Qué bonito nombre: Cube Bonifant. Tan elegante, tan sonoro. No sé si se pronuncia Cube o si se trata de sonido más cosmopolita, un Quiub de anglicismo.

Cube Bonifant, gran nombre para una gran escritora. Solo su nombre me atrajo de inmediato al libro Una pequeña marquesa de Sade, crónicas selectas (1921-1948) que publican la editorial El Equilibrista y la UNAM. La colección de crónicas se la debemos a Viviane Mahieux que se dedicó varios años a trazar el camino de la pequeña marquesa de Sade Bonifant.

Cube Bonifant era el seudónimo de Antonia Bonifant López, nacida en Sinaloa en 1904 (según Bonifant, Sinaloa es un estado desprestigiado por estar al lado de Sonora ).

A los 17 años comenzó a escribir en El Universal Ilustrado y desde entonces no volvió a dejar la pluma. Hubo varias versiones de ella misma. Cube Bonifant: cronista de la clase media. Cube Bonifant: satírica observadora social. Cube Bonifant: crítica de cine. Cube Bonifant: gran secreto a voces las república de las letras.

La mejor versión de Cube (hablémosle con confianza, seguro lo agradecería) es la de flapper rebelde y frívola, incisiva al estilo de Dorothy Parker, de una elegancia al estilo de Salvador Novo. Las flappers son aquellas muchachas de los años 20 que usaban el pelo corto y rizado, que fumaban y bebían con libertad y bailaban en las fiestas el nada recatado ritmo del charleston. Todo eso era Cube pero trasladado a la literatura (o buena, a esa versión sudorosa de la literatura que es el periodismo).

Cube iba a los toros, al cine, bebía con elegancia, hacía viajes sola y se retrataba mucho (dedica una columna a explicar por qué se tomaba tantas fotografías. Después de dar largas explicaciones concluye: Estoy a punto de decir que no sé por qué ).

Tomé Una pequeña marquesa de Sade y decidí leerlo crónica por crónica, como si fuera una lectora de los años 20 que hojeara El Universal Ilustrado o el Excélsior, esos diarios que la contrataron con aires de progreso para darle una sección exclusiva a las damas, para que éstas no se aburrieran con los temas de política nacional e internacional. Claro, porque las mujeres apenas si tenían derecho a opinar de nada. Por eso la rareza de Bonifant, que opinaba de todo y sin censura. Pero siempre escondía las uñas bajo la tersura y la bonhomía de, oh, un pequeño chistecito.

Así, me topé con este inicio genial para su primera columna: Soy una chica de diez y siete años (sic), completamente feliz. Muy colérica, versátil, y en el fondo, capaz de ser formal. Paladeé esa descripción. Capaz de ser formal, en el fondo. Qué maravilla.

Más adelante dice que los niños le inspiran deseos de clavarles las uñas en su suave piel y cuando oye a un padre alabar lo ojos de su hijo, la pequeña marquesa de Sade sale a relucir: Y me estremecí de voluptuosidad, al pensar en una discreta maldad: sacarle los ojos .

He continuado leyendo así, por las noches antes de dormir cada una de las crónicas y reseñas de Bonifant. A ese paso el libro me ha durado meses y me siento encantada. Tengo un nuevo ídolo. Sigo leyendo a Cube y descubriendo nueva formas de salirme con la mía.