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La dictadura ¿perfecta?
Que no se nos olvide: el poder conferido al Estado y a los medios de comunicación también viene de nosotros como pueblo.
En el mundo de hoy podríamos decir que uno de los valores más buscados, anhelados, deseados y sobreestimados es la democracia. Siendo su antivalor la dictadura.
La película La dictadura perfecta de Luis Estrada, estrenada el pasado jueves en más de 2,000 salas a nivel nacional y que ha recaudado aproximadamente 55 millones de pesos, habla sobre una dictadura con la cual los mexicanos podemos fácilmente identificarnos.
Supongo que la intención del cineasta es hacernos tomar conciencia como ciudadanos de lo peligroso y dañino que nos puede resultar vivir en un país en el cual la democracia no existe y en su lugar se encuentra una perfecta dictadura.
En la película, Luis Estrada juega maravillosamente con lo trágico y lo cómico. Lo que nos puede mover desde lo más profundo de nuestro mexicanismo y que al mismo tiempo nos hace reír como sólo los mexicanos sabemos. Me recuerda un poco la forma como rendimos culto a la muerte, la manera como la lloramos y al mismo tiempo la burlamos.
La trama habla sobre la complicada y corrupta relación que sostienen el partido en el poder y una poderosa televisora. En esta relación, no existen lealtades ni amistades, el único compromiso por parte de ambos es con el dinero en efectivo y en dólares. De igual forma, las traiciones dentro y fuera del partido se dan conforme vayan siendo necesarias para permanecer en el poder.
Uno como espectador, al sentirse aludido o identificado con la película puede sentirse como un títere manipulado y desprovisto de toda voluntad. Podemos nulificarnos al grado de sentirnos como si fuéramos una pieza más de un tablero de ajedrez, sujeta a ser utilizada por uno de los protagonistas para lograr sus intereses. En la película, éste es el caso de una familia de clase media, a quien le secuestran a sus hijas para montar un show televisivo y así desviar la atención sobre la realidad de los escándalos de corrupción del gobernador Carmelo Vargas.
El título de la película coincide con la famosa frase de Mario Vargas Llosa, mediante la cual se refirió a la realidad política de México hace más de 20 años y que causó discrepancias entre el premio Nobel de Literatura y Octavio Paz.
En lo personal, he de decir que la película me gustó, ya que me pareció una propuesta atrevida y que llama a la conciencia social. Estoy seguro que cualquier ciudadano mexicano está interesado en que nuestro país avance en el camino hacia la democracia y que las garantías individuales que la Constitución nos confiere nos sean respetadas.
De igual manera, he de decir que la forma como se plasma la historia me pareció sensacionalista y repleta de lugares comunes. Una vez más los mexicanos somos vistos como las víctimas de un poderío ajeno, que se nos impone y manipula nuestras vidas, cuando en realidad, esto no es del todo cierto.
Si bien nuestro país aún tiene mucho que camino por andar en el sendero de la democracia y los derechos humanos, creo que también bastante hemos avanzado desde aquellos días en los que Mario Vargas Llosa nos bautizó como la dictadura perfecta . Cabe mencionar que el partido actualmente en el poder regresó después de unas elecciones libres y que fue el voto de los ciudadanos quien democráticamente lo puso en el poder.
También me resulta un poco exagerada y amarillista la forma como se describe la relación entre la televisora y el partido. Para nadie es noticia que los grandes emporios de las telecomunicaciones tienen y han tenido siempre una relación cercana con los círculos de poder a nivel mundial. Los políticos, como cualquier otro ente sujeto a la aprobación pública, necesitan del buen manejo de su imagen y los medios de comunicación viven de los anunciantes.
En resumen, creo que el ejercicio de la democracia es responsabilidad y deber de todos y cada uno de los ciudadanos. El poder conferido al Estado y a los medios de comunicación también viene de nosotros como pueblo.