El era un joven y humilde trabajador que a sus 30 años tenía el sueño de convertirse en escritor. Ya lo era, aunque nadie –entre el mundo de las editoriales- se lo había confirmado publicando un libro suyo. Un joven portugués a principios de los cincuenta que buscaba un sentido, su sentido, mientras una dictadura oprimía las utopías y promesas inherentes a la juventud. Su nombre es José Saramago e ignoraba que muchos años después ganaría el Premio Nobel de Literatura, pero en las noches de duermevela, quizás de vez en cuando, se mordía las uñas mientras esperaba una respuesta: quizás que el editor le diera algún consejo o que le dijera no nos interesa, gracias ... pero nada.

Así, esa novela, que fue la primera y que fue todas, permaneció durante 30 años abandonada en una oscura bodega. Curiosidades del destino hacen que esa obra alcance hoy, desde su nombre, un título esclarecedor y previsorio: Claraboya, una novela que confirma la genialidad de un hombre destinado a trascender su propio presente.

Con una llamada le informaron a José que querían publicar su novela; Saramago agradeció el gesto, pero se negó y siguió escribiendo El evangelio según Jesucristo, a pesar de que su esposa lo conminaba a cambiar de opinión y permitir que se publicara la novela perdida (ya encontrada). Pasó el tiempo y murió Saramago, pero dejó en claro a su mujer que hiciera como mejor le pareciera. Pilar del Río, su viuda, terminó de traducir la obra el último día del 2011.

Claraboya es una novela que nos lleva a cada uno de los rincones de un pequeño edificio y a los rincones de la personalidad de diferentes tipos humanos que se podrían encontrar tanto en el tiempo en que fue escrita, como ahora: el viejo zapatero entregado a su oficio, la mujer ladina, el hombre hirsuto, las hermanas envejecidas, la muchacha en flor, el joven que sueña. Nos lleva desde el interior de los apartamentos de cada una de estas familias -que con tiento, detalle y ternura nos dibuja Saramago- para describir un momento singular en la historia de Portugal; de esta forma, José transita de lo extensivo a lo intensivo y vuelve de regreso, como lo hacen las buenas novelas, esas que, como alguna vez dijo el chileno Roberto Bolaño, no terminan nunca, porque definitivamente Claraboya pertenece a ese tipo de libros que no se bastan a sí mismos para significar, que representan un principio deslumbrante en la obra de un escritor de amplia trayectoria quien, sin embargo, siempre será principio, escisión, parte aguas.

Su lectura embona en cualquier parte, en cualquier historia, en cualquier idioma, en cualquier época, en cualquier regazo, y ya en ella se asoma la sensibilidad de un hombre capaz de articular con la prosa un mundo que se formaba desde la carne y las emociones; un escritor que aún no obtenía su propia voz, su propio estilo y su propio ritmo, pero que, sin embargo, sabía dónde radicaba lo verdaderamente importante a la hora de hacer novelas: en los detalles (la idea) mediante la operación precisa del lenguaje; en el erotismo (la imagen) bajo la determinación de esas frases que rebotan en el interior de nuestra carne y que nos hacen vibrar una vez y para siempre; y en la verdad, en aquello que por diáfano suele pasarnos desapercibido: la debilidad, el temor y la insatisfacción.

En Claraboya reluce un joven que mira con sorpresa sus propios miedos y con absoluta humildad la pesadez de su tiempo, un joven capaz de articular en clave mayor un presente lleno de trampas y un futuro que aún no podía ser.

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