Con su nuevo libro, Imperfecciones (editado por Arquine), el arquitecto Francisco Pardo hace una revisión preponderantemente visual y cronológica de obras que dan constancia de la evolución de su trabajo a lo largo de 15 años (del 2004 al 2019), en los cuales su obra, él mismo lo reconoce, se ha partido en dos: su incursión en obra para edificios de vivienda, la recuperación e intervención de espacios ya edificados y, en los últimos años, obra pública pensada en otra recuperación: la del tejido social en zonas marginadas de la Zona Metropolitana de la Ciudad de México.

Esta publicación es muestra del camino “que atraviesa condiciones y estados de ánimo”, como escribió el arquitecto y crítico italiano Luca Molinari en uno de los tres textos que son prefacio de la publicación (el resto son de Hernán Díaz Alonso y de Alejandro Hernández), y quien refiere que los primeros trabajos de Pardo son “objetos mudos y elegantes en los cuales pareciera que se quiere dejar fuera de la puerta el ruido agresivo de la Ciudad de México”, con obras que describe como cuerpos de fábrica introvertidos y monolíticos que se vuelcan hacia sí mismos.

Basta con ver obras distintivas de Pardo en su primera etapa para comprender a Molinari, como la de vivienda en la calle Gabriel Mancera 1607, en la Colonia del Valle; la estación de bomberos Ave Fénix, sobre avenida de los Insurgentes 95, en la colonia San Rafael, en el lugar del incendio de la discoteca Lobohombo en el 2000; o edificios recuperados de la colonia Juárez y reinterpretados, que apuestan por recuperar la vitalidad de esta zona de la ciudad. Muchos de estos trabajos fueron hechos junto con el arquitecto Julio Amezcua, quien fuera codirector del despacho antes llamado at103.

Más adelante, Imperfecciones también estudia ese vuelco de Pardo a las obras sociales: la recuperación de espacios públicos en unidades habitacionales, de gran marginación y altos índices de inseguridad, en complejos de vivienda como Los Héroes, en Toluca, y Las Colinas, en Almoloya de Juárez, donde hay un índice de 70% de casas abandonadas, o la construcción de una residencia para una familia afectada por los sismos del 2017, en el también municipio mexiquense de Ocuilan de Arteaga.

Lo primordial de la arquitectura social

“El problema de la vivienda social en México es terrible porque mucha de la vivienda, al momento en que te dan el crédito, automáticamente baja de precio. No estamos haciendo vivienda que genera plusvalía sino que estamos haciendo problemas para las familias. La gente no quiere vivir en esas zonas y nadie quiere comprar esas casas. Acaban siendo zonas abandonadas. No hay un mercado sano”, lamentó en entrevista para El Economista en su estudio.

“Sin duda, yo creo que la arquitectura es una herramienta para el ejercicio social de las ciudades. Es una parte esencial para cambiar las energías de lugares y momentos específicos. Me preocupa que los gobiernos no vean la importancia de invertir en obra pública”, advirtió.

Reconoce que el propio ejercicio profesional le ha enseñado sobre lo primordial de incurrir en la arquitectura social.

“No se trata nada más de edificios nuevos, fotografiables o con buenos renders. Podemos hacer edificios en los que a lo mejor el impacto visual no sea tan grande, pero el impacto social sí lo sea. Esa es la arquitectura que más me deja en este momento. Sí te cambia la mente. Desde la trinchera de la arquitectura sabes que tienes la responsabilidad de trabajar para esto”.

Durante la década de los años 70, dijo, el gobierno entregó el desarrollo de la ciudad a manos privadas y, a partir de entonces, hasta entrado el nuevo siglo, el problema de la vivienda social no se atendió de manera formal y espacial sino económica, lo cual facilitó varios de los problemas de inseguridad que se viven hoy en día.

“En los 70, el Infonavit se lavó las manos en el tema de arquitectura y se dedicó a ser una financiera. Pero de unos años para acá, ha cambiado su manera de ver la importancia de la arquitectura. Cerró la llave del desarrollo en las periferias, entendió que tenía que acercarse a los arquitectos y replantear el tema de la vivienda. Si comparamos la vivienda que hizo Infonavit en los 60 con la de los 90, podremos entender que pasamos de una condición muy buena a una pésima. El error de la Ciudad de México, que está creciendo en horizontalidad, lo están copiando 30 ciudades del país. Es una pena, no hay planeación”, afirmó.

Abogó por una buena política de movilidad; sin embargo, lamenta que “hay buenas intenciones, pero no hay buenas políticas”. Propuso al gobierno ser más riguroso, pero trabajando en la eficiencia del transporte público. “Me decepciona que se hable de popotes y tapitas de plástico, pero no se hable de los problemas más grandes de la ciudad”.

Reciclar los espacios

El reciclaje de la ciudad es una línea de trabajo en la que ha hecho énfasis. Explicó que se trata de intervenir los espacios ya edificados para convertirlos sin demoler y ofrecer una reinterpretación de las estructuras que cambie su condición. Su trabajo en la colonia Juárez (Lisboa 7, Havre 69, Havre 77 y Milán 44) es ejemplo de cómo se ha vivido esta transformación urbana a partir de este reciclaje de edificios. Es mucho más costoso para nosotros demoler edificios y volver a construir que reciclar todos esos espacios que están abandonados o libres”. Pardo suele decir a sus alumnos que “los arquitectos ya no deberíamos construir metros cuadrados, sino reusar”.

Defiende que la construcción de programas mixtos permite que la ciudad funcione 24 horas, tanto para pernoctar como para laborar y llevar la vida personal. “Esto reduce los índices de inseguridad. Haces barrios vigilados por los vecinos 24 horas. Estos nuevos desarrollos de vivienda, con una barda y un guardia son muy problemáticos; lo único que hacen es encerrar a la gente donde vive y tiene que salir a los otros lugares a trabajar. Creo más en el barrio que tiene densidad, comercio, oficinas, universidades”, concluye.

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