A Hernán Rivera Letelier, recién galardonado con el Premio de Novela Alfaguara, tuve oportunidad de entrevistarlo en 1997. Era entonces Agregado Cultural de la Embajada de México en Chile.

En esos días, apareció "La Reina Isabel cantaba rancheras", novelón en el que a partir de la vida de la gran prostituta de las comunidades salitreras, se recrea no sólo la dureza del entorno social, también el influjo de la música y el cine mexicanos de los 40.

Por ello, vale la pena recuperar algunos párrafos del diálogo. Del testimonio de un niño que sin dinero y con el deseo desbordado por ir al cine a ver una película protagonizada por Miguel Aceves Mejía, reta a una partida de canicas versión Hachita y cuarta , a uno de los más duchos de su natal Talca. Así obtuvo el dinero para entrar al cine. De haber perdido, me contó, seguramente se hubiera llevado una golpiza.

Obrero de la literatura

Hernán Rivera Letelier me dijo: Hasta hace algo más de un año, era un obrero del salitre. Soy ahora un obrero de la literatura. Más que intelectual, un escritor; más que escritor, un aprendiz. Un individuo común y corriente, un pampino que lleva el desierto cartografiado en la piel de la cara. A fin de cuentas, un hijo de vecino que todas las mañanas va a comprar el pan y que, lo único que lo hace diferente es que él escribe y sus vecinos leen.

Como un chileno mexicanizado a fuerza de ver películas de ese país cuando niño, cuando se aprendía de memoria la letra de los corridos (mejor que los himnos que se entonaban en la iglesia evangélica de la que eran acólitos sus padres) y que estaba enamorado hasta las patas de la inolvidable Rosita Quintana.

Creo que mi novela comenzó a gestarse en esas largas noches de la oficina salitrera de Algorta, cuando, alumbrados con una vela, los pensionistas de mi madre, que eran viejos mineros inmortales, se quedaban contando historias hasta tarde. Y yo, niño de seis años, me quedaba oyéndolos con los ojos redondos como platos y mi corazón de niño imaginativo retumbándome en el pecho como un pequeño tambor mojado.

Después, ya hombre, conviviendo y trabajando en la mina, codo a codo, con aquellos hombrones cuya solidaridad y sentido del humor lograban hacer un poco más humano ese planetario paisaje pampino (hay que tener humor para soportar días con más de 40 grados a la sombra y noches de hielo plutoniano).

Aunque sobre la pampa jamás se podrá escribir una novela rosa, soy de los que creen que la problemática social debe rezumar en la escritura, se debe entregar por transmigración.

Más que un discurso incendiario o doctrinario, vale una escena, convence más una imagen (tal vez eso se lo debo a la influencia del cine), pero mi compromiso primero y último es siempre con la literatura.

Música mexicana asimilada

De la música, el proceso de asimilación comienza con la llegada del cine mexicano. El pueblo chileno inmediatamente lo hace suyo. Primero porque podían entenderlas (no había necesidad de saber leer). Segundo, por las canciones. Tercero, por el paisaje y los divertidos cuadros de costumbres rurales (la mistificación de la vida campesina) y, por último, por las grandes semejanzas que existen entre el humor y el ingenio popular de ambos países. Todo eso sin contar la identificación elemental entre el charro mexicano y el huaso chileno.

Los chilenos somos un pueblo de bebedores, y no hay nada mejor para adobar una ebriedad que una canción sentida. Y las letras de las rancheras son verdaderos dramones amorosos que de un modo u otro traen a la memoria el recuerdo de alguna hembra, que nos amó a morir o nos traicionó a la primera.

El estilo y tono en que está escrita es el de las canciones rancheras, cuya letra puede contar el más tremendo drama amoroso o social, pero su música de trompetas, guitarras y violines, aleluyan el alma y espeluznan de gozo hasta al tipo más inconmovible .

Éste es algo del rostro mexicano del ganador del Premio Alfaguara.