Luis Gerardo Méndez es el actor del momento. Tiene una serie en Netflix (mala), sale en la portada de revistas: Chilango le dio el premio chilango del año y Quién se vanagloria de su cuerpo musculoso, listo para posar desnudo si así lo quisiera.

Lo que ese hype no dice es que Méndez es más que un muñeco de aparador: es de verdad un buen actor. Depende mucho del director con el que trabaje, pero por lo general da actuaciones que por lo menos son buenas, si no memorables. Javi Noble no es ninguna casualidad: él hizo suyo el personaje de tal suerte que todos lo recordamos.

Actor de cine y de TV, menos conocido es su trabajo en teatro. La verdad es que lo hace poco y menos aun desde que se volvió celebridad.

Siquiera por eso hay que ver Hotel Good Luck. Es la oportunidad de comprobar los dotes actorales de Luis Gerardo. Pero, vamos, esa no es la única razón. Hotel Good Luck es la unión de dos talentos en boga: el de Méndez y el del director y dramaturgo Alejandro Ricaño.

Ese Ricaño es una figura a seguir. Sus obras (Más pequeños que el Guggenheim, El amor de las luciérnagas, Cada vez nos despedimos mejor, y otras) son pequeñas sinfonías de humor. No tiene strike, Ricaño: cada obra suya que esta reseñista le ha visto tiene a partes iguales risas y una sinceridad emotiva que las vuelve atemporales, a pesar de que en muchas de ellas narra la vida de la generación que nació en los 80. Así es: el dramaturgo de moda es apenas treintañero, un Millennial.

Hablemos en plata: después de toda esta introducción debo decir que Hotel Good Luck me pareció la obra más floja de Ricaño, y la más brillante de Luis Gerardo. Curiosa combinación.

Todos moriremos: celebremos

Bobby (Méndez) está obsesionado con la muerte. Todos los 29 de noviembre algún ser querido se le muere. Todos sus abuelos han muerto de maneras curiosas, lo que lo lleva a la conclusión de que la muerte puede ser un acto de comedia, pero igualmente triste.

Un día decide salir de la casa de sus padres; de su padre, en realidad, porque sus padres están separados. Deja atrás su infancia, la mujer que ama y a su perro. No se va muy lejos, en el próximo pueblo pasa un año lavando platos en un restaurante rascuache. Una manera, también, de escapar de la muerte.

Como suele suceder en las obras de Ricaño, lo inmenso se entreteje con lo cotidiano. Un día Bobby regresa a casa y encuentra a su perro muerto. Esa nueva muerte desencadena una serie de eventos que lo llevan a traspasar un portal cuántico, donde pasa de una realidad a otra.

En la nueva realidad (bueno, en la física cuántica no hay nuevo ni viejo, sólo muchas realidades posibles) sus padres se reconcilian, él busca a Lirio, la mujer que ama, y Miller, su perro, está vivo y feliz en la playa. Todo parece felicidad hasta que alguien muere.

Y de nuevo pasa a otra realidad, a otra, a otra. Lo que todas tienen en común es la muerte. Ésta es implacable: nos sigue aun a través de los imponderable de la ciencia. El Hotel Good Luck del título es una especie de punto de pasaje.

A veces muere Lirio; a veces sus padres, atropellados por los taxistas gemelos Trinidad y Tóbago; y una vez Larry (Pablo Chemor, el único otro actor en escena), el mejor amigo de Bobby, su único amigo, que también funge como su psicoterapeuta y físico cuántico ocasional. Larry se muere ardiendo por dentro. Sí, con un fuego que le sale del pecho, no sin antes recordarle a Bobby que la vida vale la pena vivirla.

Todo esto podría ser muy cursi, muy repetido, pero Ricaño tiene el don de la ligereza. Sabe narrar historias con coincidencias increíbles, aderezándolas con detalles muy hermosos. Por ejemplo, Miller, el perro, es fan de Pessoa y de Mahler; su funeral es un recuerdo de aquel poema del portugués donde imagina un mundo donde ser feliz es simplemente eso: ser feliz.

Digo que es la obra más floja del dramaturgo porque he de confesar que llega un momento en que me aburrí: ah, Ricaño, esos trucos tuyos ya me los sé. Ojalá no sea el camino a la repetición constante de estrategias que tan bien le han funcionado en otras ocasiones.

Luis Gerardo está espléndido: medido, enérgico cuando hace falta, divertido sin payasadas. Hay vida después del naufragio que fue la serie Club de cuervos. Melancolía y risas, eso es Hotel Good Luck.

Teatro Milán?

Lucerna 64, Juárez?

Viernes, 8 y 10 pm?

Sábado, 7 y 9 pm?

Domingo, 6 pm?

Entrada: $350 y $450

[email protected]