“La literatura mexicana en la historia ha sido recalcitrantemente realista”, dice el escritor de literatura fantástica Bernardo Esquinca (Guadalajara, 1972), en el marco de la cuarta edición del Hay Festival Querétaro. Es sábado a media tarde, hace calor debajo de la carpa instalada en la terraza del Gran Hotel, en el centro de la capital queretana. Esquinca ha dado ya una entrevista. Se compró un sorbete en vaso antes de comenzar su primera conversación y lo tuvo que dejar para después, sobre una mesita, prácticamente intacto.

Para este momento, la mitad del helado de Esquinca está hecha un esquimo. El autor de Los niños de paja (Almadía 2008), Mar negro (2014) y Las increíbles aventuras del asombroso Edgar Allan Poe (2018) aprovecha cada pregunta para darle un bocado. La primera es, a propósito, lo suficientemente larga como para permitirle reponerse del inminente proceso de derretimiento del sorbete. Mientras responde, mientras explica, mueve la mano derecha, sosteniendo la pequeña cuchara como si fuera una batuta minúscula.

“De la Revolución para acá, los escritores mexicanos se han decantado por el realismo, cuando nosotros venimos de una tradición, desde la época prehispánica, de un pensamiento mágico, supersticioso, religioso. Sin embargo, eso no ha impactado de manera profunda, o amplia, digamos, en los escritores para que aborden la literatura desde ese ángulo. Y creo que ése ya no es tema de académicos sino de psiquiatras. No sé por qué hay tanto realismo cuando en nuestro ADN está el gusto por lo fantástico”, complementa.

Esquinca ofrece una retrospectiva del relato fantástico en México, desde La leyenda de Don Juan Manuel, publicado en el siglo XIX por José Justo Gómez de la Cortina y que, a su decir, es el primer brote de la literatura fantástica mexicana, hasta el trabajo de Francisco Tario, durante los años 40 del siglo pasado, al que califica como “el papá de todos”, porque escribió sobre fantasmas antes que Fuentes o Pacheco, que Amparo Dávila o, incluso, que Guadalupe Dueñas.

“Los que siguieron tuvieron una tradición más europea. La gran influencia de Fuentes, y él lo dijo, era el británico Henry James. El mismo Emiliano González, que en los 80 y antes, cuando volvió a haber otro gran vacío de autores, él estaba haciendo literatura fantástica, muy claramente ‘lovecraftiana’, ‘macheniana’. Siempre alguien ha mantenido la antorcha encendida de la literatura fantástica en México, pero no es lo que ha abundado”, sostiene el tapatío residente de la colonia Roma.

Reflexiona que después, durante la transición al nuevo siglo y durante las dos últimas décadas se rompió la dependencia a la imaginación europea gótica. “Pero también está Poe, que lo es todo. Poe influyó en los europeos y ellos en México”, defiende.

El público gusta de la literatura de terror con toque mexicano

“No sé decir por qué demonios pero me fijé en lo mexicano. Me gustan mis raíces, pero ésa es quizás una respuesta demasiado simple. Lectores que se me acercan me comentan que lo que les gusta de mí es esa literatura de terror con toque mexicano: lugares que reconocemos, cosas que sabemos o que no sabíamos pero tienen que ver con nosotros. Me llama la atención que nadie antes lo había hecho, con la decisión con la que yo lo hice, con más abundancia”.

Recuerda que a los ocho años escribió su primer cuento de terror, que disfrutaba de La dimensión desconocida, de Alfred Hitchcock presenta, del cine slasher ochentero. “Es un defecto de fábrica, es algo que traes y encuentras los caminos adecuados para sacar esa sensibilidad”.

Las novelas de Bernardo Esquinca, en particular la serie Casasola, compuesta por cuatro libros publicados con Almadía: La octava plaga (2011), Toda la sangre (2013), Carne de ataúd, (2016) e Inframundo (2017), son trenzados narrativos de literatura mexicana de terror y del género policiaco, con el absurdo de por medio, el accidente del personaje, sus tropiezos y sus fantasmas. Son relatos donde esos fantasmas emergen del pasado, de los muros, de las entrañas del Metro de la Ciudad de México, pero también del inconsciente, del pasado, de la herencia maldita de lo familiar.

Contar algo más que la realidad

“Como lector, me encanta cuando me topo con una novela que mezcla géneros, sobre todo el fantástico con lo policiaco. Es una mezcla que no abunda, curiosamente, pero a mí me gusta como estrategia narrativa porque me permite una visión más amplia de lo que quiero contar. Si tuviera un solo género, me estaría limitando. Lo que no me interesa es copiar la realidad. Eso lo tengo muy claro. Para eso están los noticieros, los periódicos. Si uno pretende hacer eso, va a empobrecer la realidad”, comparte.

Sobre Edgar Allan Poe, a propósito de su última novela, reflexiona que ambos tienen un temperamento similar: romántico, mórbido, macabro. Y lo dice en presente, como si Poe habitara en alguna parte. Es el efecto de un autor que, con su obra, tiene la fuerza para permanecer. “Causa una huella en mi obra y, en el 2015, cuando escribí esta obra, me sentí listo para hacerle un homenaje, devolverle un poquito de lo mucho que me dio”.

El dios vivo

Finalmente, con menos de la mitad del helado ya en franco declive, ante la pregunta sobre lo que viene de Bernardo Esquinca, el autor comparte una primicia: el próximo año   se publicará un libro de cuentos de terror. Su nombre será El dios vivo. Será el libro de cuentos más grande en extensión publicado hasta ahora por Esquinca, con más de 200 páginas, cuya directriz serán las deidades antiguas, con cuentos muy de weird fiction, advierte.

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