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Arte e Ideas

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El museo de las frases, teatro a otro nivel

La pieza metateatral que establece un juego que mezcla la literatura, la música, el teatro, el performance, el videoarte, el cine y la robótica, se presentó en el fmx.

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Una ovación contundente y merecidísima. La noche del miércoles, los asistentes al Teatro Julio Castillo pudieron presenciar una obra de teatro que destaca por su sobriedad, elegancia y propuesta estética: El museo de las frases (Eraritjaritjaka), del alemán Heiner Goebbels (1952), en el marco del 27 fmx-Festival de México, confirmando que se trataba de unas de las apuestas más novedosas y más interesantes del programa de este Festival.

El museo de las frases es una pieza metateatral que durante una hora y treinta minutos, duración que se agradece, establece un juego que mezcla la literatura, la música, el teatro, el performance, el videoarte, el cine, la mecánica, la escultura y la robótica.

Una pieza fundamental y magistral, en la que participan: un actor, André Wilms, fenomenal, y el Cuarteto Mondriaan, integrado por el violinista Jan Erik van Regteren Altena, los violistas Annette Bergman y Edwin Blankenstijn y el cellista Eduard van Regteren Altena.

Sin un sentido lógico, el libreto se compone de fragmentos escritos por el Nobel de Literatura 1981 Elías Canetti, fragmentos que traducidos en acto dramático se presentan como una metáfora de las cavilaciones de un hombre viejo, desencantado y que se encuentra en el tramo final de su vida, cuando en el lugar de los sueños lo ocupan las memorias.

La obra tiene un ritmo veloz con ciertas pausas, un trazo calculado con tal meticulosidad que todos los pasos tienen un sentido y el genio teatral invertido por el talentoso equipo surte efecto en el espectador que a cada paso es sorprendido.

La obra parte de lo más sobrio: el cuarteto de cuerdas en el centro del escenario tocando a Bach; luego una interrupción abrupta, los músicos se levantan violentamente de sus asientos y se pasan al fondo del escenario, mientras se esuccha un sonido parecido a la estática de la televisión y desde arriba, como quien corre una rendida, se abre hacia abajo un cuadro de luz que empieza con una línea blanca que se expande hacia los costados.

Más adelante se intercalan algunos elementos de apoyo: un par de robots parecidas a un par de cucarachas panzonas (con el rigor kafkiano deberían ser escarabajos), una casita de juguete, y de pronto el fondo del escenario se corre velozmente hacia más atrás y nos presenta la fachada albina de una casa de tamaño normal.

Pero ahí no acaban las sorpresas. En un momento se proyecta en esa casa un video tomado en tiempo real por el productor belga Bruno Deville, y que nos presenta al actor en el escenario, quien se claza una gabardina y sombrero y a paso firme abandona la sala, luego el teatro y aborda en la calle una camioneta que a continuación transita por Reforma hasta llegar a la colonia Roma, donde Wilms baja del automóvil y sube a un departamento: ahí se pone a cocinar.

Durante alrededor de 10 minutos en el escenario, solo se mueven los músicos que han seguido tocando sonorizando así la película que ahora vemos proyectada en la casa que está al fondo del escenario.

La experiencia vetiginosa al final arroja más sorpresas que no es honorable revelar. Sin duda alguna, el teatro que se hace en Alemania le lleva una delantera apabullante a toda las propuestas que se hacen en nuestro país. El museo de las frases es prueba de ello. La sobriedad del crew es tal que hasta lo hacen parecer sencillo.

DESTACADO:

La obra tiene un ritmo veloz con ciertas pausas, un trazo calculado con tal meticulosidad que todos los pasos tienen un sentido y el genio teatral invertido por el talentoso equipo surte efecto en el espectador que a cada paso es sorprendido.

aflores@eleconomista.com.mx

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