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Estatuas que caminan
Creadas para la Exposición Universal de 1889 a la que nunca llegaron, desde entonces su sino ha sido deambular por la Ciudad de México como un par de bronces verdes que, en una época, aparecen en un lado y, en otra, en otro.
En vida se llamaron Serpiente de Obsidiana y Perro de Agua, Izcóatl y Ahuízotl, respectivamente. Ambos fueron tlatoanis de ese pueblo emigrante que salió del Lugar de las Garzas en busca de la tierra prometida para, a la postre, fundar la ciudad más bellas del mundo antiguo, Tenochtitlán, un islote con grandes templos de tezontle, casas, mercados, jardines y aves en medio de cinco lagos.
Con la conquista española se pretendió borrar sus nombres de toda memoria, pero en el siglo XIX, varios sucesos fortuitos los convirtieron en estatuas de bronce que, el tiempo -con su capacidad oxidante- hizo que la lengua del pueblo los bautizara como los Indios Verdes.
Creados por el escultor Alejandro Casarín para representar a México en la Exposición Universal de 1889 en París, Francia, a la que nunca llegaron, desde entonces su sino ha sido vagabundear por la Ciudad de México, transformándose en símbolo de identidad -en su aceptación o rechazo- de la urbe.
Su primer territorio fue el cruce de dos paseos, el de Bucareli y el De la Reforma. Y si bien este último fue concebido como parte de un proyecto que inició Maximiliano con el calificativo de Paseo de la Emperatriz, y continuó Porfirio Díaz con el nombre que hoy se le conoce, sus monumentos relatarían lo que se consideraban las épocas más importantes de la historia patria: con Izcóatl y Ahuízolt representando a las culturas madre; Colón, el descubrimiento del llamado entonces Nuevo Mundo; Cuauhtémoc (y no Cortés), la Conquista; una palma canaria, el Virreinato; el ángel, la Independencia; en tanto que la Puerta de los Leones, a la entrada del bosque y castillo de Chapultepec, el Segundo Imperio.
Así, a partir de 1890 hasta principios del siglo pasado, a la altura de donde inicia Paseo de la Reforma, los Indios Verdes se miraron frente a frente con la escultura ecuestre de Carlos IV que Manuel Tolsá, su creador, disfrazó de romano. De allí, por presiones de la sociedad porfiriana a la que la estampa imaginaria y, cierto, mal proporcionada corporalmente, de los tlatoanis de Casarín le parecía de mal gusto, los gigantes de bronce caminaron hacia el Canal de la Viga (en la actualidad Calzada de la Vida y Callejón de San Antonio Abad) para, por 35 años, custodiar entre adormideras y amapolas la venta entre mercaderes en canoas y compradores de tierra firme.
A finales de los 30, al entubarse el Canal de la Viga, los Indios Verdes caminaron hacia el norte para detenerse en el Acueducto Guadalupe y, a principios de los 70, emigraron de nueva cuenta, todavía más al norte, a la Avenida de los Insurgentes, en donde se volvieron famosos despidiendo y dando la bienvenida, según fuera el caso, a quienes salieran o entraran por tierra a la ciudad. Y si bien cuando estaban en la Viga dejaron como herencia una carnicería -hoy desparecida- con el nombre de los Indios Verdes, aquí serían el referente para que una estación del metro lleve su denominación.
En 1979 de nueva cuenta mudaron su asentamiento en lo que se llama el Parque del Mestizaje que cosa curiosa, su estatua principal es un Quijote con su Sancho Panza para en 2005, con la implantación de las obras del Metrobús, los dos tlatoanis volvieron a caminar, ahora para situarse a 300 metros de la que se pensaría fue su penúltima morada.
Sin embargo, y esto los sabemos sus descendientes, cuando por fin Izcóatl y Ahuízotl encuentren a un águila devorando a una serpiente, allí refundarán su ciudad y los mexicas reconquistaremos nuestro mundo.