Quiero el bien, y quiero el mal, ?y al cabo no quiero nada Álvaro de Campos, Oxford Now .

Uno de mis regalos de Navidad favoritos de este año fue una antología bilingüe de la poesía de Pessoa. Como suele ser con los mejores regalos que recibo, fue un autorregalo. No es que mi familia y amigos no me den cosas, pero es que están demasiado ocupados arrancándose las costras de las rodillas con los dientes (hacen competencias) para realmente esforzarse con los regalos navideños.

No soy, no he sido nunca, una gran lectora de poesía. Lo mío es la narrativa. Suelo considerar a los poetas sacerdotes de la forma que exigen a sus lectores una fidelidad digna de secta apocalíptica.

Ahora, gracias a Pessoa, me doy cuenta que los verdaderos tiranos son los escritores de novelas. No todos los narradores, sólo los novelistas. De una novela, uno es preso. Las novelas tienen que leerse en secuencia, página a página, como si cada palabra fuera valiosísima, cosa que rara vez es cierta. En cambio, uno puede tomar un libro de poesía y empezarlo por donde sea, perderse en él, entregarse y salir en cualquier momento. Si el poema es bueno, volverás a él. La poesía no es una cárcel.

Leer poesía es otra cosa, y más con Pessoa. Pessoa era varias personas a la vez, todas con nombre y apellido: Álvaro de Campos, Ricardo Reis, Alberto Caeiro, Bernardo Soares y otros menos famosos. Todos poetas. Verán, Pessoa inauguró eso considerado ahora tan posmoderno de publicar obras bajo otro nombre.

Los heterónimos de Pessoa (que así llamó a sus alter-egos literarios; Wikipedia me informa que fueron 72 en total. Pessoa, no obstante su soledad, tuvo cerebro de condominio) son todo un hito de la historia de la literatura.

Cosa muy divertida: Pessoa escribía bajo el nombre de todos esos otros, dotando a cada uno con una biografía, estilo, temas y peculiares transgresiones a la poesía académica. Pessoa, con su nombre propio, publicaba reseñas incendiarias de los poemas. Escribía algo como Álvaro de Campos no sabe nada de métrica, su ‘Oxford Now’ es una desgracia nihilista , y entonces los lectores buscaban a ese tonto de De Campos que se creía poeta sin saber nada de métrica.

Todo eso yo no lo sabía o lo sabía a medias, cuando en un bazar de la colonia Roma me topé con una antología, publicada por Libros Río Nuevo en 1981, de la poesía de Pessoa (poesía-Pessoa, juego sonoro).

Abrí el segundo tomo al azar. Leí: No soy nada. Nunca seré nada. No puedo querer ser nada. Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo . Y pensé que estaba leyendo la mejor canción de rock de todos los tiempos. Pensé en tatuajes con esas palabras. Pensé en adolescentes suicidas salvándose cuando el fantasma de Pessoa les susurraba eso, porque a pesar de que son palabras melancólicas te dan la sensación de no estar solo en el mundo, ¿sabe usted?, que alguien ya las escribió y eso significa que no estás solo. (También significa que no eres muy original).

Pues sí: ¿Genio? En este momento/ cien mil cerebros se conciben en sueños genios como yo/ y la historia no destacará ¿quién sabe?, ni uno solo . Después, una afirmación tan cierta que me desmayo: Mira que no hay más metafísica en el mundo sino chocolates .

El poema es Tabaquería , firmado por Álvaro de Campos. Narra lo que De Campos ve desde su ventana: una tabaquería con su ir y venir de clientes. Un hombre entró a la tabaquería (…)/ y la realidad plausible cae de repente encima de mí/ Me incorporo enérgico, convencido, humano,/ y voy a intentar escribir estos versos en los que digo lo contrario .

Al final, alguien lo saluda desde la tabaquería y el universo se me reconstruyó sin ideal ni esperanza . Todo termina con una sonrisa y un adiós feliz. Como esta columna.