Un alarde tecnológico es el mecanismo de 45 toneladas que se mueve en el escenario del MET de Nueva York en la ópera El ocaso de los dioses; un aparatito compuesto por 24 tablones de metal que giran sobre su eje y que recrea en un instante palacios, rocas, ríos, montañas, puertos, salones, y todo lo que el director de escena, Robert Lepage, se imagine y mande, que para eso es una especie de Tolkien de la escenografía.

Desde el Auditorio Nacional de México fuimos testigos (en el marco de The MET Opera Hd) de cómo funciona tan eficientemente la maquinita milagrosa, apodada por los genios de producción como Carl Fillion (nombre del escenógrafo a cargo). Pero eso no es todo: en escena incluso hay un caballo de metal (Grane) que es un portento de ingeniería.

En El ocaso de los dioses se nota un trabajo más consistente de Lepage, quien aprovecha la experiencia de las anteriores tres puestas del ciclo del Anillo de Wagner en el campo tecnológico, en el drama mismo y el canto. Recordamos sobre todo la escena de la muerte de Sigfrido (Jay Hunter Morris) en la que el tenor conecta muy bien con su personaje y nos muestra toda la dimensión de su tragedia, no sólo la pérdida de su vida, sino de su amor y de los fines que se había trazado en la Tierra.

Aunque en general la voz del tenor Jay Hunter es muy varonil y poderosa, como debe ser la de un héroe germano, por momentos su voz es arenosa, cansada, y con escaso volumen. Todavía no alcanza ese cien por ciento.

La soprano Deborah Voigt (Brünnhilde) es una reina en el manejo de la técnica, pero esta vez tiene una actuación irregular: unas veces la encontramos en la cima con su voz brillante, llena, de excelente proyección, como en el dúo con Sigfrido en el Prólogo de la obra (de lo mejor de la función del sábado 11 de febrero), pero otras veces pierde volumen y brillo, como en la escena cuando llega al palacio gibichungo.

El bajo alemán Hans-Peter König (Hagen) tiene una voz admirable, llena, con ricos matices, capaz de hacer con ella lo que le viene en gana sin esfuerzo.

Lo mismo pasa con el bajo barítono estadunidense Eric Owens (Alberich) quien nos tiene acostumbrados a actuaciones de calidad, con esa voz profunda, oscura, cavernosa, llena de legatti admirables.

Una gran sorpresa fue la interpretación de Waltraud Meier (Waltraute), la mezzosoprano alemana a quien hasta la propia Voigt le dedicó unas miradas de admiración. La señora Meier aparte de un rostro hermoso y expresivo, posee una voz con un rico muestrario de matices, buen manejo del aire y dominio pleno en los agudos.

En este nivel está la soprano americana Wendy Bryan (Gutrune) de presencia agradable y voz cálida, brillante, y su dominio casi perfecto de su línea de canto. Y por supuesto, también es de admirar el trabajo del bajo-barítono inglés Lain Paterson (Gunther).

Es de justicia mencionar a Las doncellas del Rhin (Erin Morley, Jennifer Johnson Cano y Tamara Mumford), quienes aparte de cantar bien sus tríos, fueron la nota agradable, graciosa, en una ópera densa, de casi seis horas de duración.

En cuanto a la música, el maestro Fabio Luisi comandó la Orquesta del MET con pericia, con sapiencia, con pulcritud. Recordamos sobre todo la brillantez de los metales en la escena de caza.

La producción del ciclo completo del Anillo wagneriano costó 16 millones de dólares, un enorme presupuesto si lo comparamos con los mexicanos, pero bien empleado por cierto.

PIFIAS

Según el libreto, Sigfrido (Jay Hunter) debe levantar el brazo en plan amenazador --aún estando muerto en el palacio de los gibichungos--, ante la intención de Hagen de quitarle el anillo mágico. Pero Hunter se equivoca, lo hace minutos después cuando su mujer Brünnhilde se acerca.

En el acto de inmolación: cuando Brünnhilde monta a su caballo Grane debe lanzarse a la pira donde arde el héroe Sigfrido… pero el caballo de metal no salta al fuego, se queda paradito a centímetros de las llamas y corta toda la emoción del momento. El resultado: una inmolación anticlimática, de la que no salva a Lepage ni su maquinita de 45 toneladas.