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El poder y la libertad, una lucha eterna
El escritor nigeriano, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1986, fue el invitado principal del Hay Festival Xalapa 2012.

Ha estado encarcelado, ha sido perseguido, una condena a muerte pendió sobre su cabeza pero ver a Wole Soyinka (Nigeria, 1934) en Xalapa tan sereno, tan íntegro, es como ver a un viejo tigre que ha pasado por las peores cacerías de su vida y puede ya descansar a la sombra.
Soyinka es notable no sólo por su amplia obra literaria, que va desde el teatro hasta la memoria, pasando por la poesía y la novela, también por su actividad política que lo convirtió en el primer africano en ganar el Premio Nobel de Literatura en 1986. Soyinka se sentó a charlar con El Economista.
Su obra ha hecho visible a Occidente la vida cotidiana y política de Nigeria y de toda África. ¿Diría que en la modernización y democratización africana hay algo que podemos llamar el Factor Soyinka ?
He escuchado mi nombre en varios contextos y con incontables connotaciones, pero creo que nunca he oído hablar de un Factor Soyinka . Veamos: la democratización en África data de mucho tiempo antes de mí, incluso antes de los movimientos independentistas, mucho antes de que siquiera Soyinka fuera un personaje No me considero un factor, sino un contribuidor, un contribuidor en la eterna lucha entre el poder y la libertad.
La eterna lucha entre el poder y la libertad ¿Siempre es una lucha, entonces?
Me temo que sí. Iré tan lejos como para decir que los cambios sociales, en cualquier parámetro que se quieran medir, depende de la lucha entre el poder y la libertad. No es que estén en un conflicto permanente. Me gusta usar la imagen de un subibaja: mientras un extremo sube, el otro necesariamente baja. O como la polaridad que mantiene girando al planeta. Se pueden usar todo tipo de excusas para el control, para el dominio: arqueológicas, antropológicas, ideológicas, religiosas De hecho la religión es hoy en día no un instrumento para la libertad, como lo fue en algún momento, sino para el poder. Y lo mismo pasó con el marxismo de libro de texto que justificaba la dominación de la mente humana como forma de obtener un objetivo.
Usted fue terriblemente perseguido en su país, pero ha regresado a vivir en Nigeria
Sí, vivo en Nigeria por épocas. Estoy todavía vinculado con la universidad local, pero también con otras universidades en el mundo. Me gusta viajar, y en épocas he estado obligado a vivir fuera de Nigeria. Pero hoy en día, sí, Nigeria es mi hogar.
¿Cuál es el estado actual de las letras en Nigeria? ¿Qué tal las voces jóvenes africanas?
Hay una gran explosión literaria en toda África, no sólo en Nigeria. Con la llegada de tecnología y la educación la generación más joven de escritores africanos está llegando a un punto muy alto. Especialmente las escritoras.
¿Usted vivió en México DF, en la Casa Refugio Citlaltépetl, refugio de escritores perseguidos?
No, nunca viví ahí, ayudé a crearla. Pertenezco a un grupo de escritores que han creado una red mundial de refugios para escritores en situaciones políticas comprometidas. Luchamos contra la censura. Volvemos a la lucha entre el poder y la libertad. Todo comenzó para hacer frente al fanático Ayatola Jomeini y la fatwa que impuso a Salman Rushdie.
¿Qué piensa de la visión negativa y pesimista que el mundo occidental suele tener de África?
Es un pesimismo oportunista, un pesimismo que no existía hace un siglo cuando África era la tierra de oportunidades del colonialismo. Esta idea de África como un continente oscuro, como la tumba del hombre blanco no existía mientras había recursos que parecían inagotables. Una vez que el continente fue saqueado, porque así fue, entonces comenzó esta visión terrible, pesimista, sobre el futuro de África. Por eso son importantes las voces literarias, de los escritores, de los académicos africanos que hablen por sí mismos de su realidad.
No podemos evitar la tentación de preguntarle: ¿qué se siente ganar el premio Nobel?
Hay dos momentos, dos sensaciones: lo que sentí entonces y lo que siento ahora. Al principio yo estaba totalmente insensible, entumecido. Siempre pensé que iba a celebrar el momento en que un escritor africano ganara el Nobel. Pero entonces, sin nunca esperármelo, me lo dan a mí y la sorpresa me dejó frío. Lo que siento ahora es que el Nobel es un honor pero también una carga: exige mi tiempo, tengo que contestar todo tipo de preguntas, me hizo perder mi cómodo anonimato, que de algún modo ya había perdido en mi país pero el premio se llevó la última traza de anonimato que me quedaba Puedo perdonar a la diabólica mente que creó la dinamita, la de Alfred Nobel, pero no a la mente del que se inventó el asunto de ponerle su nombre a un premio literario. Así me siento algunas veces (sonríe).
concepcion.moreno@eleconomista.mx