La sátira es del error

justo azote, cada rato

ella es mi gustoso plato

que hay mucho que corregir

¿Qué tal? ¿Empiezo a escribir?/

Compadrito ¿suelto al gato?

José Joaquín Fernández de Lizardi

Antes de los cronistas existía la confusión. Antes de los periódicos solamente murmullos. La censura vigilaba y la Inquisición prohibía. Todo comunicado era secreto y la revolución de Independencia crecía con la voracidad de un incendio.  Pero la multitud no tenía voz por mucho que gritara, ni derecho a la palabra escrita. Hubo folletos, edictos y proclamas, es cierto, pero ninguna publicación informativa, veraz, objetiva o imparcial.

Así nuestra patria hasta que se publicó el bando sobre la libertad de imprenta para las colonias americanas en 1812 y apareció el “papelillo” más célebre de la recién inaugurada prensa nacional: El Pensador Mexicano de José Joaquín Fernández de Lizardi. Con un tiraje impresionante (de 2600 ejemplares), un precio accesible para la mayoría de un público hambriento de noticias alcanzó enorme popularidad por su cualidad crítica e irreverente. Cierto es que la población de entonces era mayormente analfabeta, pero Lizardi tenía un propósito más alto para su periódico: “gusto es que me entiendan hasta los aguadores, y cuando escribo jamás uso voces exóticas o extrañas, no porque las ignore sino porque no trato de que me admiren cuatro cultos sino que me entiendan los más rudos. Escribir para todos es mejor y que traiga el escrito utilidad”

Incansable, Lizardi esgrimió la pluma y no se limitó a los artículos. Publicó folletos (más de 300), inauguró periódicos (9), escribió teatro (10 piezas), un conjunto de más de un centenar de ensayos y resultó ser el primer el primer novelista mexicano y de Hispanoamérica. Todo ello por haber sido el autor de “El periquillo sarniento”.

La novela, que ya cumplió 200 años --que seguramente le dejaron en secundaria, y todo mundo confunde y cree que es de apellido “Sarmiento” y no saben que habla de la sarna-- dictó las máximas que Lizardi consideraba le faltaban al mexicano de entonces: el uso de la razón sobre todas las cosas, el valor de la educación y de la buena educación que no es lo mismo, el supremo beneficio de la enseñanza para modificar vicios y conductas y la utilidad del conocimiento y el trabajo. Primer retrato de un pícaro y de la vida nacional, “El periquillo sarniento” comienza así:

“Nací en México, capital de la América Septentrional, en la Nueva España. Ningunos elogios serían bastantes en mi boca para dedicarlos a mi cara patria; pero, por serlo, ningunos más sospechosos. Luego que nací, después de las lavadas y demás diligencias de aquella hora, mis tías, mis abuelas y otras viejas del antiguo cuño querían amarrarme las manos, y fajarme o liarme como un cohete, alegando que si me las dejaban sueltas, estaba yo propenso a espantarme, a ser muy manilargo. ¡Cuánta saliva no gastó mi padre para hacerles ver que era una quimera y un absurdo pernicioso el liar y atar las manos a las criaturas! ¡Y qué trabajo le costó persuadir a estas ancianas inocentes a que el azabache, el hueso, la piedra y otros amuletos no tienen virtud alguna contra el aire, rabia, mal de ojos, y semejantes faramallas. Pero me bautizaron, por fin, y pusiéronme por nombre Pedro.”

Con una historia que habla de las dificultades de conseguir oficio y obtener beneficios, el relativo fracaso en sobresalir sin estudio en artes, ciencias, empleos y oficios, la novela termina delatando las indignidades de frailes, maestros, empleadores, viciosos, comerciantes y profesionistas. Muy claro queda por qué el Periquillo puso el dedo en la llaga de las autoridades al leer fragmentos como este:

“Si todos tuvieran miedo de lo que puede suceder, nadie tendría un peso, porque nadie se arriesgaría a buscarlo. Si me dices que solicitarlo de los       modos que he pintado es justo, tanto como es perverso el que yo te propongo, te diré que robar no es otra cosa que quitarle a otro lo suyo sin         su voluntad, y según esta verdad, el mundo está lleno de ladrones. Unos roban con apariencias de justicia, y otros sin ella. Unos pública, otros privadamente. Unos a la sombra de las leyes; y otros declarándose contra ellas. Unos exponiéndose a los balazos y a los verdugos, y otros paseando y muy seguros en sus casas. En fin hermano, unos roban a lo divino y otros lo humano; pero todos roban.”

Polemista vigoroso en toda materia, autor de otras tres novelas, siempre perseguido y acosado por las autoridades y de una brillantez deslumbrante, de Lizardi y la vigencia de sus textos podrían escribirse tomos completos. Por lo pronto baste saber que no sólo representa el principio de la novela mexicana. También el nacimiento de un periodismo crítico que no conocía el miedo y no se detuvo nunca.

Fallecido de tuberculosis en junio de1827 en su casa en la calle de Puente Quebrado de la Ciudad de México, rechazó homenajes y prebendas. Solo pidió que su epitafio dijera: “Aquí yacen las cenizas del Pensador Mexicano quien hizo lo que pudo por su patria.”