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Arte e Ideas

Lectura 4:00 min

El tamaño no hace al (súper) hombre

Pero tampoco a la superpelícula.

Hoy, que para usted es martes pero para mí es lunes, fui a ver Ant-Man, la nueva nave de la flotilla cinematográfica Marvel.

Hoy, lunes en la mañana, es un buen momento para ir al cine, sobre todo si tiende hacia lo introvertido, como la femmebot que escribe esta columna. No me gusta estar en salas llenas, hace que todos mis traumas de femmebot salgan a la superficie de mi, casi siempre, tranquila naturaleza.

Estoy payaseando porque no quiero reseñar Ant-Man. No quiero, no quiero.

Pero Concha , me dirán, ¿qué te pasa? ¿No que el cine es tu pasión? . Sí, sí lo es, pero resulta que a veces esto de ganarse la vida reseñando cosas es como darse un tiro en la pata. Uno no disfruta nada. Estoy nerviosa tratando de memorizar líneas de diálogo y pedazos de trama; tratando de desentrañar si las actuaciones valen el boleto y si el director hizo su trabajo o simplemente la historia no se le fue de las manos.

Bueno: Ant-Man.

No es una película de frases memorables, ni tiene giros dramáticos importantes, ni es nada espectacular. Seguro, crearon un montón de hormigas de animación que se ven geniales, pero no hay que esperar nada como Avengers o Iron Man. Al menos no se ve así.

Lo que hace divertida a Ant-Man son dos cosas: el encanto interminable de Paul Rudd, el protagonista, y el asunto de que logran un héroe tan improbable, un hombre que se hace pequeño como un bicho subvalorado como las hormigas.

Paul Rudd no sólo es guapo, también es chistoso. Muy chistoso. Es tan guapo y chistoso que ha protagonizado comedias desternillantes y también comedias románticas. Es, además, un actor con crédito en Broadway. Actorazo. Hay gente que lo tiene todo en la vida.

En Ant-Man, Rudd interpreta a Scott Lang, un ingeniero brillante que en algún momento se tornó al lado oscuro y se dedicó a robar. Como Ruperto Tacuche (el de La familia Burrón), Scott es especialista en cajas fuertes. Cuando comienza la película, lo vemos salir de la cárcel después del brutal rito de llevarse una golpiza.

Scott es un loser. Pero lo que no sabe es que alguien lo ha estado observando. Un científico retirado: Hank Pym (Michael Douglas). Pym se resistió a darle su más importante descubrimiento a Stark senior, o sea, el papá de Iron Man, y construyó su propio emporio tecnológico.

¿Qué es este descubrimiento? Una partícula, conocida como partícula Pym, que comprime los átomos... No me echaré la explicación pseudocientífica, pero el caso es que puede hacer pequeño a quien quiera que use un traje que parece de ajustador de seguros más que de superhéroe. El antagonista es un ex ahijado de Hank que está obsesionado con replicar la partícula Pym. El problema es que a ese personaje lo interpreta un pésimo actor, el tal Corey Stoll, que lo sacaron del deshuesadero que dejó la primera temporada de House of Cards. No me malentiendan, logré disfrutar la cinta, pero todo se ve tan hechizo. Como si le hubieran puesto menos esfuerzo a esta entrega del universo Marvel.

Ahí tirados en la trama están la familia de Scott y la de Hank Pym. Ambos tienen cada uno una hija. La de Hank es Hope, interpretada por Evangeline Lilly. Los caracterizadores de la cinta lograron una proeza: hacer que la guapa Lilly se vea bastante fea. Para los puristas de los cómics hay un descubrimiento al final de la cinta que no se deben perder.

Tiene su gracia, Ant-Man. Al menos logra que creamos que una hormiga puede ser heroica. Es una película sólo para los adictos a Marvel y para dejar pasar el domingo. O el lunes en la mañana, en una sala semivacía.

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