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Arte e Ideas

Lectura 4:00 min

El futuro sigue siendo como era

El dador de recuerdos se parece a Un mundo feliz: la advertencia de Aldous Huxley sigue teniendo sentido a más de 80 años de su publicación.

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Hace unos meses por recomendación de una lectora leí la novela The Giver de Louis Lowry. La inhalé, la devoré. Es un libro magnífico.

Publicado en 1993 (es decir, es anterior a esta nueva ola de ciencia ficción para adolescentes) The Giver o El dador de recuerdos cuenta la historia de un futuro perfecto, de sueño. Un mundo sin guerras, sin dolor, donde todos hacen lo posible por servir a su comunidad en un ambiente de armonía, respeto y camaradería. Ese mundo ha desarrollado un sistema llama Sameness, que podría traducirse como igualdad , pero es una igualdad al extremo: si todos son iguales, no hay nadie único ni irremplazable. Los niños no son criados por sus padres biológicos, sino por adultos considerados aptos para la tarea. Y una de sus reglas principales es la precisión al hablar. Es un mundo sin mentiras y sin ambigüedades; un mundo de aptitud y precisión.

¿Dónde habíamos leído esto antes? Podemos remontarnos a la Utopía de Tomás Moro, pasando por el Leviatán de Hobbes, pero la mejor referencia es Un mundo feliz de Aldous Huxley. Como en la novela de Huxley, en The Giver la ciencia manda (y mata lentamente) a la humanidad. Inclusive ambas novelas comparten la idea de un medicamento que regula el comportamiento: el soma en Huxley equivale a las inyecciones diarias que los personajes de The Giver deben aplicarse antes de salir de casa.

No diré que el libro de Lowry es mejor que el gran clásico de Huxley, pero sí diré que su reflexión en torno a las utopías me resultó más impactante. Pasa que el brave new world del inglés es monstruoso desde la primera página, una ironía acidísima sobre la sociedad de masas tecnificada, en cambio Lowry opta por la sutileza. Todo cuanto Jonas (el protagonista del libro) nos cuenta se ve muy bien, muy lindo. Hasta que deja de serlo. Es como ser una rana dentro de una olla de agua en la estufa: antes de que nos demos cuenta el agua está hirviendo y ya no podemos huir porque nuestras ancas ya se cocinaron.

Así son los ideales de cualquier régimen, sea una dictadura totalitaria (que es la que elige Lowry como ambiente) o una democracia liberal: son ideales bellos, limpios, ésos de la igualdad y la precisión al hablar. Pero, esperen, dice el libro de Lowry, ¿es preciso, igualitario el amor? ¿Es rectilíneo y predecible el arte? ¿Vivir en un mundo sin ira también elimina la posibilidad de indignarse ante la injusticia y el dolor ajeno?

Jonas está a punto de descubrir que su mundo no es tan perfecto y también está por encontrarse con el mundo anterior; es decir, el nuestro, es decir el de la imperfección, la ira y la desgracia, el mundo que desapareció por no ser preciso ni apto.

Verán, a Jonas le han asignado la misión de ser el receptor de memoria. El receptor de memoria es crucial: es el único con derecho a conocer el pasado, el único, digamos, con capacidad de ver en tecnicolor en una sociedad a blanco y negro.

No quiero contar más de The Giver. Hace unos días se estrenó la película basada en el libro. Ya la vi y creo que no está nada mal, es de hecho una muy buena adaptación y es perfecta para enfrentar a niños y adolescentes con ciertos dilemas morales.

Pero no olviden leer el libro de Lowry. Es una experiencia inolvidable.

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