Hay una tensión entre cultivarse o ser cultivados por Estados que históricamente se han asumido como civilizadores de “los bárbaros”, porque se piensa que solamente un individuo educado bajo la idea estatal de cultura será capaz de ejercer la democracia. Con esta bandera, el Estado se ha asumido como custodio del acceso a la cultura y, por lo mismo, la ha estandarizado y es responsable de la erradicación de la diversidad y el contrapeso.

Esa es parte central del planteamiento que el investigador catalán especializado en cultura, Jaron Rowan, ofreció este lunes durante la conferencia magistral “Derechos y democracia a través de la participación cultural”, que tuvo réplica en voz de la lingüista y activista mixe, Yásnaya Aguilar, en la primera jornada del foro Comunidades culturales en resistencia, organizado por la Cátedra Internacional Inés Amor en Gestión Cultural, de la Universidad Nacional Autónoma de México, y coordinado por José Luis Paredes Pacho, director del Museo Universitario del Chopo.

“Podemos crear nuevos lenguajes, nuevas expresiones, podemos hacernos comunidad a través de elementos culturales, pero al mismo tiempo es esa cultura la que va a intentar normalizarnos. Y es esa tensión entre cultivarse y ser cultivados lo que me parece interesante de tocar”, introdujo Rowan.

La cultura, dijo, es la tensión entre lo que puede poner en crisis al propio canon y lo que lo consagra y lo reproduce. Indicó que es trascendental generar canales distintos al ideal estatal de cultura para que haya una “participación conflictiva” de aquellos sujetos y comunidades que no se parecen a quienes convocan e instituyen.

“La participación puede ser una práctica democrática siempre y cuando no sea una reproducción de culturas parecidas a las que ya conocemos. Es una práctica democrática cuando se habilitan espacios y cuando se tensionan lugares que dan pie a nuevos imaginarios y se incorporan a los debates públicos prácticas marginadas, expresiones culturales incómodas y todas las voces que no se han querido reconocer porque no entran dentro del canon de la cultura pública. De esta forma, el acceso radical a la cultura nos muestra que la idea de acceso a la cultura es un poco una falacia”, propuso.

La idea civilizadora como el origen del derecho a la cultura para insertarse en la vida democrática de un Estado, agregó Yásnaya Aguilar, es un vicio de origen que pone en entredicho el papel del Estado como impulsor de la cultura comunitaria. Aterrizó el planteamiento al caso mexicano, donde, detalló, la idea de cultura se ha construido justamente con las consideraciones presentadas por Rowan.

Retomando al escritor y pensador Rudolf Rocker, la activista mixe expresó que el poder nunca va a poder crear cultura, porque la cultura tiene sus orígenes y sus raíces en la comunidad, mientras que el poder está en otra parte y aun cuando, por más poder que tenga una persona, mencionó, es imposible crear manifestaciones estéticas por la voluntad de mandar.

“El Estado mexicano no se creó bajo la idea de conjuntar a todos los pueblos y naciones que aquí existían. Fue desde un pequeño grupo de poder que creó el Estado mexicano y a partir de ahí no solo creó una entidad jurídica y legal sino con una gran voluntad de crear una cultura mexicana. Esa cultura mexicana está creada bajo dos ideas importantes: una es la apropiación indebida desde el Estado de los elementos de los pueblos indígenas al mismo tiempo que intenta a toda costa desaparecer sus manifestaciones culturales y lingüísticas y crear una mezcla de cultura mexicana inoculada”.

Opinó que si el acceso a la cultura para pueblos indígenas va a implicar un plan culturizador, el Estado seguirá ejerciendo prácticas culturales etnocidas. Identificó en las pequeñas estructuras una potencia transformadora de gran calado.

“Si pensamos en el Estado como macroestructuras y necesitamos cambiarlo en sus políticas, pensemos en estructuras minúsculas sociales, como los colectivos punks o los okupas, etcétera, creo que podríamos pensar en crear archipiélagos que van carcomiendo esa narrativa gigante. La acción local y cotidiana es la que puede corroer lo macro. Así como una operación de pequeños insectos que corroen esas macroestructuras creativamente y las convierten en otras, depende de las microestructuras. No hay otra manera, nada sustituye el actuar local”.

Jaron Rowan

Jaron Rowan combina la investigación con la escritura y la docencia. Es director de Investigación y Coordinador de la Unidad de Investigación y Doctorado de BAU, Centro Universitario de Diseño, en Barcelona. Es autor de libros como Emprendizajes en cultura (Traficantes de Sueños, 2010), Cultura libre de Estado (Traficantes de Sueños, 2016), Cultura libre digital (Icaria, 2012) o La tragedia del copyright (Virus, 2013).

Yásnaya Elena Aguilar

JYásnaya Elena Aguilar (Ayutla Mixe, 1981) forma parte del Colmix, un colectivo de jóvenes mixes que realiza actividades de investigación y difusión de la lengua, historia y cultura mixe. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas y cursó la Maestría en Lingüística en la UNAM. Ha colaborado en diversos proyectos sobre divulgación de la diversidad lingüística, desarrollo de contenidos gramaticales para materiales educativos en lenguas indígenas y proyectos de documentación y atención a lenguas en riesgo de desaparición.

ricardo.quiroga@eleconomista.mx