No es nada más tragar agua. Ni desaparecer en el fondo de los abismos más oscuros. Hundirse, dice el Diccionario de la lengua española, es sumergir – como el barco que se hundió en una tormenta-; hacer bajar el nivel de una superficie, pero también es destruir, consumir o arruinar algo y también abrumar, oprimir y abatir.

Poemas, citas, frases y proverbios usan el hundimiento como inigualable metáfora. Y, en los sueños, hundirse tiene hartos significados. Dicen los diccionarios especializados que, si alguien sueña que se está hundiendo en el agua, significa que será humillado por alguien; si en el sueño uno está hundiéndose en un pantano o en el lodo, significa que se va a avergonzar de algún acto que cometerá y del cual se arrepentirá. Casi todas las interpretaciones coinciden en afirmar que soñar que uno mismo o algo se está hundiendo significa que se está sintiendo aplastado y sobrepasado por los acontecimientos, que algo lo está arrastrando y debe sentirse inseguro. Pero también puede ser que hundirse en sueños indique estar llegando al final de una meta ya trazada. Sin embargo, si uno está en un sueño en el que ve algún hundimiento - un barco, una avalancha de nieve, un edificio-, representa sus sentimientos y cómo controla sus emociones. Si esto le pasa, puede ir al psiquiatra más próximo y buscar terapia para deshacerse de algunos sentimientos.

O puede también acudir a Novalis y recordar aquella frase en donde escribió: un espíritu fuerte e histórico no puede tener dudas cuando ha llegado el tiempo de la resurrección y que precisamente los acontecimientos que parecieron haberse dirigido en contra de su activación y amenazaban con consumar su hundimiento han sido los signos más favorables de su regeneración .

Los científicos explican el hundimiento fácilmente y desde el principio: si ponemos un objeto en líquidos distintos, éste puede flotar o hundirse. Todo ello depende de la densidad de los líquidos utilizados. Es fácil observar este fenómeno cuando nos damos un baño en el mar o en una alberca. No se flota igual aunque en ambos exista el agua. Es más fácil flotar en el agua del mar que en el agua de ríos y piscinas. Pero no por la poética o el romanticismo del Marocéano, sino porque el agua marina tiene sal y otras sustancias disueltas en ella. Por lo tanto, es más densa que el agua dulce o potable. Y esa densidad -aunque parezca paradójico- es ideal para permanecer flotando. Y es aquí donde entra el peso.

En la vida, los bloques de granito se hunden y los corchos siguen flotando, dijo una vez el pintor francés Auguste Renoir. Y en el Mar Muerto –sabemos desde hace tiempo - la concentración de sal en el agua es tan alta que las personas flotan sin esfuerzo. Pero cuando las personas tienen sobrepeso y no saben nadar, pueden hundirse sin remedio. Y también ya sabemos que el petróleo tiene tal densidad, que no se hunde. Flota sobre el agua del mar y, por eso, cuando llega a las costas, cubre playas y acantilados y resulta casi imposible de eliminar.

Hoy en día –por la fecha, por la alharaca centenaria que se ha hecho, ya no recordando, sino celebrando la tragedia del Titanic, lo de hoy es seguir el viaje conmemorativo que zarpó de Southampton el pasado 9 de abril y busca recrear toda la travesía, volver a ver la película en tercera dimensión o ponerse a recolectar datos para corroborar lo efímero de la vida y la crueldad del destino. El Titanic colisionó con el iceberg el 14 de abril hacia las 11:40 de la noche y a las 2.20 de la mañana del día ya estaba bajo el agua. Un barco cuya construcción había llevado tres años que se hundió en menos de tres horas. Y, todo fuera como eso, la historia de este hundimiento sigue siendo una de las más fascinantes de todos los tiempos. Quisiéramos pensar que este hecho entraña una moraleja. Que, así como el barco más grande del planeta -en su viaje inaugural y con los pasajeros más ricos del mundo a bordo- sufrió un insólito accidente que convirtió lo grande en vil despojo y todo lo que flotaba en hundimiento, todo puede repetirse. Sin estar en un barco y cualquier día.