“Soy hija de una generación de mujeres que no pudieron decidir qué querían ser en la vida porque el mandato social les decía que tenían que dedicarse a la familia, que tenían que casarse y tener hijos”.

Esa fue la referencia de la escritora colombiana Pilar Quintana para expresar uno de los móviles que la llevaron a escribir su obra Los abismos, por la que este jueves fue anunciada como ganadora de la decimocuarta edición del Premio Alfaguara de Novela, un relato de mirada femenina situado en la ciudad de Cali de los años 80 y, a decir del jurado convocado en España para homologar su deliberación, dotada de una prosa sutil y luminosa donde la naturaleza nos conecta con las posibilidades simbólicas de la literatura. 

La obra galardonada “se adentra en la oscuridad del mundo de los adultos a través del punto de vista de una niña que desde la memoria de su vida familiar intenta comprender la conflictiva relación entre sus padres. Con el telón de fondo de un mundo femenino de mujeres atadas a la rueda de una noria de la que no pueden o no saben escapar, la autora ha creado una historia poderosa, narrada desde una aparente ingenuidad que contrasta con la atmósfera desdichada que rodea a la protagonista”. Fue el complemento del acta leída desde el país ibérico por presidente del jurado, el también escritor colombiano, Héctor Abad Faciolince.

El miedo a la orfandad

Mientras tanto, al otro lado del Atlántico, Quintana, quien postulara su manuscrito bajo el seudónimo de Claudia de Colombia, explicó que la obra aborda el miedo de los niños a la muerte de sus padres y, con ella, a la orfandad, pero sobre todo se sumerge en la relación entre una niña con una madre con frustraciones porque no tuvo la libertad de elegir si ser profesional o no y tener una familia o no.

Indicó que históricamente han abundado las novelas acerca de ser hijos, sobre todo hijos de malos padres. Pero ahora más que nunca, afirmó, estamos quitándole los velos al rol de madre, hablado de los temas que por siglos estuvieron vedados.

“Estaba mal visto, y lo sigue estando, que la mujer hable sobre las dificultades de ser mamá, de la oscuridad, de los sentimientos negativos que emergen. Es fundamental que desacralicemos la maternidad, que no la sigamos viendo como un hito y mirando a las mamás como unas santas, porque no lo somos”.

Reconoció que cuando empezó a escribir sentía timidez de abordar esos temas porque pensaba que eran menores, puesto que era un pensamiento normalizado que los libros escritos por mujeres debían subestimarse simplemente por abordar la perspectiva femenina.

“Es importantísimo que las escritoras jóvenes, que las aspirantes a autoras, tengan escritoras modelo donde puedan ver que la maternidad, que hablar de nuestros intereses, no es menor, son lo problemas, las intrigas, los miedos, las emociones de media humanidad. Es necesario que haya voces de mujeres hablando de las cosas que nos preocupan, que nos molestan, nos hieren y nos gustan, así como de lo que está mal visto; por ejemplo, el deseo, los grises de ser madre”, instó.

Se asumió como una autora para la cual la literatura es el medio para enunciar aquellas cosas que se nos prohíben decir. En ese sentido señaló que la literatura es un refugio.

“Si nosotros queremos que los lectores habiten las novelas con comodidad tenemos que hacerlos sentir que son reales y que están pasando en un tiempo y en un lugar. Para mí siempre el universo narrativo es definitivo, los escritores no debemos olvidar que la ficción no debe suceder en lugares vacíos sino en aquellos que se sientan como los reales”, recomendó.

Presente en la ceremonia, cubierta en lo remoto por alrededor de 150 medios de ambos lados del Atlántico, además de Héctor Abad Faciolince estuvo el resto del jurado: las también autoras Ana Merino e Irene Vallejo, la directora internacional del Hay Festival, Cristina Fuentes La Roche; el periodista y escritor Xavi Ayén, el librero Xavier Vidal y la directora editorial de Alfaguara, Pilar Reyes, con voz pero sin voto.

ricardo.quiroga@eleconomista.mx