“Tenemos casa llena, ¿verdad?”, preguntó el productor Óscar Uriel mientras se asomaba por sobre el hombro del edecán instalado en las puertas del Teatro Milán, unos 20 minutos antes del inicio de la primera función del clásico Hamlet, con Irene Azuela como protagonista de esta en escena, bajo la dirección de Angélica Rogel. La estimación de Uriel respondía a la fila que se extendió unos tres o cuatro números más allá del predio de este espacio escénico en la colonia Juárez.

En las marquesinas, la imagen de Azuela ataviada con un armatoste de metal que hace el juego de lechuguilla, esa prenda ostentosa y llena de pliegues que rodea el cuello, ahora en desuso, pero recurrente entre los siglos XVI y XVII.

Efectivamente, el teatro estuvo abarrotado. ¿Hace cuántos meses este mismo escenario y los actores sobre sus tablas no observaban una convocatoria así? La fórmula de la puesta en escena garantizaba sorpresas y hacía cosquillas a la curiosidad, porque la sorpresa de inicio era que el protagónico, que de origen y de manera hegemónica ha sido interpretado innumerables ocasiones por un varón, ahora era responsabilidad de una mujer. Pero no sólo eso, no se anticipaba a una Irene Azuela encarnando un personaje masculino, sino arrebatándole la testosterona.

Las delicias del guion

“Fragilidad, ¿quién te dio nombre de mujer?”, es un diálogo que la Hamlet de Azuela expresa en el acto I, después de enterarse de la unión sentimental entre su madre Gertrudis (Emma Dib) y su tío Claudio (Mauricio García Lozano), a escasos dos meses de la muerte de su padre, dos meses que no han servido para disipar la bruma y pesadumbre de esta Hamlet extrañada por las arengas celebratorias del nuevo vínculo sentimental, una usurpación.

Al tiempo que una pregunta, ese diálogo sobre la fragilidad es una variación en la obra de Angélica Rogel a lo escrito por William Shakespeare en el siglo XVII: “Frailty, thy name is woman”; es una pregunta que responde a una afirmación en una obra que, a decir de algunas críticas, ha sido generosa en misoginia con personajes femeninos frágiles, dóciles y abnegados.

Pero la Hamlet de Azuela, al pasar de los actos y de las turbulencias de la mente por las difamaciones en su contra, la presión social y la conspiración de su tío, al tiempo que en ella se consolida la sed de venganza, es una Hamlet lesbiana.

Esa Hamlet ama, besa y agasaja a Ofelia, su amada Ofelia, y no a un varón, no un “Ofelio”, sino al personaje femenino magistralmente interpretado por Naian González Norvind (alternando con Assira Abate), que pasa de la dulzura a la locura en tiempo real: comienza hablando en una voz tan tenue que desde el público se hace necesario frenar la respiración para escucharla y termina en estruendos y llanto por el desconcierto de su desamor y el asesinato de Polonio, su padre, a manos de la propia Hamlet, producto de una confusión.

La obra transcurre entre variaciones de frases “matonas” que serían tuits exitosos y algunos polémicos, como esa escrita originalmente por Shakespeare: “si eres honesta y hermosa, no debes consentir que tu honestidad trate con tu belleza”; aquella que sugiere: “los locos con poder deben vigilarse con atención”; ni qué decir de esta otra: “¿de qué sirve la misericordia si no es para permitirnos ver el verdadero rostro del pecado?”.

Monocromía shakesperiana

El escenario, sobrio, gris, tan combinado con el atuendo de los actores, que nada trasciende la monocromía en la puesta. La tensión y la atención están fijas completamente sobre los actores, el tono de su voz, el clásico monólogo shakesperiano y los palos de escoba que son espadas desenvainadas, instrumentos de muerte.

Y el humor, ese humor involuntario que exhibe las contradicciones de la vida misma, pero también de una obra que ha perdurado por los tiempos gracias a su capacidad de adaptación, como buen animal evolutivo, feminizado en tiempos en los que se decreta que el futuro será femenino o no será.

Y de fondo, como el único escenario de la obra, porque no hay nada más necesario, una pared que sugiere bloques de mármol blanco pero moteado, una pared que no habrá de quedarse estática sino que en un punto de la puesta, en ese punto donde Hamlet comienza a dudar sobre la realidad tangible y el producto de su delirio, comenzará a fracturarse hasta quedar totalmente partida en dos. Porque, como diría la obra: “una pena siempre va pisándole los talones a otra”.

Hamlet

Teatro Milán

Del 18 de marzo al 1 de mayo

Dramaturgia: William Shakespeare

Dirección: Angélica Rogel

Elenco: Irene Azuela, Poncho Borbolla, Miguel Santa Rita, Tamara Vallarta, Assira Abate*, Naian González Norvind*, Emma Dib, Carlos Morales y David Gaitán (*alternan personaje)

Duración: 130 minutos

Viernes: 20:45 horas

Sábado: 19:00 horas

Domingos: 18:30 horas