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Enseñar es aprender dos veces
El 15 de mayo, Día del Maestro.

Para estructurar el pensamiento, afirman. Para guiarnos en el proceso de maduración y ser la brújula que nos acompañe a cruzar los mares y desiertos de la infancia, adolescencia y primera juventud. Para desarrollar nuestras capacidades intelectuales, habilidades, destrezas y técnicas. Y, como si el mundo fuera tan perfecto, también para enseñarnos cómo ganarnos la vida, distinguir el provecho del dispendio, el rojo del azul; a sumar y restar los objetos del universo, entender lo que significan las letras reunidas, los signos de puntuación y, finalmente, acceder con gracia a los secretos de la sabiduría y el conocimiento. Para eso, nos dijeron, existen los maestros.
Congruente con nuestro afán celebratorio, (ex)amante de lo institucional y tendiente a la fiesta, existe fecha precisa para celebrar a los maestros. Justo pasado mañana, 15 de mayo. Por ello, y porque toda materia se olvida y ya nada es como es antes, acá le dejo, lector querido, pequeños ejemplos de las letras y las voces de cuatro legendarios maestros mexicanos.
1. El 22 de septiembre de 1910 en el anfiteatro de la Escuela Nacional Preparatoria, se inauguró la Universidad Nacional de México. Fue el perfecto colofón de las celebraciones del Centenario de la Independencia. Aquel día el maestro Justo Sierra, fundador y artífice de nuestra máxima Casa de Estudios dijo en su discurso:
“Me la imagino así: un grupo de estudiantes de todas las edades sumadas en una sola, la edad de la plena aptitud intelectual, formando una personalidad real a fuerza de solidaridad y de conciencia de su misión, y que, recurriendo a toda fuente de cultura, brote de donde brotare, se proponga adquirir los medios de nacionalizar la ciencia, de mexicanizar el saber”.
Nacido en 1848 en la ciudad de Campeche, Justo Sierra Méndez fue abogado, periodista, magistrado, escritor de ensayo, novela y poesía y autor del libro Juárez, su obra y su tiempo. Conocido como “el maestro de América”, una de sus frases célebres todavía resuena: “La grandeza de un pueblo se mide en su educación”.
2. ¿Quién no ha observado que durante la década que concluyó en 1867 ese árbol tan frondoso de la literatura mexicana no ha podido florecer ni aún conservarse vigoroso, en medio de los huracanes de la guerra?... Era natural: todos los espíritus estaban bajo la influencia de las preocupaciones políticas; apenas había familia o individuo que no participase de la conmoción que había agitado a la nación entera, y en semejantes circunstancias ¿cómo consagrarse a las profundas tareas de la investigación histórica o a los blandos recreos dela poesía que exigen un ánimo tranquilo y una conciencia desahogada y libre? Generalmente hablando, se necesita la sombra de la paz para que el hombre pueda entregarse a los grandiosos trabajos del espíritu.
Con estas palabras, Ignacio Manuel Altamirano, escritor, dramaturgo, cronista, activista y maestro presentó su periódico literario El Renacimiento. Habían pasado casi dos años del fusilamiento de Maximiliano y celebraba haber abierto su casa para reunir a los talentos más jóvenes de aquel tiempo en sus veladas literarias. Hijo de indios puros y oriundo de Tixtla, Guerrero, Altamirano aprendió a hablar español sólo hasta que su padre fue nombrado alcalde del pueblo. Después se reveló como estudiante aventajado, apasionado republicano, original periodista, ideólogo comprometido y maestro de vocación. Considerado “padre de la literatura mexicana”, su propósito de vida fue sacar a la cultura del círculo de los elegidos. Así, convocó a los amantes del arte y de las letras a participar con obras para apagar cualquier rencor que siguiera dividiendo a “los hijos de la madre común”. Con creaciones propias como El Zarco, Clemencia, y Navidad en las Montañas, el maestro Altamirano restauró así otra república que parecía perdida: la República de las Letras.
3. “A veces la vida es tan amarga que abre las ganas de comer”, escribió alguna vez Alfonso Reyes entre sarcástico y melancólico. Porque él era de buen diente y estaba igualmente fascinado por los libros y los gozos de la cocina. “Necesitamos desesperadamente que nos cuenten historias, tanto como comer, decía, porque la literatura, la comida y todo acto de alimentación requiere tiempo, planeación, estrategia y cocimiento. Ambas nos ayudan a organizar la realidad e iluminan cualquier caos que se presente. Nos sustentan y nos nutren. No solamente para el crecimiento y el desarrollo, sino también por placer”.
Poeta, polígrafo, narrador, dramaturgo, maestro y ensayista, Alfonso Reyes nació en 1899 en Monterrey, Nuevo León. Hijo de Bernardo Reyes, general asesinado en la Decena Trágica, halló en el estudio el consuelo y el propósito. En 1909 fundó el Ateneo de la Juventud, en 1910 publicó su primer libro y a partir de ese momento su producción nunca se detuvo. Tanto, que su obra extensa, la profundidad de ideas y su altura intelectual ampararon a todos los escritores mexicanos de la segunda mitad del siglo XX. De poco vale hablar de los más de 36 volúmenes que conforman sus obras completas, de su sabiduría en más de cinco lenguas, de que le gustaba más el español que cualquier otra y de su impecable trabajo diplomático. “Quiero que la literatura sea una cabal explicitación —solía decir— y por mi parte, no distingo entre mi vida y mis letras: todas mis obras son fragmentos de una confesión general”.
Llamado en sus tiempos el “regiomontano universal”; Alfonso Reyes terminó convirtiéndose en figura imprescindible en la cultura de toda Hispanoamérica y llamado con justicia el “maestro de México”.
4. Podía decir el nombre de Dios en 30 lenguas y escribió en todos los géneros conocidos. Fue experto en asuntos bíblicos, míticos y religiosos pero también muy versado en todas las ramas del arte, la historia y la cultura universal. Como escuchó y se enamoró de toda la poesía del mundo, escribió en uno de sus libros una receta para la confección de ángeles que dice así: “Tómese un dios que ame las jerarquías y un teólogo asesor que las defina. Constrúyase un modelo a escala de los siete cielos. No deje de rodearlo de un cíngulo de estrellas fijas y remátelo con un lugar llamado Empíreo. Piense y, de ser posible, sienta la música de las esferas y perciba los arquetipos de Platón”.
Se llamaba Ernesto de la Peña y nació en la Ciudad de México en 1927. Considerado “uno de los 16 sabios de fin milenio” cursó la carrera de Letras Clásicas en la UNAM hasta convertirse en traductor experto de griego y latín, siguió con el ruso y el árabe; poco después aprendió chino, sánscrito, lenguas orientales y todas las modernas mientras estudiaba la Biblia, el Corán y la filología de la lengua española. Fue profesor de historia de la cultura, lingüística, filosofía, mitología y apreciación musical, además de incansable promotor humanístico tanto en libros como en periódicos, revistas y programas de radio. Más de 80 años compartió sabiduría y fue autor de muchos libros con títulos perfectos: Las máquinas espirituales, El centro sin orilla, Las estratagemas de Dios y Palabras para el desencuentro. Ganador de premios como el Xavier Villaurrutia, el Nacional de Ciencias y Artes, la Medalla Mozart y también la presea Belisario Domínguez, Ernesto de la Peña fue insuperable erudito, maestro generoso y un sabio que, a pesar de su sapiencia, siempre dijo vivir con el alma a la intemperie.