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El viaje existencialista ?de Héctor el infeliz
¿Por qué no somos felices?

Para el Jedi Hec Portillo
Desde hace más de una década, varias de las conversaciones más significativas de mi vida las he tenido con mi psiquiatra. Diana, mi terapeuta, posee una mezcla bien medida de sentido del humor, rigor científico y afecto que la hace una gran interlocutora.
Hace unos meses simplemente le pregunté: Oiga, doc, ¿por qué cuesta tanto trabajo ser feliz? ¿Por qué la felicidad no es como una segunda naturaleza de la gente? Diana me contestó: Porque ser feliz requiere huevos . Cabe aclarar que Diana nunca dice groserías y cuando lo hace es que va a tirarme una neta.
Según mi shrink, se necesita valor para ser feliz porque para lograrlo hay que librarse de las expectativas que los demás tienen sobre nosotros. ¿Por qué? Porque cumplir expectativas es cómodo pero no satisfactorio. Ser quien se espera que uno sea es como mantenerse calientito en el regazo de mamá. Se necesita curiosidad y, sí, huevos para salir a explorar el mundo y encontrar lo que de verdad significa ser uno mismo.
La verdadera satisfacción, que podemos llamar felicidad, llega cuando nos realizamos auténticamente, después de hacer el esfuerzo de conocernos y aceptarnos. Ser feliz, en resumen, depende de saber quiénes somos, no quiénes debemos ser.
Conocerse a uno mismo: la conseja socrática tiene vigencia absoluta.
Con esta idea en mente fui a ver la comedia Héctor y el secreto de la felicidad, una de esas cintas europeas que llegan sin mucho ruido a la cartelera. Se van igual porque generalmente quienes van a verlas son un montón de señoras que visitan el cine en domingo.
Así la vi: en una tarde dominical y en una sala llena de señoras platicadoras. No sé si fueran felices, pero de alguna forma sus cuchicheos no me hicieron infeliz a mí. Aceptar ese ruido de fondo fue el primer paso para un buen rato de relax.
Y es que Héctor y el secreto de la felicidad es una buena película, muy disfrutable. Easy-going.
Simon Pegg es un comediante de solvencia, pero la cinta le exige más bien una interpretación melodramática. Verán, Pegg interpreta a Héctor, un psiquiatra con su vida perfectamente resuelta. En su casa tiene organizado hasta el último calcetín. Su consulta es rutinaria: un puñado de gente de clase media que, por esto o aquello, no es feliz.
¿Y Héctor? Héctor tampoco es feliz, a pesar de que tiene el amor de una hermosa mujer, Clara (Rosamund Pike), quien es responsable de la magnífica vida doméstica de Héctor. Sí, el psiquiatra es un niñote apenas responsable de sí mismo: Héctor no se arriesga, quizá por eso sueña con volar aviones y tener aventuras.
Intrigado por la falta de felicidad en su vida, Héctor sale, solo, de viaje, un viaje que, ya se sabe, le cambiará la vida. De China a África y luego a Los Ángeles, Héctor va capturando pequeñas perlas de sabiduría que va escribiendo en su diario, muy simplistas y de tarjeta de felicitación, pero algunas son bonitas. Por ejemplo: Escuchar es amar. O: Evitar la infelicidad no conduce a la felicidad.
Eso: ¿Cuántas veces, por evitar el dolor, nos perdemos la oportunidad de ser felices, de conocernos a nosotros mismos?
Héctor y el secreto de la felicidad es una película cursilona pero placentera. A veces uno quiere algo sencillo durante dos horas de cine. Para esos momentos existen este tipo de cintas.
Este Garage está dedicado a mi propio?Héctor, mi amigo Héctor Portillo, un aventurero que siempre ha buscado hacer?el bien. En su nueva travesía, Héctor se va a Nairobi a trabajar con una ONG dedicada a atender a niños en situación de riesgo, a un barrio con más de medio millón de personas. El objetivo es formar equipos de futbol para que los niños y adolescentes se alejen del crimen y la mala vida.
Buena suerte, Jedi Hec. Eres un ejemplo del que busca la felicidad, no sólo la propia, sino también la de los demás.