La historia es bastante conocida y, contada de boca en boca, de libro en libro, se ha vuelto algo complicada. Charles Baudelaire, por ejemplo, la cita como una referencia que escribe Marco Polo de sus viajes a Oriente y, el propio veneciano, en las que se podrían considerar sus memorias, dice haberla escuchado, no vivido. En todo caso inicia en el siglo XI con Hassan-i Sabbah, el llamado Viejo de la Montaña que, luego de procurarle el paraíso a sus seguidores, dio origen a la palabra asesino .

El contexto histórico que precede a dicho término tiene que ver con la sucesión de Mahoma (c. 570-632 d.C.), fundador del Islam, religión que con la muerte del profeta se divide en dos: el sunismo, a favor de Abu Bakr, notable de La Meca que, a la postre, se convierte en el primer califa del mundo islámico, y el chiísmo, que abogaba para que el primo y yerno del propio Mahoma, Alí, fuera el sucesor.

Tal conflicto de poder duró varios siglos y, en el XI, en lo que hoy se conoce como el norte de Irán, Hassan-i Sabbah, de ascendencia chií en su rama ismaelí, decidió crear una secta con diversos fines, entre otros que el califato del Islam regresara a la familia del profeta. Para ello, junto con sus seguidores, en 1090 tomó por asalto y se apoderó de la fortaleza de Alamut, nido de águila , un lugar de difícil acceso en donde el Viejo de la Montaña se convertiría en uno de los hombres más temidos de su época.

Marco Polo, en el capítulo 28 de su libro, dice que Eleodim que es el nombre que le da al Viejo hizo en aquel sitio un vergel inmenso y hermoso, en donde plantó las hierbas, las flores y los frutos más deliciosos; en donde corrían riachuelos de agua, vino, miel y leche; en donde se podían comer las viandas más exquisitas; en donde mujeres jóvenes y bellas danzaban, tocaban el laúd, cantaban y llenaban de halagos y placeres a los súbditos de Eleodim, y en donde estaba prohibida la mención de cosas tristes.

Marco Polo continúa: el Viejo solía embriagar con (una especie de) hachís (líquido) a los jóvenes que buscaban convertirse a su secta, que, al beber la pócima y caer presos en un estado de sopor, eran trasladados al vergel para que creyeran que ese lugar era el paraíso prometido por Mahoma y, una vez que Eleodim los necesitaba para que cometieran algún homicidio, los volvía a embriagar con hachís y los sacaba del sitio con la promesa de que, si estaban dispuestos a dar la vida por la misión asignada, y si acaso resultaban muertos, regresarían al paraíso del profeta.

Los enemigos de Hassam-i Sabbah empezaron a llamar a los seguidores del Viejo de la Montaña con el sobrenombre de hashshashin por su gusto al hachís, que en italiano derivó en la palabra assassino y, en español, asesino , es decir, aquel que está dispuesto a matar a quien se le ordene sin importarle morir él mismo, ya que si esto sucediera, su nuevo lugar de residencia sería el paraíso.

En el capítulo 29 de su libro, Marco Polo cuenta que en el año del Señor 1262, Alau, jefe de un grupo (mayoritario) de tártaros (mongoles), asedió los dominios Eleodim para extirpar de la tierra a semejante peligro. Al cabo de tres años lo capturó junto con sus seguidores y aquel lugar (Alamut) fue destruido por completo.

Pero si bien el peligro específico de Hassam-i Sabbah y sus súbditos desapareció, en la memoria o en el imaginario colectivo de ciertos grupos, ahora llamados fundamentalistas, todavía pervive. O si no, ¿cómo explicarse que en el siglo XXI haya gente dispuesta a morir matando por un pensamiento mágico, sea de la religión que sea?