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Arte e Ideas

Lectura 6:00 min

El sueño del celta da sueño

La novela tiene una historia apasionante contada con oficio pero sin gusto ni compromiso literario.

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Los lectores hispanohablantes de todo el mundo se han volcado a las librerías para conseguirla, fue el libro más vendido de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, ya es el libro más vendido en España... y la gran mayoría quedarán decepcionados.

Porque lo cierto es que El sueño del celta (Alfaguara, 455pp) no está a la altura de la trayectoria de su autor, Mario Vargas Llosa, ni de la historia que cuenta, la del primer gran defensor de los derechos humanos, Roger Casement.

Sin embargo, aunque parezca injusto, es imposible no recomendar su lectura. Y esa injusticia tiene dos víctimas: por un lado, el lector, al que se le pide que lea una historia apasionante pero contada sin gusto, y por otro al propio Casement, pues su heroica figura la que sostiene sobre sus cansados hombros todo el texto del Nobel.

Y vaya que son hombros cansados los Casement, quien a finales del siglo XIX y principios del XX cargó sobre ellos el destino de millones de personas que en el Congo y en la región amazónica conocida como Putumayo estaban siendo... difícil de decir pero algo más y peor que esclavizadas.

Sí, la historia de Roger Casement es tan apasionante que vale la pena leerla a pesar de todos los pesares. Y, al menos en contarla con detalles y algunas aportaciones interesantes de la ficción, Vargas Llosa cumple.

Pero el nuevo Nobel falla a la hora de construir una buena novela, una que no nada más nos cuente de las aventuras de Casement sino que nos haga vivirlas o sentirlas.

Llena de detalles como el nombre y ubicación del hotel donde se hospedó para redactar tal o cual informe y el número de días que pasó en él o las personas a las que le presentó aquel nacionalista irlandés avecindado en Nueva York, El sueño del celta nos cuenta pero no nos lleva al lugar de la acción, nos impresiona con los horrores que presenció Casement pero no nos da el menor indicio de qué pudo haber sentido aquel hombre que fue prácticamente el único que levantó la voz ante la injusticia; no nos dice cómo fue que pudo soportar semejantes visiones sin enloquecer y tomar una pistola para asesinar a los torturadores.

Es como si a Vargas Llosa le hubiera quedado grande su personaje, como si no se atreviera a meterse con él.

Disculpe, ¿es usted humano?

El exceso de respeto conlleva a un problema fundamental: el personaje nos parece lejano.

Ejemplo de ello es que sólo lo vemos dudar en la última parte de la novela.

Es decir, Vargas Llosa nos propone un Roger Casement que se enfrenta al auténtico horror en el Congo y Putumayo sin el menor asomo de duda.

No hay un momento en que se pregunte si no será mejor, que sólo redactar su informe, tomar un arma y acabar en ese momento con la vida del capataz que está matando a chicotazos a un trabajador, y con la del jefe de ese capataz y hasta con la de torturado para ahorrarle sufrimientos.

No hay un momento en que este Casement ponga en la balanza su propia salud, muy mermada por diversas enfermedades y el agotamiento, a la hora de cumplir con su deber.

No, Casement no duda hasta que abraza una causa dudosa: el nacionalismo irlandés que lo lleva a aborrecer a Inglaterra, a la que con tanto honor ha servido, y abrazar a su enemiga Alemania en visperas de la primera guerra mundial.

Y aún cuando duda, esa duda se siente impostada.

Por ejemplo, una de sus mayores preocupaciones mientras está encerrado en la cárcel en espera de su sentencia de muerte o su absolución, es si se convierte al catolicismo, como su madre irlandesa, tras haber sido educado en el protestantismo por imposición de su padre inglés. Pero nunca lo vemos discutir el tema en términos religiosos, nunca hay un debate entre las diferentes propuestas teológicas de ambas religiones, entre si realmente implica tener una fe distinta.

El otro gran tema que queda apenas insinuado es el de la sexualidad. Lo cual no sería tan grave si no fuera porque fue determinante para Casement. Su homosexualidad fue, casi tanto como la traición a Inglaterra, una de las causas más fuerte de su infortunio y su descrédito.

En el epílogo, Vargas Llosa explica como fue esa homosexualidad la que impidió durante años su reivindicación como héroe en la propia Irlanda.

Pero también nos revela que la novela pudo ser mucho más profunda de lo que le resultó, al comentarnos sobre los diarios de autenticidad aún dudosa y llenos de "obscenidades pestilentes".

¿Fueron escritos por Casement o por el servicio secreto inglés que quiso así despedazar al traidor ante la opinión pública?

Vargas Llosa no sólo no toma partido (su posición es que, si acaso fueron escritos por Casement, lo más probable es que en general se tratara de ficciones creadas por su libido reprimida), sino que es hasta el epílogo que sabemos que eran "obscenidades pestilentes" lo que estaba en los textos y que una de las acusaciones fue de pedofilia (las palabras muchacho o joven, no implican niño). Las escenas que narra el autor, más que pestilentes son casi tiernas.

El otro Vargas Llosa, el premiado

Es claro que el éxito de ventas de El sueño del celta está relacionado con el premio Nobel que hoy recibe Mario Vargas Llosa y no con su calidad literaria.

Pero en ese sentido, si lo que importa es él como persona, vale muchísimo más la pena leer su autobiografía El pez en el agua, y recordar que esta última novela no influyó en la decisión de premiarlo como sí lo hicieron tantos y tantos magníficos textos suyos como Los cachorros, La tía Julia y el escribidor, La casa verde, Conversación en la catedral, La guerra del fin del mundo, Pantaleón y las visitadoras o La fiesta del chivo.

mlino@eleconomista.com.mx

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