Estados Unidos, siglo XXI: el panorama parece el de Europa del XIX, plena crisis del colonialismo. ¿Estamos viviendo la caída del hegemón? No nos adelantemos a nosotros mismos.

Muchos analistas lo han dicho: gran parte del triunfo de Donald Trump se debió a la votación en avalancha de los estados del llamado Rust Belt, los estados de medio oeste habitados sobre todo por clase trabajadora de raza blanca. A ellos el Make America great again les resonó, más que como un eslogan vacío de campaña, como un antídoto contra su pobreza. Sin embargo, los momios están contra ellos: tal vez Trump logre mantener a las fábricas y maquilas en EU, pero si su presidente sigue haciéndole la guerra al mundo, ¿a quién le van a vender?

Un hillbilly habla

Si se sigue preguntando por qué los obreros blancos confiaron tan ciegamente en Trump, he aquí un testimonio que lo aclara. Se trata de la memoria Hillbilly Elegy (Harper), de J.D. Vance; según él mismo dice, un hillbilly de sangre entera.

Un hillbilly es el típico montañés: blanco, escopeta al hombro, masticador de tabaco y, por lo general, pobre. Vance nació en Ohio en una familia de clase media que huyó de Kentucky tratando de tener una vida mejor: no lo lograron.

Vance, abogado graduado en Yale, pasó sus primeros años de vida luchando contra las probabilidades. Primero, la de sobrevivir a una madre adicta. Uno de los principales males que han aquejado al Rust Belt es la creciente drogadicción de sus habitantes, sobre todo de las mujeres. La madre de Vance es una de ellas.

Por fortuna para el escritor, sus abuelos estuvieron presentes toda su infancia y le salvaron la vida. No hubo, dice Vance, ningún sistema de seguridad social que viniera a su rescate. Fueron los abuelos y la familia extendida quienes guardaron al niño entre ellos.

Esa es una de las razones por las que los hillbilly o los white trash (otro término para llamar a los blancos de clase baja) desconfían del sistema, sobre todo si este sistema viene desde la izquierda: no permitirán que nadie meta las narices en su vida familiar. Además, Vance no teme indicar que creció rodeado de gente que abusaba de la seguridad social, las famosas food stamps (vales de comida que reparte el gobierno) se iban en cigarrillos y refrescos, no en pañales y comida para los niños como debería ser.

Vance logró llegar a la universidad gracias a que se unió a los marines, que tras cuatro años de servicio pagaron su educación. Hasta que no fue a la universidad, Vance no se dio cuenta de lo particular que era su cultura, una cultura en crisis, donde la pobreza arrasa con familias enteras cada año. Esa cultura desesperada se agarró de las promesas de Trump como del último madero de un naufragio.

Hillbilly Elegy se lee a velocidad. Vance publicó este libro antes de la elección presidencial, pero es claro que lo hizo con un ojo en ella. No crea que el autor es un republicano ferviente e insoportable. De hecho mantiene su visión política equilibrada, eso es lo que hace tan interesante este testimonio.

Aunque la respuesta de Vance a la decadencia del Rust Belt es puramente cultural, también hay datos numéricos interesantes a lo largo del texto, que por momentos está escrito como una tesis universitaria, de tantas citas.

Este libro debe ser leído por todo aquel que pretenda entenderse con esos blancos que se han pintado como racistas, xenófobos y homofóbicos que ahora son nuestros rivales.

concepcion.moreno@eleconomista.mx