Degenerado obligaba a su hijo a tocar el piano , decía el titular de aquella vieja revista literaria. Humberto le dijo entonces a su amiga:

Siempre detesté las pastorelas. Imagínate: de niño me forzaban a vestirme de borreguito cuando, en realidad, yo quería ser el Niño Jesús.

Agregó:

No hay nada peor que la obligación. En cambio, las posadas actuales son otra cosa. Me quitan ese trauma de la infancia, ya que luego de 4 o 5 cinco ponches, eso sí, con harto Bacardí, y después de cantar varias veces Santos peregrinos , me siento como el verdadero hijo de Dios.

Eran las 7 de la noche de un día cualquiera entre el 16 y el 24 de diciembre. Y Humberto, que traía varias preposadas a cuestas, ya se creía el legendario José, y su amiga, contagiada por las mismas festividades, la Virgen María.

Caminaban por la colonia San Rafael rumbo a una fiesta con el fin de pedir posada para que el Cruzado, aquel que tuvo a su diestra y siniestra a Dimas y Gestas, naciera una vez más sin contratiempos.

Cuando llegaron a la celebración, no obstante, surgió la sorpresa: sus conocidos, un grupo de devotos de que el penacho de Moctezuma regrese a México, celebraban una posada al estilo de los antiguos mexicanos. Esto es, en el mes panquetzaliztli, que era del 6 al 25 de diciembre, y que consistía en la conmemoración de la venida de Huitzilopochtli, el dios de la cara negra y de las plumas de colibrí.

Humberto y María, desconcertados, recibieron con disimulo los regalos que les ofrecían: reproducciones de ídolos mexicas hechos en masa de maíz azul, tostado, molido y mezclado con miel oscura. Así, luego de comer opíparamente tacos de iguana, de gusanos de maguey, de chachalaca y de otros manjares, y de beber varios vasos de pulque, ambos se sintieron conquistadores, más propiamente agustinos, como Fray Diego de Soria y, sin autorización previa del papa Sixto V, intentaron convertir a la verdadera religión a los paganos.

María, borracha de neutle, contó y cantó pasajes navideños acompañados de villancicos; Humberto hizo estallar cuetes, prendió luces de bengala y logró colgar una piñata la reproducción de un ídolo prehispánico para que, una vez rota, se esfumara el mal.

Sin embargo, como el espíritu guerrero de Huitzilopochtli estaba presente, aquello acabó con el sometimiento cultural de Humberto, a quien disfrazaron de borreguito para, junto con María, ser sacrificados en pos del dios verdadero.

El ritual, que no pudo ser de sangre, consistió en obligarlos a comer tacos de oreja, lengua y panza de xoloitzcuintle hasta que Humberto y María perdieron el sentido. Así, la posada terminó cerca de las 6 de la madrugada con salmos, valga la paradoja, a los dioses muertos.