La hallaron bañada en cinabrio, un polvo rojo compuesto de mercurio y azufre, y cubierta de jade, obsidiana, concha nácar y cuarzos. Desde entonces la llamaron Reina Roja de Palenque. Su nombre en vida fue Tz’ak-b’u Ajaw, y volvió de un profundo sueño, de más de 1,300 años, cuando el arqueólogo Arnoldo González Cruz descubrió su osamenta dentro de un sarcófago labrado en una sola pieza, en una cámara funeraria de la subestructura del Templo XIII de la antigua ciudad de Lakamhá, en Chiapas. Eran las 5:30 de la mañana del 1 de junio de 1994.

“Una vez deslizada la tapa del sarcófago, y cuando las luces de las cámaras fotográficas dejaron de invadir el espacio recién abierto, tuvimos la oportunidad de observar por primera vez la tumba en su totalidad y realizar un primer reconocimiento. La osamenta ocupaba casi todo el espacio (...) se trataba de un individuo adulto, de sexo femenino y de constitución media a grácil, con una estatura calculada en 1.54 metros, y se encontraba entre su quinta y sexta década de vida al momento de su fallecimiento”, rememora el arqueólogo en el libro La Reina Roja, una tumba real.

Las dimensiones de la cámara funeraria y su localización, justo en el templo contiguo al de las Inscripciones, en cuyo interior fue encontrada la tumba del gobernante más importante de la ciudad maya, K’inich Janaab’ Pakal, en 1952, ya eran indicio de que se trataba de un personaje de la nobleza palencana.

El vistoso ajuar, la ornamentación, los restos óseos que yacían junto al sarcófago y los estudios posteriores fortalecieron la hipótesis de que se trataba nada menos que de la consorte de Pakal, quien en su viaje al Xibalbá, el inframundo maya, se hizo acompañar por una mujer joven y por un niño menor a 12 años de edad, que fueron depositados en la misma cripta y ambos mostraban huellas de sacrificio.

En 1954, dos años después de excavar la tumba del famoso gobernante maya Pakal, en el subterráneo del Templo de las Inscripciones, el arqueólogo Alberto Ruz L’hullier realizó trabajos de consolidación y excavación en el Templo XIII, pero no encontró la tumba donde reposó desde el año 672 d.C. la Reina Roja, desde entonces, hasta 1994, nadie había interrumpido su descanso.

El hallazgo de los restos de esta dignataria maya es el segundo más importante de Palenque, señala la arqueóloga Martha Cuevas, especialista en cultura maya, y añade que sólo podría ser comparado con el descubrimiento de la cámara funeraria del esposo, el ahau K’inich Janaab’ Pakal, joven gobernante que ascendió al trono a los 12 años de edad, gobernó la ciudad de Lakamhá entre el 615 y 683 d.C. y es probablemente quien manda organizar los funerales de su consorte Tz’ak-b’u Ajaw, sugiere la especialista.

El trabajo de 24 años de arqueólogos, antropólogos físicos, restauradores, epigrafistas y museógrafos del Instituto Nacional de Antropología e Historia hace posible revivir este apasionante capítulo en los anales de la arqueología mexicana, en la exposición temporal La Reina Roja. El viaje al Xibalbá, que recrea en un novedoso montaje museográfico el contexto funerario tal y como fue encontrado in situ, destaca Martha Cuevas, y muestra por primera vez al público los ornamentos originales del ajuar: un tocado compuesto de jadeíta y concha, un collar de jade, una máscara hecha con teselas de malaquita y obsidiana, y un pectoral con piedras de jade y conchas.

La arqueóloga Cuevas, quien acompaña a El Economista en un recorrido exclusivo por la muestra, se detiene en un detalle que parece minúsculo: junto al lado izquierdo de la cabeza de la Reina Roja, una figurilla caliza reposa dentro de una concha, la cual representa a la señora Tz’ak-b’u Ajaw y significa que ella al momento de morir desciende al Xibalbá, y reposa en el fondo del mar.

La muestra puede verse en el Museo del Templo Mayor, en el centro Histórico de la CDMX, hasta el próximo 9 de septiembre, de las 9 de la mañana a las 5 de la tarde.

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