante cuatro siglos se caracterizó por su complejidad cultural, pluralidad ideológica, tolerancia religiosa irrestricta y minuciosa ética humanista, para que en poco tiempo fuera brutalmente exterminada por los detentadores absolutos del odio y el terror, no le resulta una tarea sencilla.

Sobre todo cuando toda esta historia novelada terrible es contada por personas más reales que la realidad misma, y donde la voz del autor no aparece ni siquiera como un discreto susurro.

Quien lea Un paseo por el molo se enterará de que, sin el enorme esfuerzo, conocimiento y talento de Héctor Enríquez Andrade, y sin las personas que murieron inútilmente en la masacre, o aquellas pocas que sobrevivieron al amparo del gobierno mexicano, no existiría un recuerdo fiel y palpable que algún lector incidental, algún día, pueda utilizar para reconstruir el rompecabezas de su vida.

Es muy difícil hablar de esperanza para la humanidad después del rastro que dejaron los campos de muerte del nazismo hace poco más de medio siglo.

Tan es así que en una novela de Alfred Chester, el narrador irónico comenta que siempre hay esperanza cuando no existe nada más, porque la esperanza es como una idiotez hereditaria o como una sífilis congénita.

Sin embargo, cuando por un feliz destino nos asalta un libro que se convierte en el mapa indispensable de nuestro pasado fracturado, es porque tal vez hemos hallado a la madre de todos los libros .